Escritores de Letras & Poesía Isa Serrato (México) Prosa Poética

Quédate conmigo

Dicen que por cada intersección, cada medio paso y cada titubeo, se desdobla otra vida. Siempre de las mismas huellas. Siempre idéntica en el camino recorrido pero con diferente desenlace. Y para siempre perdida en algún rincón del cosmos.

En alguna vida que no es esta, apostamos lo perdido, la poca nada que llenaba nuestros bolsillos y hasta las cartas que ya no teníamos. Nos jugamos hasta el último soplo de almas que ya no son las nuestras. Un «quédate conmigo» bastó como siempre y como la primera vez. Me tomaste de la mano y emprendimos de nuevo el amor que perduró tantas eternidades, pero cambiaste en esta vida por unas cuantas noches de incertidumbre.

En alguna vida que no es esta, decidimos que nuestra primavera pudo más que las dudas traviesas, las flores descaradas y el peso de todas las probabilidades en nuestra contra. En alguna vida que no es esta, lo logramos. En alguna vida que ya no es esta, somos invencibles.

En la que ya no es esta vida, pasé por ti al trabajo un dieciocho de un marzo más. Como siempre quise, te llevé a la capilla en la que mis padres se juraron amor eterno, para hacer ni más ni menos que lo mismo. En un vestido de encaje azul que ya nunca me verás, sin sacramentos y sin testigos, con tu esclavita de plata en mano, la que inútilmente mandé arreglar y frente a los ojos de ese Dios en el que me hiciste creer porque tú existes.

En la que ya no es esta vida, en febrero te llevé a ese lugar que solo tú y yo conocemos e hicimos nuestro de una y mil formas, para jugar ese juego de cartas que tanto te gusta y pervertirnos las ideas un poco más. Me llevaste a pasear a tu perro algunos domingos, como siempre sueles hacer y como siempre quise acompañarte. Felicité por teléfono a tu mamá en su último cumpleaños. Acompañé a tus primas al bar que siempre frecuentan. Mi falda y tu mano siguen encontrándose mientras manejas. Fuimos al gimnasio juntos y vimos cientos de películas más, en salas que ya nunca verán nuestros besos. Te mando fotos todas las mañanas y hablamos antes de dormir todas las noches. Ayudamos a tu primo una vez más en sus embrollos amorosos. Visitamos a tu abuelita en el jardín de rosas que ahora la arropa en su sueño eterno. Cocinamos unas cuantas veces más con tu mamá y hasta hicimos reír otras cuantas más a tu papá. Me acompañaste a la cena de Navidad, la de siempre con mi familia y te volviste a sentir en el lugar correcto, a reír con mis tíos, a platicar con mi papá, a escuchar de mis abuelos las mismas historias de siempre y a jugar con mis sobrinos.

En la que pudo haber sido esta vida, me visitaste durante mi intercambio en Quebec. Miramos juntos las cataratas que gotean los pocos recuerdos que me quedan de mi infancia, visitamos el Estadio Olímpico de Montreal, alguna que otra noche nos compartimos el cuerpo y nos regalamos el alma de una forma más de otra de tantas y hasta reímos mientras comimos el horrendo helado de maple. Entendiste que nunca me faltó deseo, que me faltó tiempo. Que no es fácil, pero siempre vale la pena. Que los monstruos no fueron más que árboles en este bosque de vacilaciones. Que siempre he sido lo que querías pero a mí me faltó tiempo para recordártelo, mientras que a ti te faltó creerlo y a los dos nos faltó la oportunidad. Que las oportunidades de un amor como el nuestro se deben abrazar y abrazar fuerte, porque nunca se repiten. Y que la vida es demasiado corta para malgastar siquiera un día lejos de quien más nos ama.


En la que no quisiste que fuera esta vida, me curaste a besos todas las inseguridades. Me convenciste de lo vacío que es mi miedo a ser madre. Sin darnos cuenta, un día caminamos sobre arena tibia, marea tranquila y sin horizonte, como alguna vez lo soñaste. Igual que la vez en San Blas, con el mismo amor pero con un nuevo regalo en brazos: tu semblante en los ojitos dormilones de alguien más. Entendimos que los sueños, los anhelos y las metas no están peleadas con el amor. Que en las dosis correctas, fueron impulsos para lograr tus aspiraciones y también las mías. Y de paso conocimos una treintena de países más, siempre juntos. En el camino, te ayudé a reencontrar ese rugido de león que hoy le hace tanta falta a tu perseverancia. Enfocaste tus ganas, tu esfuerzo y tus convicciones en librarnos de esta y de todas, en lugar de malgastarlas en esta vida en destruir recuerdos y borrar fotos, pese a que prometiste no hacerlo.

En ese lugar tan ajeno, tan lejano y pese a todo, tan probable; me recuerdas todos los días que si puedo imaginarlo entonces es posible, porque en ese lugar un día nos imaginamos para ser eternamente posibles. Ahí, donde siempre te veré con los ojos inocentes de quien vislumbra en su compañero al mejor ser humano del mundo.

En alguna vida que no es esta, lo logramos. En alguna vida que ya no es esta, somos invencibles. Un «quédate conmigo» bastó como siempre y como la primera vez.

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