Escritores de Letras & Poesía María Reig (España) Reflexiones

Trampas universitarias

Seamos sinceros, la universidad está muy bien, se pasan «los mejores años de tu vida», etc. Pero como todo amor platónico (desgastado por el uso) tiene su idiosincrasia. Nosotros, desde nuestros pupitres de Bachillerato, no lo vemos. Al principio nos da respeto, miedo, terror. Pensamos: ¿cómo podré yo estar entre gente tan mayor? Bueno, yo personalmente me planteaba: ¿cómo podré yo estar entre gente tan mayor y tan alta? (digamos que jamás me confundieron con una posible hermana de Pau y Marc Gasol).

Cuando llegamos, nos extasiamos con los compañeros, las clases enormes, los profesores dando lecciones para la vida y llamándote «futuro ingeniero», «futuro médico», «futuro publicista»… Terminas de creértelo. Ya no solo es una opción en la maldita preinscripción, que te ha robado el último ápice de juventud después de esperar a las notas de selectividad, es un hecho consumado.

Lo cierto es que si tienes suerte, el regalo envenenado no te llega hasta mediados del primer curso. Dicen que ha habido casos en los que las sorpresas se han mantenido ocultas hasta segundo. Pero solo son rumores…

<img class=”alignnone size-full wp-image-39908″ src=”https://letrasypoesiaoficial.files.wordpress.com/2018/05/dsc_3931.jpg?w=612&#8243; alt=”Diseñado por Freepik” width=”7360″ height=”4912″ /> Diseñado por Freepik

El inventor de la Universidad ideó esta táctica, de manera inteligente, para no atemorizar a los alumnos el primer día. Repartió las trampas estratégicamente para que no se quejen muchos a la vez, con las consecuentes colas y problemas burocráticos.

Pues bien, las primeras sospechas se dan en las clases. Piensas que todo lo que allí te dicen es verdadero y coherente porque, oye, son profesores. Seres de otro planeta. Pero entonces comienzas a darte cuenta de que mientras uno te dice que deberías hacer prácticas cuanto antes, el otro te apunta que lo esencial es irte al extranjero en verano y olvidarte de las prácticas. Otro te aconseja especializarte, mientras que el de la siguiente hora te señala que debes «servir para todo». Alguno te muestra la cara optimista, otro la pesimista con el siempre recurrente «no hay trabajo para todos».

Tú apuntas y tachas, apuntas y tachas como un autómata, con una lagrimilla histérica asomando por el ojo. Entonces, decides que, simplemente, no eres tan rápido ni tan bipolar para seguir todas sus indicaciones a la vez y optas por dos determinaciones: una es que solo harás caso a los consejos que mejor te vengan y menos ganas de tirarte por un puente te den; la otra es que, definitivamente, los profesores no siempre tienen la verdad absoluta entre manos.

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Cuando ya estás medio mareado, comienzas a vislumbrar que, aparte de darte opinión como información, los docentes, a veces, son impredecibles. Sí, porque todos hemos tenido ese profesor simpático, simpático del que luego te acuerdas en julio. O esa otra modalidad que tiene aterrado a todo un curso de carrera para luego ser el que mejor se porta con las calificaciones. Lo malo es que, a veces, lo recomiendas a un conocido para el próximo año y le dices, segurísimo, aquello de: «Hombre, si no es tan malo». Y, entonces, tu amigo de quien se acuerda en julio es de ti (te mando un abrazo por la pérdida de su amistad).

Además, existe otro subtipo de profesor que es aquel del que no te puedes fiar porque padece elsíndromedelafaltaseveradememoriaconlostemasquedicequeentranonoenelexamen. Me explico: estás en clase, tranquilamente, y el profesor suelta un comentario acerca de que un cuadro, un punto, un apartado, un tema… no entrará en su prueba. Das saltos de alegría. Dibujas un aspa del tamaño de Siberia por toda la hoja. Ya ha sido una buena mañana.

Bien, pues… ¡no te confíes! Eso en el colegio era una ciencia exacta como las matemáticas porque solo había tres temas para el examen de evaluación. En la Universidad, es una lotería. Y si al estudiar (o seleccionar qué has decidido estudiar porque en tres días no te puedes estudiar 100 páginas) ves una palabra tan larga como “elsíndromedelafaltaseveradememoriaconlostemasquedicequeentranonoenelexamen”, estúdiatela hasta que duela porque también cae FIJO.

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Pero un profesor al uso nunca está solo. No acude desvalido a la clase. Trae consigo unas amigas imprescindibles: las diapositivas. La velocidad con la que pasa las diapositivas es inversamente proporcional a la cantidad de texto contenido en ellas. Aquí tenemos a varios tipos de alumnos.

Están los motivados (entre los que me incluyo) que intentan copiarlo todo, todo, todo… ¡pero es que es imposible! ¡no he pasado de la primera línea! ¿¡pero es que no ve que estoy copiando!? ¡para! ¡para! Y ¡boom!, implosión.

