Escritores de Letras & Poesía José Carlos Mena (España) Prosa Poética

Un Recuerdo de la Infancia

En el bazar de la calle angosta, entre pucheros de ceniza y albero, las razones miden la locura mientras se esconden las sombras por los recodos del sueño. Y son canciones de la memoria, pizarra de tiza indeleble, esquinas que traen pañuelos por doquier e infancia preñada de ilusiones. Y se reparten besos, marcados en las paredes encaladas, mientras suena un conejo con suerte, que birla la sonrisa manifiesta a la niña más bonita del barrio.

Todo es amistad y privilegio, plaza del ayer, adoquines de mis desvelos, patio de mi recreo que me vio crecer en voladas, con las caricias del viento y una inocencia desmedida para tener una cita con el tiempo mientras mordía, ansioso, un buen trozo de pan blanco, con aceite y azúcar.

Y todo me lleva a ese instante, a ese reguero de ilusiones que siempre me traslada a tu orilla, a tu presencia. Como aquel chocolate en onzas que pintaba las meriendas de alegría y fiesta, pues era un manjar digno de dioses. Carreras y disputas, balones en los balcones, cristales quebrados en travesuras de pandilla, canicas que volaban por la zarpa del más rápido, bicicletas olvidadas, limas para apurar asperezas y trompos para dar vueltas a la vida. Imaginación e ingenio para recrear mundo a nuestro antojo.

Pero en aquel espacio para el asombro, en aquel coqueto rincón de mi niñez, tampoco faltó el llanto y la caída, la herida y el espanto, la sangre y la tirita, el auxilio y el miedo. Cicatrices, algodón y mercromina, ante una piedra repentina, ante una zancadilla accidental o un capricho del destino. En aquel instante de congoja, donde el minutero se detenía al ver escaparse al alma por la piel rasgada, solo había una cosa que te calmaba, que te llevaba de nuevo por la senda del encanto, que acompasaba tu respiración y ponía un gesto de cariño supino en el dolor. Aquel ángel sanador de los tormentos momentáneos era siempre mi madre, que con su saliva milagrosa hacía acto de presencia para consolarme, para imprimir un halo de valentía y afrontar la curación. Un gesto anegado, austero y silente que siempre sellaba con un beso en la frente y un abrazo lleno de energía.

Infancia cuajada de matices, bazar terreno de entusiasmo, amigos que siempre guardo en el ajuar de mi memoria, callejuela de mis antojos que siempre llevaré grabada a fuego en mi alma, como esa saliva de mi madre que me curó la epidermis y curtió mi espíritu.

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