Reflexiones Verácida (España)

La reina de la nada, la reina del todo.

Nací sin corona porque a nadie le interesaba que tuviera el poder de mi reino. Crecí entre las sombras porque una chica no podía brillar demasiado, castigada a ser buena en las manualidades y suficiente en el deporte, condenada por tener carácter y comparada con aquellas más dóciles que debían convertirse en mi modelo a seguir.

Perdí demasiados minutos de mi vida intentando encajar en un molde que había sido impuesto tiempo atrás y que muy pocas se habían atrevido a cambiar. Quiénes lo consiguieron fueron relegadas a un estatus social punitivo: problemáticas, histéricas, feminazis… Entonces, cometí el primer error difícil de perdonar de mi existencia, llegando incluso a poner en peligro mi reino.

Rehuí de ser chica, de hacer cosas de chica para parecerme a los chicos. Solo cuando empecé a parecerme a ellos, tuve una media aceptación porque conseguí encajar medianamente en el binomio estereotipado establecido: ser hombre o ser mujer. Por suerte, las medias verdades nunca duran demasiado tiempo y conforme crecí, mis caracteres sexuales se desarrollaron diferenciándome de mis compañeros masculinos, volviéndome en el punto de mira.

De nuevo en un punto indefinido, donde empecé a atreverme a decir que no cuando era no. Las visitas al despacho del director y la salvación de sacar buenas notas me libraron de ser etiquetada como una enajenada social para ser una “chica complicada”. Daba igual mi talento, siempre imperaba mi carácter y se me castigaba por ello, se me penalizaba “por mi bien” porque iba a irme mejor por la vida con una bonita sonrisa que con una verdad en mis labios.

Sobreviví pagando la consecuencia de mi libre albedrío porque era un fenómeno extraño, un hecho aislado que debía ser reformado… Lo que nadie se planteó es que era una misión imposible.

Empecé a salir, a descubrir que la noche alberga errores y horrores que nadie se atreve a mirar a la cara en el día. Entendí el precio de ir sola y sus consecuencias; durante un tiempo lo acaté hasta aquel día en el que la hija pródiga de su reino decidió volver a casa.

Todas, alguna vez en nuestra vida nos hemos topado con alguien que se cree con el derecho de tocarnos en una discoteca aunque le digamos que no estamos interesadas y hayamos acabado todas las vías diplomáticas que la lógica impera. Pero aquella noche fue diferente; estaba cansada de huir.  Cuando se atrevió a darme un beso en la mejilla, el fuego respondió con lanzallamas y le crucé la cara. Le pegué, sí, luego lo encaré. Él me pegó, pero lo que nadie esperó es que me volviera hacia él y no me achantara. De nuevo, volví a actuar con un rol que no me tocaba, un rol masculino y todos a mí alrededor no sabían cómo reaccionar. Nunca olvidaré el momento en el que le dije: “En un uno contra uno, no has sido capaz de vencerme. Si necesitas ayuda para ir a por mí, plantéate de qué pasta estás hecho.” En ese local me gané el respeto de todos, porque no me vieron como mujer, me vieron como una persona capaz de vencer a un hombre y por tanto alguien respetable.

En ese momento, el momento en el que me reí de lo establecido entendí que me había coronado como la Reina de nada y de todo.  Que tenía todo un mundo que conquistar y que mis armas lo eran todo y nada a la vez. Como podéis imaginar romper estereotipos no sale barato, más si eres enfermera. Una de las profesiones más estereotipadas y sexualizadas del mundo, en la que nadie se espera que alguien sepa usar las palabras como metralla y la sonrisa como cuchillas incisivas.

Pese al punto de inflexión y tener claro que soy libre y soberana, Reina de mis pasos y mi destino, para mantenerme sin hundirme tengo que esforzarme más que muchos hombres para conseguir lo mismo; debo estar más preparada e imponerme llegado el momento para que se me tenga en cuenta. Pero esta no es una batalla solitaria, es una batalla donde la sororidad es la bandera y en la que si todas no trabajamos por las cosas que nos unen nos seguirán pisando.

Nuestras vidas valerán menos, seguiremos siendo meros recipientes reproductores y sacos de huesos humanos para el desfogue de placer ajeno porque nos llevan años de ventaja. Años castigando nuestra autoestima; si no la levantamos nosotras mismas seguiremos a merced de la cultura, la mayor esclavitud del ser humano.

Lo tenemos todo para tener un reinado próspero, pero a la vez no tenemos nada. Si no luchamos por y para nosotras nadie más lo hará; si no pasamos a ser protagonistas de nuestros pasos, de nuestros actos y de nuestras decisiones, si no ponemos sobre la mesa nuestras necesidades, nadie nos escuchará.

Ningún reino es respetado, si no se hace oír. Ninguna reina se mantiene en su trono si no se hace valer… ¿A qué estáis esperando para coger vuestras coronas?

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