Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía José Javier Martínez Miñarro (España)

La playa

Un cálido y soleado día que se tercia tranquilo, sin nada que hacer. Sí, parece mentira, pero aún quedan días así. Cada vez menos, en peligro de extinción, pero persisten como aquellas cosas que se niegan a ser asesinadas y atropelladas por la velocidad del ritmo de vida.

Las ondas de calor broncean a fuego lento una torneada piel que de breves arrugas se cubrirá en un par de semanas, cuando los poros frunzan su ceño y lamenten no poder tomar una ducha de luz solar, cuando el color tostado se marche como granos de arena entre las manos.

Mecen las olas sin prisa al tiempo, que yace acurrucado en la brisa fresca, somnoliento y adormecido, mientras sucumbe al sueño ante el susurro inconsciente de la naturaleza, aquella que nunca finge ante nada ni nadie. Si quiere arrasar y vengarse, desata su furia sin complejos ni miedos al qué dirán. Si quiere complacer a alguien, le acurruca en la tierra rebelde que rechaza el avance hacia el final.

La arena, morena y blanca, pero al fin y al cabo arena, intenta alcanzar un último baño, que la marea moje sus partículas y refresque su fina corteza. Pero no toda la arena se contenta con los 5 grados de agua termal que sirven para alargar la felicidad de no tener nada que observar ni que ver. Hay piedrecillas que quieren flotar en el aire y dejarse llevar en los remolinos de la orilla, sin tener que tomar ni una sola decisión que suponga renunciar a nada.

El viento, el más impaciente de los presentes, mece intranquilo a las palmeras que nunca han podido parar de moverse ni de bailar. Es el primero que quiere irse, el más inquieto, pues no sabe disfrutar de lo que tiene. El enemigo del “carpe diem“, aquel sabio y entrañable gruñón que no deja de recordar que sean cuales sean tus circunstancias, quieras hacer una cosa u otra, siempre hay que intentar aprovechar y divertirse con lo que uno tiene, incluso en el más absoluto silencio, donde ríen las confidencias y los pensamientos.

Sobre una esterilla, una pareja joven, de esas aún inocentes que se lo dicen todo en una mirada. Es imposible imaginar los matices que se pueden observar en un simple gesto, inconsciente e involuntario, cegados y ocultos por el sol de mediodía, tan implacable como magnánimo como rey de todo lo visible.

Quién les iba a decir a ellos dos que estarían este verano en una playa desierta, ajena al turismo, donde aún puede uno sentir lo que de verdad significa la palabra “naturaleza“. No hay ajetreos ni hay paquetes de descuento, ni un incómodo hotel lleno de familias deshumanizadas provenientes de una civilización desvalorizada. Sólo una tienda de campaña rodeada de un espíritu del mar tan puro que humedece sus pestañas. Ni un sólo móvil, ningún ordenador. Absolutamente nada que les distraiga de conocerse mutuamente. Ningún incómodo recepcionista preguntándoles por las reservas, la cena o cómo estaba todo, pues ellos mismos no sabrían responderse. No les gusta comparar. Son de ese tipo de personas que aún escasean en el mundo. De las que no critican como deporte.

Únicamente tienen una cámara antigua, uno de esos tesoros olvidados que superan la modernidad. La sencillez de un recuerdo no puede compararse con un programa de retoque de imágenes. Quién quiere la perfección teniendo la experiencia viva.

Va cayendo la puesta de sol del último día de verano con un incandescente resplandor que brilla como el fuego en la rubia cabellera de ella, mientras él, embelesado, echa la última fotografía, que refleja a su amada absorta, de perfil, sumergida en un diálogo mudo con el astro rey. El espejo del infierno, eso es lo que parece la mar, impasible, como si la marea y las corrientes no existieran y ese gran azul fuera el espejo del alma marital.

Anda, mira, dice ella. Una gaviota les despide. El mismo pájaro que día a día les ha saludado desde las alturas, implorando compañía en tan idílico paraíso. Un último baño que resulta extraño, contradictorio, refrescante y pesado, triste y feliz al mismo tiempo, como las mejores cosas de la vida.

La realidad les obliga a marcharse. No importan los sentimientos encontrados, aunque nadie les podrá arrebatar la experiencia ni lo pasado. Un beso sin lagunas posibles, reflejado y refrendado ante el cosmos, ante el universo que, sonriendo con sus dientes como estrellas, los contempla mudo en su enormidad.

Un último vistazo cuando está todo listo para marcharse en el profundo y lastimero crujir de los grillos, en el aullar de los lobos del bosque, en la noche del olvido impenetrable. Mientras ella duerme y reposa en el asiento trasero, él da gracias de que existan sitios que no puedan ser alcanzados por la mano del hombre, donde la Tierra se manifiesta sencilla en su esplendor y les muestra el verdadero significado de la vida. Tanto tiempo trabajando, preocupado por los problemas del día a día.

¿Acaso importan algo? Vivir con lo que se tiene es lo único que a veces merece la pena de verdad en esta vida.

Un extraño sueño del que ahora despiertan y que ambos han compartido. Ya no existe la playa. Solo quedan las huellas de un amor que solo se refleja y contiene en los paraísos más perdidos.

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