Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Psique W. (España)

El mensaje

Josefa mira por la ventana de la cocina mientras friega los platos de la cena. Absorta, moviendo las manos mecánicamente, ve pasar una estrella fugaz que se pierde entre las montañas cercanas a la urbanización de lujo Mágina Resort.

—Hasta pa eso tienen suerte los ricos —masculla.

Cuatro segundos después, un resplandor de un extraño color blanco nuclear inunda el cielo, la sierra, Villavieja de la Encina y la cocina de Josefa.

—Mariano, ¡Mariano! ¿Has visto eso Mariano? —chilla Josefa desde la cocina a su marido, que está en el salón esperando a que den el parte meteorológico de mañana en la televisión. A la pobre mujer, asustada y desconcertada, se le ha caído al suelo el vaso de cristal que estaba secando. Mariano, evitando pisar los cristales, entra gruñendo en la cocina:

—¿Qué pasa, mujer?

—Una estrella fugaz, Mariano —comienza a explicarse Josefa con la respiración entrecortada—. Y luego, un destello muy fuerte de luz. ¡Pum! Casi me quedo ciega.

—¡Tú estás loca, mujer!

Entonces llaman a la puerta y el matrimonio sale corriendo de la cocina para ver quién es. Al abrirla se encuentran a Cipriano, el «mocico viejo» de Villavieja de la Encina, o lo que es lo mismo, el solterón del pueblo. Es de la misma quinta que Mariano, la del año cuarenta. Los dos llegaron a pretender a la vez a Josefa, pero al final ella se decantó por Mariano.

—¿Has visto eso Mariano? —pregunta Cipriano cuando le abren la puerta de la casa.

—¿Qué? —pregunta Mariano desconcertado y con tono seco.

—¡Cojones, la luz! —espeta Cipriano

—¿Tú también la has visto? —exclama Josefa esperanzada al conocer que alguien más ha visto la luz. Ya no es ella sola la que está loca.  

—¡Pues claro, lo ha visto to el pueblo! —responde Cipriano—. Vamos a ir a la sierra a ver qué ha pasao.

—Yo también voy —contesta Josefa quitándose el mandil verde, húmedo de fregar platos.

—¡Será posible! ¿Podré ver yo el tiempo esta noche? —gruñe otra vez Mariano.

Los tres jubilados se suben al viejo Land Rover de Cipriano y se dirigen a la zona donde calculan que ha caído la estrella fugaz. A la misma vez que ellos, prácticamente la totalidad del pueblo conduciendo sus viejos todoterrenos, vespinos y turismos de segunda mano inunda la carretera que lleva a la urbanización Mágina Resort, formando una enorme caravana de vehículos. Esta urbanización fue construida hace diez años y está especialmente diseñada para personas con alto poder adquisitivo como empresarios, políticos, banqueros, deportistas de élite… Osea, es un lugar para que los ricos pasen sus días de descanso en un lugar perdido y alejado de toda civilización. 

Kilómetro y medio antes de llegar a la urbanización hay un desvío. Vecinos de Villavieja de la Encina y habitantes de Mágina Resort se encuentra en este punto. Parece que la explosión de luz blanca también se ha visto en la urbanización y los ricos quieren curiosear. Unos a otros se ceden el paso para internarse en un camino rural.  

Tras un trayecto de cinco kilómetros, más de un centenar de coches aparcan en mitad de la sierra. De la nada ha aparecido un humeante cráter de cincuenta metros de diámetro, mientras que en un radio de veinte metros los árboles están derrumbados en el suelo y no hay arbustos ni ningún otro tipo de vegetación. Una muchedumbre de vecinos y curiosos se asoma con asombro al filo del cráter.

—¿Alguien ha llamado a la Guardia Civil? ¿Al Seprona? ¿Al 112? —pregunta una voz preocupada y anónima que sale de entre la multitud.

