Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Luna Paniagua (España)

I’m a believer

Cuando conseguí el trabajo en la gasolinera pensaba que iba a ser diferente. Creía que pasaría mi turno entretenida llenando depósitos, vendiendo artículos y dando indicaciones. Me había hecho a la idea de que vería pasar a mucha gente y charlaría animada y desenfadadamente con ellos. Y sí, hablo con los clientes… cuando vienen. Uno cada dos horas, como mucho.

Hoy estoy especialmente aburrida; no hay nada que reponer, ni ordenar, ni limpiar. Estoy sentada en una silla tras el mostrador, miro cómo tamborilean mis dedos en la madera. De repente esa imagen se vuelve borrosa y, cuando se enfoca de nuevo, todo ha cambiado. El mostrador es un piano y mis dedos tocan con brío We go together, de Grease. Alzo la mirada y sonrío al ver que todo, o casi todo, ha cobrado vida. Las bolsas de patatas bailan con las de gominolas, los mapas con los ambientadores y los chupachups realizan una coreografía conjunta. La puerta del armario de la limpieza se abre con fuerza y salen la escoba y la fregona, agarradas y girando sobre sí mismas.

De repente todos se separan; se colocan en dos filas paralelas sin dejar de moverse al compás de la música. Forman un paseíllo desde donde me encuentro hasta la puerta de salida. No me lo pienso dos veces: me pongo en pie y chasqueando los dedos, dando saltos y moviendo las caderas recorro el camino que me marcan. Aunque ya no toco se sigue escuchando la misma canción.

Salgo a la calle. Huele a incienso. De la tejavana de la gasolinera salen destellos rojos, verdes, amarillos y azules. Ahora suena I´m a believer y las papeleras hacen los coros. Una de las mangueras se ha extendido, ondea al aire y su pistola se contonea ante mí, insinuante. La agarro, dirige mi mano y mi brazo para que dé una vuelta sobre mí misma y me atrae hacia el surtidor, a la vez que me hace girar. Se detiene cuando me encuentro a unos veinte centímetros del depósito. La pantalla se curva hacia arriba y parece que sonríe. Yo río, contenta y liviana.

—¡Lleno, por favor!

Reacciono con parsimonia. Cojo aire y percibo el aroma amargo de la gasolina. Miro hacia la voz; un hombre espera de pie junto a un todoterreno gris. Me observa fijamente con el ceño fruncido. Me separo del surtidor; cada pistola se encuentra colocada en su sitio. Las papeleras permanecen inmóviles y no hay luces de colores. Vuelvo la vista atrás; en la tienda todos los productos y artículos están en su sitio. El mostrador solo es un mostrador. Aguzo el oído; no hay música.

—Eh… sí, claro, ahora mismo. ¿Diesel?

El cliente afirma con la cabeza. Creo que está tan asombrado que no sabe si enfadarse o no. Debe de pensar que estoy loca. Y puede que tenga razón; pero me da igual… ¡Ha sido el mejor día desde que trabajo aquí! Le dedico una sonrisa y le lleno el depósito mientras canturreo: Then I saw her face, now I’m a believer

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