Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Paniagua (España)

Tranquila, mamá

Hacía tiempo que no salía a correr, a pesar de lo que me gusta y de que me renueva. Mi momento favorito es este, de noche. Por suerte vivo al lado de un parque. Uno de sus lados linda con la acera, aunque yo prefiero ir por la hierba; la tierra amortigua el impacto de mis pies contra el suelo. Paso cerca de los edificios, iluminados en su parte baja por farolas que dan poca luz y crean alargadas y oscuras siluetas.

El resto del parque limita con solares abandonados, es mi parte preferida. Si salgo de entre los árboles y miro hacia el cielo, veo cantidad de estrellas, siempre  que esté despejado. Aunque no lo hago mucho, no quiero arriesgarme a meter el pie en un agujero y caerme.

Esta noche llueve. Además del viento siento en mi cara las gotas de agua y las percibo purificadoras. Mamá siempre me dice que no salga de noche, que algunas personas han sufrido ataques y una mujer sola es una presa fácil. Que ande con cuidado porque degenerados y monstruos hay en todos lados. Incluso me mandó una foto de un cuerpo descuartizado que encontraron hace un par de meses, para desanimarme.

En la segunda vuelta me encuentro con otro corredor, un hombre alto y atlético. Noto cómo me mira y mantengo la respiración mientras pasa a mi lado. Doy otras dos vueltas pero no volvemos a encontrarnos; parece que ha parado muy pronto. De repente siento pasos detrás de mí, giro la cabeza sin bajar el ritmo, pero no veo a nadie. ¿Será el de antes que ha cambiado de sentido? De nuevo oigo pisadas, miro otra vez; no hay nadie. El silencio de la noche amplifica los sonidos.

Sin darme cuenta aprieto el paso y aumenta el ritmo de mi respiración. No soy capaz de calcular a qué distancia, pero sé que hay alguien detrás de mí. En la zona más frondosa salgo con rapidez del camino y me escondo tras un arbusto. Me agacho y permanezco en silencio, trato de controlar mis jadeos para poder escuchar con claridad.

Lo oigo, sin duda se acerca. Me encojo aún más, no quiero que me vea. Entrecierro los ojos y fijo la vista a través de una pequeña abertura entre las ramas. El corazón se me acelera, lo siento palpitar en la garganta y en las sienes. No parpadeo y se me secan los ojos, a pesar de las gotas de lluvia que se me meten dentro. Estoy mojada y comienzo a sentir frío, tengo miedo de agarrotarme y no ser capaz de echar a correr si hiciera falta.

Está muy cerca, tanto que ya lo veo. Es un hombre, pero no el de antes. Este es más bajo y no tiene pinta de ser corredor habitual. Apoyo las manos en la hierba y tenso los músculos. Ya no tengo frío, de hecho me arden las mejillas. Está a solo un metro. Me preparo. Un segundo antes de saltar sobre él me pregunto si mamá estaría más tranquila de saber que yo soy el monstruo.

Imagen de Carlos Feijoo – La estaca clavada.

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