Languidece su fiel guadaña,
que rematada de hastío,
desbroza caminos de ida;
sin vuelta.
Aves rapaces deambulan por las sendas
devorando las entrañas de quienes osan desafiar
la inquebrantable ley.
Alba…
maldita…
Hombres yacen muertos
en tierra yerma,
cuerpos inertes, vacíos,
sin tripas, sin ánima.
Desgarradores rayos de sol calcinan la osamenta
descarnada por cuervos dementes
devoradores de hombres.
Hordas de plañideras
de cara desencajada y alma negra,
que adoctrinan a tiernos infantes
en el arte del desconsuelo,
llevan el duelo por dentro
y la indiferencia vestida de luto por fuera.
Desgarradoras oraciones,
de origen y autor desconocido,
son entonadas por pueriles voces,
invocando al ángel de la muerte.
Sangra la tierra,
preñada de carne descompuesta.
El cielo que clama justicia,
las nubes que lloran,
encharcando cuencas vacías
de ojos otrora desorbitados
continentes de miradas perdidas,
desafían la teoría de Arquímedes.
Tierra…
horadada…
heridas que comunican con los infiernos de Dante,
dantescos montones de piel y huesos.
¿Dónde están nuestros muertos?
Desaforadas ínfulas de grandeza
que empequeñecen a los hombres buenos.
Suspiros exhalados en el descuento,
incontinencia bélica a bayoneta alzada.
derroteros de gigantes derrotados.
Chalanes, oradores,charlatanes,
elocuentes…
desgranan castillos de arena
erigidos por manos manchadas de sangre;
excusas injustificadas
que enmarañan la conciencia,
de quien la tiene.
Ares está de enhorabuena,
Eirene de luto.



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