Suenan aureolas desde un púlpito
que bendito recoge mis plegarias.
Suenan por las prisas que me visten,
donde un dios percusa con su látigo.
Vuelcan con victoria sangre inédita
que purifica lo sutil de mis entrañas.
Me desbordo por dentro y vuelvo,
pataleando como una niña ecléctica.
¡Juegan con mi inocencia tus pecados,
y malditas sean todas mis voces!
Que aunque suenen esos ángeles,
y se vistan los miedos con rosales,
no hay esperanza que no agonice
sin cicatrizar dentro de cárceles.
Que no entienden por qué éramos,
y escondieron soles en sus cúpulas,
hicieron trenzas capicúas sin saber,
que como ríos volvemos al océano.
¡Que no hay perdón que se doblegue
a la razón desmesurada del corazón!



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