Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía L'Amoureuse (Colombia)

Quise salvarme de la lobotomía

No estaba loca, tengo casi la certeza de que no. Si mis voces me hablaban no les permitía conversar ni mucho menos una manifestación corporal que pudiese ser sospecha alguna. Mi boca nunca soltaba una frase que me exhibiera y jamás me abría a los psiquiatras contándoles sobre Martina.  Mis ojos estaban donde debían estar y no precisamente se mareaban y daban vueltas como los verdaderos locos los tienen.  Sabía muy bien que debía mantener mi fachada y que debía creerme que no, que no estaba loca. Entonces solo fingía todo el tiempo bajo el semblante de una sonrisa y asentía que todo estaba en orden, que mis pensamientos no eran el vórtice de un caos ni que me encontraba al borde de ese tic en el ojo izquierdo. No estaba tan loca, palabra que no. Que mis golpes contra la pared no eran nada, que mi insomnio recordando las mismas tristezas no significaban mucho. Les veces que bebí hasta colmarme de luces blancas eran solo una ruta de escape para esos diminutos ecos que resonaban en mi hemisferio izquierdo. Pero les juro que no, que no estaba tan loca como creen. Tenía algo de cuerda, podía enseñarle a la gente que lo era, solo que mis visiones a veces fallaban y ellos creían otras cosas. Intenté rehabilitarme varias veces, pero la demencia llamaba a mi puerta como un perro emparamado y desesperado; traía siempre consigo una tacita de café en la pata, ¿cómo decirle que no al rostro del abandono y la soledad?  Pese a todos mis intentos recaía en la locura, en los gritos, la desesperación y los deseos de autodestruirme. No aguantaba las miradas repulsivas, satíricas, incomprensivas, no había nunca miradas indiferentes ante mi agobio, pues todo el mundo tenía el mismo temor: perderse en el sendero vacío y bifurcado de la mente.  Hasta ella: la mujer que cuidaba de mí se aburrió de mis charlas sola, de mis deseos de acabar con todo. Primero fue la soga, después la botella de whisky, la caída accidental por las escaleras e inclusive intenté con pastillas, pero nada funcionó. Todos decidían marcharse después de conocerme, pensaban que una mujer atractiva y que lucía tan estable no podía tener esta clase de problemas. Cuando les mencionaba sobre dónde vivía miraban asustados y corrían en dirección opuesta de mí, consideraban que todo era imaginario, ¿pueden creerlo? Pensaban que yo imaginaba cosas extrañas, que yo no distinguía la realidad de la ficción. Solo bastaba con detallarles mi casa: ese sitio del vacío totalmente oscuro, su hostilidad y frivolidad nunca te hacían sentir acogido, que en esa casa en la que vivo yo, me hielo por completo. Que mis amigos, los que nunca se iban, siempre molestaban con su bullicio. Que debía matarme, que no debía hacerlo, que acabase con todo, que aún había esperanza. Todo era un gris inerte. Mi hogar no era lo que veían mis ojos, mi hogar estaba en mi cabeza y mi cuerpo era quien sufría las consecuencias de aquellos titilantes pensamientos. La neurosis estaba por llegar y no quedaba más que esperar la sepultura. Nunca quise esta operación.

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