Después, están los motivados parejiles o grupales que tienen la táctica de repartirse las diapositivas: «tú copia la parte de arriba, yo la de abajo, tú lo que diga el profesor y tú tráenos agua para beber en el microsegundo que hay entre diapositivas».

<img class=”alignnone size-full wp-image-39911″ src=”https://letrasypoesiaoficial.files.wordpress.com/2018/05/153037-ou5tbk-457.jpg?w=612&#8243; alt=”Diseñado por Freepik” width=”7360″ height=”4912″ /> Diseñado por Freepik

Y, finalmente, están los que lo dan por perdido y dicen al final de clase al estilo de «oye, a ver si cuela»: «profesor, va a subirlo al aula/campus virtual ¿no?». «Claro, claro, lo subiré todo». Y ¡boom! Implosión generalizada y un mes de fisioterapia para recuperar la movilidad en la mano de los que han copiado.

Si tras esto, aún te quedan ganas de investigar, puede que tus paseos (pobre iluso) te lleven hasta una de las oficinas de Secretaría o Administración de tu Facultad. No te digo que vayas con armadura, pero dile a algún amigo que te mire de forma hiriente durante una semana para ir ya curtido con la experiencia.

Sí, porque en esos recónditos lugares de horarios imposibles de coordinar con tus clases, contratan a legiones de secretari@s (huelga decir que, como en todo, hay gratas excepciones) cuya respuesta inicial a cualquiera de tus preguntas es mirarte como si hubieras dicho una tontería. Da igual que les preguntes acerca del último gran descubrimiento de la Física, dónde está el baño de la segunda planta o si te pueden dejar un bolígrafo que ell@s reaccionarán como si fueras medio idiota.

Ah y, ojo, no vayas a preguntar nada que pueda estar en la web. La web es la web, amigo. Maravillas de la nueva sociedad de la comunicación, se siente. Si está ahí explicado, te dirán:«Míralo en la web, que ahí está toda la información». Que tú piensas: después de haberme hecho la cola de veinte minutos, haber tenido que faltar a clase para poder venir, haber conseguido la sangre de unicornio y el colmillo de mamut… ¿no puedes darme tú la información? Ya te respondo yo a tu duda: Pues no, no puede. Tiene otros asuntos más importantes que atender que tu vacua pregunta sobre tu Erasmus, tu matrícula, la beca del Ministerio o las convocatorias de exámenes. ¿Acaso te crees que le pagan por solventar tus dudas administrativas?

<img class=”alignnone size-full wp-image-39912″ src=”https://letrasypoesiaoficial.files.wordpress.com/2018/05/167573-ovi61y-287.jpg?w=612&#8243; alt=”Diseñado por Freepik” width=”3840″ height=”3590″ /> Diseñado por Freepik

Hay que admitir que con el tiempo consigues que no te afecte. Se pasan los sudores fríos la noche antes de tener que ir, las palpitaciones cuando te toca entrar o los balbuceos al preguntar cualquier cosa. Claro, así consiguen que realmente parezcas tonto y que, en efecto, no tenga sentido lo que dices.

En tu relación con lo burocrático puedes hallar otra aventura maravillosa. Es la de intentar conseguir o entregar un papel. Se produce una situación similar a cuando quieres irte de viaje con tus amigos y al preguntar a tu madre, te responde: Pregúntaselo a tu padre. Vas, preguntas y te responde: Pregúntaselo a tu madre. Vale, teniendo esta escena clara, sabrás qué sucede en la Universidad.

Lo único que en vez de pasearte por el pasillo de tu casa, lo mismo te hacen ir y volver al inframundo (más allá del último piso de la estación de metro Cuatro Caminos), hacer una parada en Mordor y visitar Narnia para quedarte igual: sin papel, sin respuesta, pero con una convicción, hay que pagar algo, fijo.

Definitivamente, toda época dorada de la vida tienes sus taras. Si eres estudiante o lo has sido, puede que hayas vivido alguna de estas situaciones. Si vas a serlo, puede servirte de preparación en tu año de principiante. Y si no has ido a la Universidad, es una buena manera de ver las cosas que has esquivado. Con todo ello, son buenos años en los que conoces a grandes amigos, descubres a excelentes profesores, a personal eficiente que te ayuda y en los que te ríes como nunca. Así que todas las pequeñas trampas, al final, se terminan difuminando en la mente, se olvidan parcialmente hasta que, nostálgicos, aseguramos: «La verdad es que la Universidad son los mejores años de la vida».

<img class=”alignnone size-full wp-image-39913″ src=”https://letrasypoesiaoficial.files.wordpress.com/2018/05/627.jpg?w=612&#8243; alt=”Diseñado por Freepik” width=”4896″ height=”3264″ /> Diseñado por Freepik

Bueno, o casi…

Yo sigo yendo al fisioterapeuta para recuperar la movilidad de la mano después de cuatro años copiando diapositivas.

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