Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

Marisela, la gris

Alguna vez conocí por ahí a un personaje muy singular, a la que todos llamaban Marisela, la gris. Cuando escuché ese nombre por primera vez, no pude imaginar la magnitud de la grisácea Marisela, pero cuando me la presentaron entendí perfectamente lo que la tristeza de verdad quería decir. Hablé con ella solo una vez en mi vida y, sin embargo, ha sido más remarcable que cualquier otro acontecimiento que me haya pasado jamás. 

No recuerdo muy bien las circunstancias en que me la dieron a conocer, pero recuerdo mucho que era primavera y luego ya no lo fue. Era yo entonces un muchacho sonrosado, de ímpetus incontrolables. Una afabilidad insidiosa me llevaría a codearme con tanta gente que en una de esas perdí la cuenta de quién me había presentado a Marisela. Quien fuese, se aproximó a mí en alguna reunión, de aquellas a las que me gustaba asistir por el puro placer de la interacción. Me habló al oído, como susurrándome un secreto. Ahora que lo pienso era una precaución muy astuta, porque cualquier otra persona que hubiera escuchado por accidente se habría sentido atraído por su magnético nombre, sin considerar que podía significar la peor de las perdiciones. El conocido me aseguró que me caería de las mil maravillas y se fue a buscarla y con el tiempo he ido formulando en mi cabeza la fantasía de que iba sonriendo maliciosamente.

Regresó con ella cogida del codo, como si la estuviera convenciendo mientras caminaban. Estaba tan gris como la recordaré siempre. Llevaba un alegre vestido veranero que en su piel perdía el color, sus sandalias se adivinaban curiosamente tristonas, y en su cuello pendía un aro dorado que parecía sofisticado por sí y que en conjunto con la portadora se veía apagado. Era bella, no lo voy a negar; la noche es hermosa a su manera, pero la aflicción de su semblante difuminaba los contornos de su certeza y parecía más un fantasma que cualquier otra cosa. Noté también esa invisibilidad que la acompañaba, porque para ser una mujer tan hermosa, yo era el único en toda la sala que la estaba viendo. ¿Por qué me la presentaron? Nunca he de saberlo, pero eventualmente llegaron los dos hasta mí y sentí que la vida misma era un pecado. 

Me dijeron su nombre por segunda vez, pero ahora la leyenda cobraba su verosimilitud. Marisela, la gris, saboreé en mi lengua como intuyendo lo peor. Ella sabía también lo que estaba ocurriendo, y simplemente sonrió, un gesto que le acentuó la severidad de su ceniciento interior. Se veía tímida, yo estaba presuroso. Mi instinto me dictaba a salir corriendo antes de entrar a las fauces de la hiena que amenazaba con devorarme. Pero no me fui, contesté a su saludo y le sonreí a duras penas, tratando de ocultar el nerviosismo pulsante. El conocido se fue sin despedirse, y entonces yo ya estaba atrapado, Marisela era mi carcelera y nunca mostró piedad en disculparse e irse, sino que me miró de frente y me invitó a un sofá apartado del barullo de la reunión.  

Desde que empezamos sabía que estaba perdiendo la razón. Muy mal iba a quedar después de esta experiencia, pero me senté ahí donde ella me convidaba, respondí sus preguntas: que sí, que era ingeniero; que no, no estaba casado; que a lo mejor no tenía planes, ni prometida y que, en efecto, era yo un romántico empedernido amante de la vida. Por alguna razón me pareció oportuno remarcar ese hecho. Ella, por su parte, me platicó banalidades sin fondo, como que era maestra, pero que nunca enseñaba nada porque no creía que les dejara un bien duradero, me platicó de su gato pardo (que irónicamente era gris), de su madre con conjuntivitis y de su exprometido, que partió sin rumbo porque le temía al compromiso. Todo eso me sorprendió y me dejó patinando sobre los vericuetos de su persona, pues en ningún momento hizo alarde de la melancolía que la tenía tan opaca. En vez de eso siguió platicando como si nada se le notara, intentó combinar el buen humor y la simpatía, pero siempre con resultados intrínsecos pues lo gris no se le quitaba ni cuando arrugaba las comisuras de sus ojos y reía a carcajadas como feliz maniaca.

