Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía L'Amoureuse (Colombia)

Una orquesta de gorriones

Había una orquesta de gorriones tocando en la ventana de una noche plutónica. El director marcaba dulcemente un vals  a un tempo parsimonioso. Así como si estuviese puntuando cada latido de la partitura, como acariciando sutilmente el sístole de un uirapuru. Se buscaba una polifonía precisa que reuniera todas las voces; las pudiese articular de una forma tan sublime como el nacimiento de las flores o un cuento de Cortázar. A cabalidad se encontraban repartidos los gorriones: dos en los clarinetes, uno en el saxofón, uno en la tuba, otro gorrión en la batería y finalmente tres en la flauta traversa.

Umm, cha, cha. Umm, cha, cha. Marcaban las alas del gorrión a cargo de la taciturna sonata. El piececillo del baterista se aposentaba sobre el pedal del bombo, manteniendo así el ritmo constante y la acentuación —casi que a manera exacta—. Las plumitas del saxofonista acobijaban cada orificio, tocando energúmenamente un sonido redondo. Los clarinetistas besaban la boquilla de su corazón, susurrando lo oculto y lo más escondido que allí residía. La flautista número tres se arqueaba como el arma de Apolo, exponiendo así su mejor puesta en escena, su sentir con la suavidad de la luna. Y la tuba, ¡qué se podría decir de la tuba! Si repercutía tan cariñosamente un arpegio en la menor. Vestidos de traje y corbata, los gorriones eran sensación estelar. Al mismo tempo, un par de amantes coincidían en la métrica nocturna, siendo pieza vital para la sinfónica. Entre crujidos de caderas y sueños, bailaban el 3/4, como haciendo una rima asonante. La sábana rozaba vaporosamente los cabellos entrelazados, hebras que desprendían estrellas azules como el mirar del mar. La mágica habitación de persianas era el refugio de estos dos seres utópicos que coincidían con plenitud en el juego de las miradas. Grecia se encontraba presente en la belleza y el acabado impecable de ambos rostros. Las paredes se comían los ajetreos vocales y dulcificaban el sonar de la banda de gorriones. Dentro del misterioso edén, yacía un nochero de ciprés, el cual contenía un viejo metrónomo, funcionaba perfectamente y pese a no ser escuchado era partícipe de todo.

Umm, cha, cha. Umm, cha, cha. Marcaba el gorrión con su batuta, siendo este y sus músicos voladores cómplices indirectos de un amor que tendría fin en el crepúsculo rojizo de aquella fatídica luna. Las sábanas se enredaban, el nochero temblaba de calor y la cama se enervaba de regocijo. Una cadera rechinaba y la otra respondía, se fundían en unísono mientras que la tuba golpeaba como rayo con sus bajos. Las flautas danzaban la melodía, como si una negra les bailara en el pentagrama y llevara el sabor. El acompañamiento de los clarinetes era leve, rozaba la voz principal con una fragilidad tediosa, cristalina. De aquellos cuerpos no se podía ver nada, salvo las siluetas zarandeándose. No deseaban ser vistos ante los prejuicios humanos; sin embargo se despojaban de las ropas y algo más, quedando vulnerables ante los ojos del santísimo. Saciándose del deseo y la tortura, los amantes desvestidos no eran más que dos ninfas acuáticas. Se les escuchaba gemir como sirenas y podían surcar entre toda la salificación del sudor emanado.  Era un placer blanco, indomable, libre y que carecía de total cordura. La obscenidad del anochecer se hacía eufónica. Las pieles eran traslúcidas, transparentes, se podían sentir los cristales de la transpiración cayendo en ambos cuerpos. El tic-tac del reloj a forma desmedida lograba un contratiempo en la obra musical de los gorriones, en la obra musical del amor.

Y aquel cabello cobrizo se enzarzaba con el azabache, como haciendo una enredadera que se iba tejiendo con gardenias. Las espaldas rasguñadas y las piernas mordidas.  Ambas, ¡sí, ambas! Ambas se besaban chocando la una contra la otra, como tomando forma, como tomando sonido, como tomando musicalidad y poesía. Se retorcían y se meneaban, y se revolcaban mientras que el gorrión, uno de los clarinetistas, desafina terriblemente y no puede concebir su solo, su compañero recurre a remplazarlo, dando una ruptura irremediable en la armonía; sin embargo esto no detiene la sublimidad de la orquesta y ambas siendo voz de la lujuria, aumentan el ritmo para llegar al clímax definitivo del alba.

Los gorriones pasan a realizar una dinámica de mezzo forte y las dos hadas no tienen más que entregarse una y otra vez al incesante pecado. La tensión incrementa repentinamente, una muerde la boca de la otra y el gorrión a cabecilla no puede hacer más que pasar directamente a un fortississimo.

La mujer araña a la otra, deja marcas y memorias en el cuerpo de su más íntimo secreto: ella, quien juró castidad a Dios y a su iglesia. Ellas, quienes se entregaron por primera y última vez a la vera de una orquesta de gorriones, que se detienen a observar atónitos a dos amores que deben despedirse en el malva azulado del amanecer que ya se ha pronunciado.

La monja susurra una frase, la otra parafrasea, no pueden hacer más que obsequiarse un beso y un doloroso adiós…

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