Tengo miedo del eterno deseo de morir algún día,
porque es más eterno ese deseo
que la vida misma.
Miedo de sentirme mortal ahora
y quererme inmortal después,
cuando la vida ya no pueda defenderse
pues el deseo ha sido más fuerte.
Sin embargo,
siento alivio de la escapada final,
del pertinente instante que nos da la vida
para irnos de ella,
para correr;
así por la espalda
nos esté apuntando con un arma
fijamente a la cabeza,
para volarnos cada recuerdo
que no podremos llevarnos
ni como testigos de que hemos vivido.
Es triste sentirme nada,
pero sentirme todo
cuando me veo humana.
Humana hecha de idoneidad
para un mundo
que te ofrece todo
con un precio a cambio.
Humana con capacidades
para ser recordada
aunque todo pase
y lo efímero domine
más que la memoria.
Humana con un corazón latente,
un deseo ávido
y un cuerpo frágil.
Quiero morir, sí
pero en un momento
de mi vida
en el que si no recuerdo lo malo
es porque lo he perdonado,
si recuerdo lo bueno
es porque no lo he embrujado.
Es el único pacto
que pretendo hacerle con la vida,
espero la muerte
lo acepte.



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