Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía La escritora cotilla (España)

No tenéis ni idea

Hace ya demasiado tiempo que vienes sospechando lo que tú y yo sabemos. Cada vez te cuesta más trabajo ocultarlo; te tiembla la voz, te sudan las manos, te cambia instintivamente el gesto de la cara. Lo vimos venir de lejos pero decidimos mejor no hacer nada, víctimas de esta indecente parsimonia que llevamos tatuada a fuego. Otra vez, una más, nunca menos.

¿Recuerdas esta mañana recién duchada, cuando aún con las ganas frescas de hacer algo positivo con tu vida te debatías entre lo correcto y lo inmoral, el deseo y la promesa del respeto hacia tu propio cuerpo? Quizás ahí, en ese breve instante antes de sucumbir de nuevo, hubiese existido una pequeña posibilidad por exigua que fuera de salvar lo nuestro. En lugar de eso me volviste la cara y volviste a las andadas, a escondidas, avergonzada como siempre y más que nunca. Asaltaste el cajón rebuscando impaciente algún resto de esa medicina que compulsivamente te hace sentir mejor, más completa, algo más llena, plena de qué sé yo. Pero no había nada. Nos conocemos bien y te adelantaste a tu recaída volcando cualquier resto de debilidad en la basura la noche anterior. Te frenaste en seco angustiada al recordarlo, sabiendo que eras muy capaz de hacerlo, en un rítmico balanceo, frotándote la cara, tirándote del pelo, lloriqueando y elevando súplicas al Cielo.

— Por favor, Señor, no me dejes hacerlo, por favor.

Pero ya lo estabas haciendo. Rebuscando en la basura agachada en el suelo. Medio pastel envuelto en su envase, algo de chocolate, migas de galleta, restos de golosinas… y lo devoras todo, empujando lo que eran desechos hacia tu cara, aplastando las palmas contra tu boca, deglutiendo tu ansia pura. Y al tiempo lloras por ti misma, rota de pena y amargura. Luchas en tu interior y te convences de que no puedes perder esa batalla, aún te queda un arma y piensas usarla.

Te quedas aún unos minutos agachada frente a tu hazaña, forjándose una sensación de incredulidad que te va subiendo por la espalda. Cómo has sido capaz de hacerlo, no piensas dejar que vuelva a ocurrir algo semejante, ni lo sueñes, no vas a dejarte eso en el cuerpo, te vas a enterar. Con toda la determinación de la que eres capaz te diriges con pasos firmes y rápidos de vuelta al cuarto de baño, vas sujetándote el pelo con una mano en una coleta improvisada, ya sabes lo que toca.

Los dedos de tu mano presionando la lengua, arcadas, espasmos, arrojo. El manjar contenido en la basura vuelve a ser el despojo de un humano, esta vez sin retorno. Y tú te miras en el espejo intentando disimular las consecuencias con el contenido del neceser. Los ojos se te salen de las cuencas mientras me prometes una vez más que no lo volverás a hacer. Y nos vamos con aspecto congraciado de paseo por el mundo, a trabajar, a la compra, a fingir que somos normales y no pasa nada. Pero nos pasa, y mucho, nos pasa todas las mañanas.

Es la hora de volver a casa. Volvemos andando, subimos por las escaleras quemando las calorías que no nos quedan retrasando cerrar nuestra puerta. Infelices sobre la báscula, incapaces de saltarnos la prueba de otra noche sin cena. Todavía estamos a tiempo de hacer algo mientras escalamos cada peldaño con paso lento, podemos salir de esto, podemos hacerlo. O no. Has dejado de inventar excusas, cuando te miran y te dicen que estás muy delgada solo sonríes de medio lado y esperas a que te dejen en paz. Cuánto lo odias. Por qué te envidian. Tienes hambre de libertad. Pero solo tienes eso. Hambre. Se acabó el tiempo. Aquí estamos de nuevo a las puertas de nuestro infierno. ¿Qué vas a hacer ahora? Respiramos hondo, muertas de miedo mientras cogemos el teléfono.

— Una individual de atún y beicon.

 

 

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