Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía María Reig (España)

El secreto de los Feuherbach

Las puertas de madera maciza estaban cerradas. En su interior, yacía el cuerpo sin vida de Damián Feuherbach, el último heredero de la rica familia de joyeros. O, al menos, eso habían asegurado los primeros policías desplazados en el lugar de los hechos. Los Feuherbach, originarios de Essen, residían en Gijón desde principios de la década de 1880, mas, por entonces, pocos podrían haber aventurado el terrible final que deparaba a aquel linaje bañado en oro, rubíes y diamantes.

En la verja del exterior, aun podía distinguirse el rótulo que daba la bienvenida a aquella mansión. El precioso palacete, desde el que se alcanzaba a ver el mar, había conquistado a la caprichosa y vanidosa Amanda Feuherbach, la abuela de Damián. Klaus Feuherbach, encandilado por su esposa, no tuvo más remedio que adquirir aquel fastuoso inmueble en la costa asturiana. Los pasillos revestidos de tapices y alfombras se asomaban por las enormes cristaleras al jardín. En él, los árboles se distribuían con encanto, evitando, por respeto, las tumbas de los antepasados del difunto.

Damián había contrastado siempre con el resto de la familia por ser discreto y educado. Si los demás pretendían que todos supieran hasta el color de su salto de cama, de Damián no se sabía ni el color de sus ojos. La gente del barrio hablaba, chismorreaba, pues pocos habían vuelto a cruzar el umbral que separaba el caserón Feuherbach del resto de la calle, de los demás habitantes de la ciudad, del resto de seres humanos.

Diseñado por Pixabay_ Michael Gaida
Diseñado por Pixabay_ Michael Gaida

El inspector Olarte se acercó a la víctima. Le habían apuñalado ocho veces. El estado del cuerpo era deplorable, casi irreconocible ¿qué clase de enemigos tendría? ¿qué móvil podría haber llevado a su asesino a tal ensañamiento? El forense echó un último vistazo al cuerpo y se levantó.

—Sitúo la hora de la muerte entre las siete y las diez de la noche de ayer, día cuatro de noviembre de mil novecientos ochenta y nueve.

Alguien entró de golpe en la escena del crimen.

—¡Señorita! —gritó uno de los guardias.

—¡Déjenme pasar! —exclamó.

Al ver el cuerpo, la muchacha, joven y bella, se echó a llorar. El inspector se acercó a ella en un intento de parecer amable. No obstante, se preguntaba: ¿De dónde ha salido? ¿Cómo ha podido sortear a los policías que vigilan la entrada? Le indicó, con tacto, que debía salir. No podía estar allí. Afuera, con la ventisca cantábrica despeinando a aquella chica, Olarte comenzó a interrogarla.

—Oh, Dios mío… ¿cómo ha podido pasar?

—¿De qué conocía al señor Feuherbach?

—Pues…yo… —la joven tartamudeaba. Estaba nerviosa.

—¿Eran amantes? —el inspector quería ponérselo fácil.

—Era mi marido.

La cara del policía retrató la sorpresa a la perfección. Nadie por aquella zona, y eso era bastante inusual, sabía que Damián Feuherbach estaba casado. Le pidió que se identificara. “Judith, ese es mi nombre”, respondió temblando. No obstante, no pudo enseñarle ningún documento que lo acreditase así que se convirtió en la primera sospechosa.

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No solo por su extraña actitud, sino por el hecho de que aquella joven residiera en la casa donde había aparecido el cadáver. Según le había asegurado, llevaba varios días con fiebre en cama y no había bajado las escaleras. Así, al escuchar el ruido de la policía aquella mañana, decidió descender los escalones para averiguar qué estaba sucediendo.

Poco o nada convencido con aquella coartada, Olarte comenzó a preguntar a los vecinos. Ricos, esnobs, adinerados. Todos ellos le invitaron a sus decorados y refinados salones para que escuchara sus teorías conspirativas. La diversión empezó a las seis de la tarde, cuando en la casa de los Menéndez, la mujer demostró tener algún dato relevante.

—Yo la he visto un par de veces merodeando por el jardín. Pero nunca de día. Una vez, se me quedó mirando como si mi sola presencia resultara amenazante. Pasé mucho miedo. Aquellos ojos… fríos…

El inspector no lograba relacionar esa descripción con la dulce chica que había conocido aquella mañana. Era algo peculiar, pero no había frialdad en la expresión de su rostro.

—No me dijiste nada, querida… —musitó su esposo.

—No quería preocuparte. Al fin y al cabo solo sucedió una vez… —Se quedó pensativa—. Aunque ahora que lo pienso… quizás si pregunta a Isabel de Zabala, ella le pueda decir algo. Sí, vaya a casa de los Zabala.

Olarte hizo lo propio. La casa de los Zabala era la que estaba más alta en aquella urbanización. Su jardín parecía dar la bienvenida a un palacio de ladrillo de algún rey destronado. Llamó a la puerta. Isabel de Zabala era la típica señora delicada y sonriente. Su faceta alegre se fue apagando a medida que el detective reconducía la conversación.

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—Fue un sábado por la tarde. Mi marido y mi hija estaban fuera. Recuerdo que salí a dar un paseo y les vi. Estaban sentados en el jardín, a la sombra. La curiosidad, y espero que no me juzgue por ello, me hizo asomarme e intentar adivinar sus rostros.

—¿Y cómo describiría a la mujer?

—No pude verla bien. A la luz solo quedaban unos zapatos de charol color burdeos. Cuando intentaba acercarme más, se dieron cuenta de mi presencia. Entonces, vi cómo me miraban, se quedaron congelados, quietos, pero desafiantes. Comencé a sentir un extraño frío en el cuerpo y me costaba respirar. La verja de la entrada se abrió de golpe. Me asusté tanto que corrí sin parar hasta mi casa.

