Menos

Una luz se enciende, otra se apaga. Nacimiento y una muerte.

Nadie está exento de caer en la mirada del ser devorador de almas, que tejido a tejido, hambriento y desquiciado, ama por amar.

Si me preguntan a mí, nadie me enseñó a mentir. Pero todos aprendemos en algún momento.

Siempre buenos días y el calor desértico. Lo piensas, y duele; duele, vuelve a doler. Ya mejor no toques esa llaga, deja que se seque.

¿Dónde quedaron los dos cuerpos lejanos, húmedos y sensibles?

Farsa, fetiche, fantasía. ¿Otra palabra con efe? Falsedad.

Aprendimos a mentirnos, y lo único que quedó en la esquina es ese jarrón. Lo interrumpí por última vez. «No, yo entiendo. Te juro que lo entiendo. Ya no vamos a vernos nunca más.»

Comprenderlo hace que duela menos. Cambiar de código postal, también.

116 visitas

Deja un comentario

Búsqueda avanzada

Entradas relacionadas

Descubre más desde Letras & Poesía

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo