Planicie

El sol brilla potente en el centro de

un cielo carente tanto de nubes

como de color: un cielo que viste

los rayos blancos de un sol desértico—

Dios de múltiples nombres y millares

de hombres. Bajo su cegadora luz e

indomable calor, planicie; un

suelo sin dobladuras ni fracturas;

perfecto. Perfecta planicie bajo

un cielo siempre monótono y quieto.

Su creador, y único habitante, fue un

misántropo en miseria (Irónico;

en una tierra sin hombres, existió

un misántropo insatisfecho). ‘Pues es

que se hartó de su soledad’ ‘Sucede

que sufrió por su amada de otras tierras,

a quien abandonó vilmente muchos

años atrás’ ‘Añoraba su antigua

patria’ ‘Deseaba volver a ver

a sus hermanos, padres y amigos’

Dicen los poetas hipócritas. Mas

todos ellos engañan, pues ninguna

de estas cosas causaba la miseria

aparentemente inexplicable del

misántropo. La razón de su pesar

estaba en la incompatibilidad del

creador con su creación, pues cuando

este, concluida su pieza de arte,

atrevió plantar su suela encima de

la planicie impecable; ella, cual niña

indefensa raptada por rufianes,

fue desposeída de inocencia

y virginidad. Y en ese violento

y súbito instante brotó una herida

—una huella. ¡Sacrilegio! ¡La planicie

se había deformado! Ante el horror

de tal cicatriz, siguió la reacción

desesperada del misántropo, que

movía sus manos sobre la tierra

en un intento de enmendar el daño.

Rozaba agresivamente sus palmas

moviendo granos de suelo aquí y allá.

Sudaba y lloraba, y mientras más lo

hacía, más gotas descendían en

la planicie, deformándola aún más

con su humedad. Sobre su cuello sintió

el insoportable y colosal peso

de su cabeza incompetente, y la

urgencia de azotar esta hasta abrirla,

dejando su contenido al aire. He

ahí, un misántropo solitario y

miserable: La perfecta ironía.

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