Después de un rato la compañía y la presión cedieron, y aunque habían bajado las luces y Marisela se volvió casi transparente, pudimos seguir la plática evadiendo los susurros indiscretos de la gente. Nos volteaban a ver como un par de marginados, a ella le rozaban la mirada con desconfianza y de mí se reían con lástima. Nadie entendía cómo podía ser ella tan monótonamente plomiza y yo pensaba que no era tan malo. Pero, aunque no me lo quería admitir, estaba esperando que en algún momento me explicara la causa de su particular existencia, un hecho fatalista ya designado a mi vida, pues cuando eso sucediera sería el fin de los días como los había conocido. A pesar de la plena constancia que ambos teníamos de eso, seguimos entablando una conversación sensacional.

Mientras avanzaba la noche me daba cuenta de muchas cosas, como, por ejemplo, que la personalidad de Marisela era menos melancólica de lo que cabía suponer, que era menos arisca de lo que se intuía al principio y que era muy inteligente, tanto así, que estaba siempre un paso adelante de mí. Ella ya sabía lo que yo pensaba, incluso antes de planteármelo atravesaba mi integridad y adivinaba los secretos que yo ocultaba en la profundidad de mi cabeza. Tenía tanta facilidad de oído y hablaba solo cuando tenía algo circunstancial para decir. Discutimos de nuestra vida entera y en una de esas casi viramos al tema de su tristeza, pero ella nos salvó justo a tiempo, quizás porque aún queríamos tener algunos instantes juntos antes de que pasara lo inevitable.

Charlamos y charlamos mientras la reunión se descosía en una fiesta en pleno frenesí. El mundo se caía a pedazos, pero nosotros flotábamos a la deriva, siempre excluidos y al margen. Noté como éramos dos mentes que se comenzaron a conocer como a las palmas de las manos, llegué a confiar tan perdidamente que terminé por relatarle la historia de mi padre, cómo murió enojado para siempre conmigo y que había noches en que lo veía nítidamente en el vano de mi puerta y me veía detrás de sus gafas oscuras pronunciando una oración de decepción. Ella me acogió en su tranquilidad y me sedó a tal punto que no habría podido sentirme mejor en ninguna parte. 

Pero las cosas llegan siempre a un fin ¿no es cierto? Llega un momento en que se clausuran los actos. Supe que el nuestro estaba llegando al cierre porque la intranquilidad que sentí muy al principio se asentó en el estómago y por un momento creí que me había tragado el corazón. Mi cuerpo entero temblaba y el ruido de la fiesta evolutiva exaltaba mis nervios, a veces sentía que mi propia alma me abandonaba. Marisela, que como ya sabemos era muy lista, se percató de todo y me tomó una mano. Me invitó a un lugar más tranquilo y como mi boca no articuló ninguna negativa, ella asumió la responsabilidad de todo y me jaló consigo hasta que logramos salir de ahí. Afuera la luna parecía ausente. Era muy tarde, más de lo que creía. Con Marisela el tiempo se volvía nimio y obsoleto porque cada momento parecía mi destino volviéndose realidad, y todos saben que el destino no lleva reloj.  

Para haber estado tan consciente de su efecto hipnótico y trágico, Marisela no dejó que el remordimiento se le asomara por ningún resquicio de su cuerpo. Me llevaba con apremio entre callejuelas que nunca había visto y que daban la sensación de ser parte de un oscuro laberinto sin solución.  

Mientras el aire me azotaba la cara y ganaba conciencia de mi situación al mismo tiempo que la perdía, supe algo fatal y es que, aunque tuviera las fuerzas de pararme en seco y oponerme a seguir, iría con ella a donde me lo pidiera. La magia turbia de Marisela tenía un poder etéreo que me idiotizaba en momentos, y de no haber sido un escéptico me hubiera atrevido a llamarlo amor. Fue por eso que la acompañé, sin preguntas, hasta que llegamos a un edificio tan feo que pasaba desapercibido. Abrió la puerta y noté en ella un temblor distinguido, me miró de soslayo y adiviné una disculpa echada a la noche por pervertir mi tranquilidad con su persona.  

El edificio era tan destartalado por dentro como lo era en el exterior y el aire olía a humedad y pobreza. Me tomó nuevamente de la mano con una maternal caricia en las yemas de los dedos y quise llorar. Subimos unos tramos grandes de escaleras donde en partes apestaba a orina y a veces a soledad. Y cuando por fin llegamos a su piso y nos trasladamos al vano de su puerta, consideré seriamente tirarme por la ventana antes de tener que enfrentar el mar gris de Marisela. Pero, como en cada oportunidad que tuve de escapar, no lo hice porque estaba imantado a ella y lo hecho, hecho estaba. 