No tenía más preguntas. Regresó a su comisaría para poner todas las piezas del rompecabezas sobre la mesa. Los días siguientes, las afirmaciones de otras vecinas cotillas tenían la misma descripción: sombras, fríos, desafiantes… Comenzaba a no comprender nada de aquello.

La segunda semana, la dócil Judith dejó de mostrarse colaborativa. Estaba alicaída y con una apariencia enfermiza. Los cabellos se habían vuelto lacios y sin forma. Quizás no se había curado de la gripe que la había postrado en la cama antes del asesinato. ¿Tendría fuerza suficiente para atestar las ocho puñaladas a la víctima?

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Un día, y tras conversar con otro vecino que le había informado de que un operario  había acudido a la mansión para arreglar la placa de jardín, el mismo día del crimen, un nuevo dato apareció sobre la mesa. “Le vi entrar, pero no salir. Pero, en fin, tampoco es que estuviera yo mirando todo el rato. Estaba ocupado podando las begoñas de mi jardín. Lo que sí me desconcentró fue aquella pelea… se oían gritos. Duró apenas cinco minutos y, después, silencio“, le relató.

Aquel hombre los había escuchado discutir aquella misma tarde. Aquella pista fue definitiva para tener a Judith, y a su mirada de odio, metidas en una celda. Su apariencia desmejoraba. Se pidió a las mujeres que acudieran a una rueda de reconocimiento y todas coincidieron en que era ella.

El detective paseó por la casa, tranquilo. Observando cada detalle. La respuesta debía estar allí mismo. ¿Cuál podía haber sido el móvil? El tiempo estaba en su contra y las semanas pasaban.  Abrió una de las ventanas con tan mala suerte de que un marco de fotos, que reposaba en una mesilla cercana, cayó al suelo. Se sobresaltó y, ágilmente, lo recogió. Observó aquella fotografía. Eran Amanda y Klaus en su boda. ¿Cuánto tiempo habría pasado de aquello? Aún recordaba las historias que su madre le había contado acerca de las grandes fiestas en casa de los Feuherbach. Ahora todo era distinto. ¿O no?

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Comenzó a fijarse en cada uno de los marcos de fotos. Todos eran de la difunta pareja. ¿Y Judith y Damián? ¿Cómo era posible que no tuvieran ni una sola fotografía? ¿Y los padres de Damián? Habían residido poco tiempo allí, según le habían contado, pues amaban viajar.

Entonces, se concentró en una de las instantáneas. Unos zapatos rojos de charol sobresalían por debajo del vestido de la alegre Amanda. Los mismos zapatos que Judith llevaba puestos cuando descubrió el cuerpo de su marido, los mismos que vio Isabel de Zabala tras la verja del jardín. Un aire gélido cerró la ventana que, minutos antes, Olarte había acertado en abrir. Miró alrededor. ¿Estaba solo?

Sin más dilación, se puso manos a la obra. Se dirigió apresuradamente a la comisaría. Allí, uno de los policías intentó comentarle que la joven no dejaba de canturrear una extraña canción. Olarte bajó las escaleras y comprobó lo que su compañero le había dicho. Se asomó a la celda y allí vio a una Judith trasnochada, pálida, casi como si fuera un cadáver que canta y ríe sin motivo aparente. El espectáculo era grotesco así que el inspector decidió solventar sus dudas.

—¡Quiero hablar con usted! —gritó enfurecido.

—Adivine quién soy… pues… —no dejaba de cantar.

—No estoy para jueguecitos, jovencita. ¿Por qué mató a su marido?

—Yo no he matado a mi marido… no era ese el plan —dijo sonriente.

—Entonces, ¿quién le mató? ¿cuál era el plan?

—El plan siempre fue el mismo… Cuidar de nosotros…

Las respuestas no le llevaban a ningún camino. Decidió dejarse de rodeos.

—¡Contésteme, Judith! ¿O debería decir Amanda?

La cara de la chica se desfiguró aún más. No entendía cómo había podido llegar a esa conclusión.

Diseñado por Pixabay_ engin akyurt
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—¡No me llame así! ¡Amanda es vieja y fea!

—Y usted quiso seguir como aquella muchacha de las fotos ¿no es así?

—Aquel hombre nos lo prometió… siempre jóvenes… siempre bellos… siempre juntos —lo decía mirando al vacío—. Así nos vendió su producto. Destinar tanta fortuna por la vida eterna nos pareció tan esperanzador… Pero había un precio a pagar… un precio que no pudimos cubrir con oro ni joyas.

—No podían salir de su casa… —murmuró el detective.

—Aquellas cuatro paredes se hacían tan asfixiantes… Afuera escuchamos reclamar nuestra vuelta a la sociedad, llorar nuestra muerte, aplaudir el nacimiento de hijos que jamás tuvimos, de nietos que nunca nacieron. Con el tiempo, las sombras nos fueron absorbiendo… Nadie podía saber nuestro secreto, pasara lo que pasase. Éramos felices en nuestra desgracia, aunque no pueda creerlo.

—¿Felices? Y, entonces, ¿por qué mató a su marido? ¿quería la juventud eterna solo para usted?

La joven dio un paso hacia los barrotes y los agarró. Frente a frente con el inspector, le sonrió. Le acercó sus terribles y vacíos ojos al tiempo que le susurró:

—No ha entendido nada, inspector. Nosotros no podemos morir.

Olarte sintió una brisa helada en su espalda, un frío que le había acompañado desde que había salido de aquella lúgubre mansión y que le comunicó una presencia que no esperaba en aquel calabozo.  

Judith volvió a sonreír…

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