Nadie responde porque nadie ha llamado a ninguna autoridad. ¿Para qué? Tanto el pueblo como la urbanización están a muchos kilómetros de la capital, medio olvidados por las administraciones. Los habitantes de este rincón remoto de la sierra no interesan a los políticos más que cuando hay que ganar unos cuantos votos, y las fuerzas de seguridad solo se acercan si tienen que multar a alguien por quemar algo donde no debe.

No, nadie ha llamado a las autoridades porque las autoridades no se interesan por ellos. Además, tardarían mucho en llegar a Villavieja de la Encina. Si se hubieran enterado de lo de la estrella fugaz, la explosión de luz y el cráter ya habrían llegado, pero como dice Cipriano:

—Aquí no viene nadie, ¡si no salimos ni en los mapas!

La multitud observa con sorpresa el centro del cráter. Es ahí donde reposa una pieza metálica con forma de cilindro cónico. Está posada sobre su base, de metro y medio de altura y uno veinte de anchura.

Un valiente se atreve a poner un pie sobre el cráter para observar más de cerca.

—Parece una bala de cañón.

—A lo mejor es una bomba que ha mandado el ejército para liquidarnos a todos.

El valiente da un paso atrás al oír el último comentario y se aleja todo lo que puede del cráter.

—¡Hala, el otro, qué exagerao! —exclama una mujer.

—Puede ser, ¿por qué no?

—Porque por aquí no hay bases militares, ni el ejército se dedica a hacer maniobras en esta zona.

—Lo pueden haber enviado por satélite.

—Tú sí que eres un satélite…

Entonces el cilindro-cónico metálico se abre y, por una ranura de cinco centímetros que lo atraviesa de arriba abajo, sale una masa viscosa del mismo color que la luz que inundó el cielo hace media hora: blanco nuclear. La extraña sustancia emerge del cilindro-cónico y repta hasta la superficie. Los allí presentes, asombrados, no saben si salir corriendo o darle con un palo a la cosa viscosa.

Al llegar al filo del cráter la masa blanca se detiene. Entonces se estira y alarga como si fuera un chicle hasta alcanzar una altura de ciento setenta y cinco centímetros. Un segundo después, se expande. Comienza a tomar forma: primero brazos, manos y dedos; después piernas, pies y rodillas; a continuación un torso y genitales masculinos y por último la cabeza. Ha pasado de ser una masa amorfa a tener la apariencia humana de hombre adulto.

—¿Cómo ha hecho eso? —dice otra voz anónima fuertemente sorprendida.

—Tengo la capacidad de adoptar la forma tipo de la especie cuyo planeta visito. En este caso visito la Tierra y adopto la forma de la especie humana. He recogido toda vuestra información genética para transformarme en uno de vuestros semejantes y así no sintáis miedo ante mi presencia.

—Es un extraterrestre…

El marciano responde afirmativamente con voz amable, dulce y algo aflautada al comentario de uno de los vecinos del pueblo.

El «ser espacial» ha tomado la entera apariencia de un hombre de complexión delgada. Se presenta totalmente desnudo, con el torso, antebrazos, pubis y piernas llenos de vello oscuro. Podría pasar perfectamente por un hombre de unos treinta años si no fuera por sus ojos. Lo único que lo diferencia de un humano de la Tierra son sus ojos: son del tamaño de pelotas de golf y de color violeta brillante.

—¿A qué has venido? —pregunta Mario, el banquero que vive en la urbanización.

—Os traigo un mensaje.

Todos los presentes murmuran y se miran extrañados. ¿Qué clase de mensaje les puede traer ese extraterrestre de la voz y los ojos raros?

—¿Qué mensaje? —pregunta Estíbaliz, residente de la urbanización Mágina Resort y casada con un rico empresario.

—Un mensaje de armonía, amor y paz. Os traigo, en definitiva, la solución a vuestros problemas.

De pronto se hace el silencio, un silencio incrédulo. Los allí presentes se miran desilusionados los unos a los otros. Por un momento habían creído que lo que les traía era el número del gordo de Navidad o algo por el estilo.