Como ignorando lo que pasaría, Marisela siguió en su papel de simpatía que ya no parecía honesta. Comprendí que una tristeza pegajosa se iba cerniendo sobre su cuerpo dejándola en tonos más oscuros conforme pasaba el minutero, pero decidimos hacernos de la vista gorda nuevamente para aplacar nuestros corazones conscientes. Me invitó a un refresco y lo rechacé sin temor a desairar y ofenderla, ella ya sabía que mi garganta estaba clausurada y ni siquiera podía entonar ningún sonido.

Como estábamos esperando una salvación que no venía y lo inevitable cumplía su promesa, Marisela se fue acercando con una sensualidad abatida que me dejó helado y expectante. Me susurró algo que no pude comprender, pero su aliento emanaba matices de lluvia y su cabello despedía reflejos plateados, como si su carne gris estuviera sublevándose hasta alcanzar la belleza absoluta para despojarla así de la lástima. Tomó una de mis manos y la condujo a sus senos suaves y vitalicios, que, de haber estado en otra situación, nunca hubiera adivinado lo cenicientos que estaban. Mi otra mano la colocó a la parte posterior de su cuello y yo la acerqué a mi pecho con el fin de enredarnos para siempre.  

A partir de entonces un torbellino enturbia cada zona, pero recuerdo las ropas volar, sus muslos abrazarme, sus ojos cerrarse y el gris crecer y crecer hasta volverse abominable. En ese acto de amor a medias me lo contó todo; me contó lo triste, infeliz y miserable que era, lo patética que se había vuelto. Me relató la historia de abuso de su padrastro, la negligencia de su madre, el pisoteo de sus amantes y el fracaso de su vida. ¿Que sí por qué era tan gris? Porque de tanta tristeza había muerto en vida y solo era capaz de reflejar el andar de su cuerpo por el mundo, más su alma se había elevado hacía muchísimo tiempo. 

Sus caricias de amante infortunada fueron espectrales, era un suplicio verla. Pero yo había quedado prendado, enamorado sin vergüenza de su cuerpo sin alma, oscuro, casi negro, pero más hermoso que cualquier cuerpo que haya visto jamás. Cada vez que la besé, cada vez que miré sus ojos y aluciné con sus manos, le prometí mi alma para que ella pudiera volver a la vida. 

En los remanentes momentos de nuestro acto cómplice, cuando los dos descansábamos viendo al techo sin saber que pasaría a continuación, se lo dije. Le confesé que estaba enamorado y partiría a las nubes a recogerle el alma perdida para devolverle el calor a su cuerpo, o le entregaría la mía sin reproches, con tal de que naciera de nuevo. Ella solo se rio con un llanto apagado y me explicó que una vez muerto en vida más valía quedarse así, que morir dos veces no lo soportaría. Me dio un beso en la frente y se quedó dormida, remarcando su desalentadora eternidad. 

Salí de ahí sin hacer ruido y cuando llegué al amanecer de la calle, lloré sin pena y no me asusté cuando descubrí que mis manos se veían plomizas y mi vida se sentía pesada, casi como si me estuviera volviendo gris.  

Alguna vez conocí por ahí a un personaje muy singular, a la que todos llamaban Marisela, la gris. Cuando escuché ese nombre por primera vez, no atiné a salir corriendo y cuando me la presentaron quedé enamorado sin remedio de su tristeza. Ahora voy dando tumbos por la vida, deseando recuperar algún día mi alma, a la que me gusta imaginar correteando por ahí, junto a la de mi desdichada Marisela.

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16 comentarios

  1. Es el segundo relato tuyo que leo, y desde que te conocí –literariamente–, nada ha vuelto a ser lo mismo ;D. ¿Cómo no creer en la reencarnación, si en cada recoveco de tu escritura reconozco al mejor Cortázar, con aromas de Ruíz Zafón? Es lo que siento, pero reconozco que tanta adulación resulta, cuando menos, estresante. En fin, maravilloso relato en forma y tema. Pero necesito más, esta sed no se sacia fácilmente. ¡Socorro! Estoy de un torpe crecido y no consigo encontrar tu blog literario, por no hablar de si has publicado algo, pero seguiré buscando. Muchísimas gracias y un saludo de parte de uno más de los seguidores de Marisela.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muy estimado Lothrandir, no sabes lo feliz que me ha puesto este comentario. Le agradezco muchísimo el hecho de que lea mis textos, y ni que decir acerca de que los comente.
      Me temo que no tengo escritos publicados en ninguna otra parte, al menos que valgan la pena. Es la primera vez que publico mis textos de manera formal.
      Una vez más, muchísimas gracias, es muy amable de su parte.
      Un saludo cordial.

      Le gusta a 2 personas

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