Entonces se abre paso entre la multitud Cata, la treintañera idealista de Villavieja de la Encina y la única persona con estudios universitarios del pueblo.

—Amigo extraterrestre, difunde tu mensaje entre nosotros —dice Cata ceremoniosa.

—Ya salió la otra… —masculla Estíbaliz.

—¿Y a ti qué te pasa, estirada? —se encara Cata con Estibaliz.

—Pues que eso del mensaje pacifista está muy visto. Además, la paz ya existe.

—La paz existe para unos pocos, como tus «Manolo Blahnik».

—¡Oh! ¡Habrase visto la perroflauta esta! —exclama Estíbaliz ofendida.

Todo el mundo empieza a discutir frente a un mensajero extraterrestre aún sonriente y que no entiende muy bien lo que pasa ni porqué se pelean los humanos.

—Seguro que todo esto es una cámara oculta —dice uno del pueblo.

—Y seguro que el mamarracho este es un impostor —añade Estíbaliz furiosa señalando al extraterrestre—. Nos habrán puesto algo en el agua para que tengamos alucinaciones —mueve los brazos de forma esperpéntica— y nos traguemos todo esto —sentencia mirando de nuevo a Cata.

—Nos trae la solución a nuestros problemas. Se acabarán las guerras —dice Cata ignorando a Estíbaliz.

—Pero aquí no hay guerras —interviene Mario—. Además, a nosotros no nos afectan, las que quedan se libran muy lejos de aquí.

—Dices eso porque tu banco financia a empresas de armas —le recrimina Cata.

—La industria armamentística produce riqueza y muchos puestos de trabajo. ¿Qué importa el resto? ¿Qué más da que mueran unos cuantos desgraciados a miles de kilómetros de aquí?

Un silencio contenido se adueña de la muchedumbre y el entorno que la rodea. El extraterrestre mira con atención a los congregados mientras su sonrisa se transforma poco a poco en una mueca de incredulidad y pena. Mario cierra la boca de pronto, no pretendía decir lo que ha dicho pero ya lo ha dicho. Por un segundo comienza a sentirse incómodo y juzgado. El silencio se rompe abruptamente.

—¡Yo quiero un sueldo!

—¡Eso! ¡Queremos trabajo, no paz!

La muchedumbre, entre gritos, brazos alzados y desorden cívico, secunda las palabras de Mario.

De repente, se escucha un fuerte estruendo en el interior del cráter. Las vecindades del pueblo y la urbanización se percatan de que el extraterrestre de apariencia humana y ojos violetas como pelotas de golf ya no está. En su lugar aparece un resplandor de un extraño color blanco nuclear que lo ilumina todo y los deja ciegos por un segundo.

Al recuperar la vista observan como el cilindro-cónico metálico surca el cielo hasta desaparecer sin dejar rastro. El extraterrestre se ha marchado rumbo a otro planeta donde le hagan más caso. Hasta la paciencia de los extraterrestres, por muy pacíficos que sean, tiene un límite.

Los curiosos, decepcionados y confundidos, abandonan poco a poco la sierra comentando entre ellos lo que acaban de presenciar. Unos les dan credibilidad, otros no. Unos creen que han perdido una oportunidad preciosa para crear un mundo mejor, otros no. Unos creen que ha sido una broma de cámara oculta, otros no. Unos creen que era cosa de algún chanchullo secreto del ejercito, otros no. Unos piensan que hay que llamar a la televisión, otros no. Y luego están los que no han terminado de entender nada.

—Pues era un extraterrestre de verdad, con su nave espacial y —dice Cipriano mientras él, Josefa y Mariano se suben al Land Rover.

—¿Y al final que ha dicho? Yo no me he enterao de —dice Josefa.

¡Ná! ¿Qué va a decir?

—Total, que hemos venio pá ná y yo me he quedao sin saber si llueve o no mañana —sentencia Mariano dando un portazo al montarse en el coche.

Rubén sampietro (12)

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