Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

La que dijo adiós

Era domingo cuando a Clara se le ocurrió saborear la idea de una despedida. ¿Por qué?, es muy posible que ella nunca se preguntara de dónde salió aquella corazonada, así como tantas otras que le permitían intuir cuál durazno era el maduro, qué niño se iba a caer del árbol o cuál viejito se iba a morir primero. Ella lo sabía porque lo sabía, y nunca se le ocurrió indagar más del asunto. Pero mientras se hacía un molote, se perfumaba el pecho y las axilas, se ponía labial de catálogo, todo a fin de estar chula para cuando llegara su novio, el adiós parecía haberse instalado en el ritmo alterado de su corazón y se manifestaba en esporádicos suspiros fatalistas. 

Curiosamente, aquella mañana nada parecía fuera de orden, pero Clara podía sentir pequeños detalles salidos de lugar, como la incandescencia insolente del sol, los pajarillos que estaban muy callados o la añoranza externa que le embargó durante el almuerzo y la hacía decir adiós a su habitación, al limonero del patio, a su abuela inválida, al café de olla, a su madre preparando tamales, a los gritos de los niños jugando fútbol y al cielo que coronaba con normalidad. También tuvo una distracción aparente que la hizo que se le olvidara rezar antes de comenzar a comer. Pero quizás, lo más notorio de la situación, lo que le dejó un regusto amargo en la boca, fueron los ojos apagados de Faustino Ribera, que siempre habían sido verdosos, pero que por primera vez se caían de negro.  

Llegó a recogerla como normalmente lo hacía. En un carro remendado, vestido con camisa blanca, pantalones guayaberos y el cabello echado para atrás como príncipe de película, se presentó sin alteración agraviante. Traía alguna de sus baladas de siete amores y un canasto con el almuerzo que le preparaba su mamá, una señora de mil edades que siempre estaba enferma. Además, olía a tabaco barato, que se fumaba dos calles atrás de la casa de Clara para no disgustarla con sus hábitos de rufián. Incluso cargaba con el mismo clavel deshojado para prenderlo de sus cabellos y verla rozagante.  

Partieron rumbo a la pedregosa bahía que se sabían ya de memoria, pero que aprovechaban para amarse al ritmo de las olas turbias y ofrecía una vista pintoresca a los veleros guiados por un farol desde hacía muchos años apagado. El recorrido fue la misma experiencia desértica, con remolinos de viento y el sol colándose por los vidrios hasta quemarles las piernas con su potente brillo fantasma. Llegaron en el horario de costumbre cuando las gaviotas estaban tiradas debido a la inactividad. La playa diminuta se veía tan solitaria, pero a la vez tan conocida. 

Faustino actuaba aparentemente caballeroso con atenciones que le prodigaba a Clara con exagerada virtud. Le abría la puerta, cargaba su bolso, le daba la mano al bajar las pequeñas colinas y la alzaba en vuelo cuando los pequeños charcos de agua salina no se habían evaporado aún. Le daba pequeños besos en los hombros, en las manos y en la comisura de los labios, pero sin la pasión a la que estaba acostumbrada. Los cariños eran neutros y sin chispa, como si toda la emoción se hubiera acabado y lo único que quedaba era una camaradería que la ponía incómoda.  

Se sentaron a la sombra de unas rocas y desempacaron la comida acomodando todo sobre el mantel de florecillas de cerezos. Pensando en su corazonada previa, comenzó a despedirse también ahí. Le dijo adiós a la tranquilidad del aire caliente, a la arena tibia, al murmullo de las olas, a la brizna salitre que corría de vez en cuando.  A pesar de eso, pasaron una tarde muy similar a las otras, siempre con encanto provocativo, con besos sabor al kiwi que comieron, con la arena metiéndose en todos los recovecos mientras daban vueltas en la arena, abrazados, juntos, cerca. Inclusive, mientras se mojaban en el mar, los dos sin ropa, algo parecía faltar. Ese sentimiento solo se agravó con la caída perentoria del sol, que avecinaba la tragedia. Mientras se cambiaban, a Clara le dio por despedirse de su sonrisa y de la plenitud de no tener nada porqué preocuparse, aparte de ver con un sollozo ahogado el atardecer. 

Por último, cuando empacaron las cosas en la canasta y Faustino llevó a Clara a cuestas por el mismo recorrido, ella volteó hacia atrás y la playa hermosa le pareció un designio de mala suerte. Las cosas se le antojaron tan desconocidas y parecía tan irreverente la idea de tener algo seguro. En vez de eso, parecía que lo estaba perdiendo todo, como si las memorias pudieran dejar de existir. 

Cuando llegaron de vuelta a dejar Clara, las sombras eran ya tangibles y no había luz alguna dentro de la casa. Siempre habrían de acordarse del silencio y de la calma, de la noche siendo la noche. Faustino se estacionó con fingida serenidad y apagó el motor, siguiendo la cadena de las cosas que anticiparon la desgracia. Clara sintió en los huesos el adiós definitivo. Podía olerlo en la culpa de Faustino y una lágrima solitaria se adelantó, extrañando ya su presencia, odiandolo con todas sus fuerzas por su ausencia planeada. 

-Ya no podemos vernos, Clara. – dijo con la voz resignada de la cual se olvidó en algún punto y tuvo que imaginar en su cabeza, pues en ese momento las palabras no tenían orden ni concierto. 

Le dio un gran discurso de los embrollos del amor, el misterio de las injusticias y el poder de la esperanza, que Clara no debía perder, porque según le dijo, era atractiva y aunque le faltara la feminidad que enciende pasiones, habría otro hombre que la amaría tal y como era. Le dijo que lo perdonara por haberse tropezado en su camino, por haberla ilusionado a duras penas, por consentirla tanto, porque de lo contrario no le habría causado tanta pena. 

 La intención de Faustino era tranquilizarla, pero lo único que logró fue que el torbellino de su cabeza se le pasara al estómago, donde lo revolvió todo. Sin embargo, sí logró comprender que se casaría pronto con la mujer de sus sueños emocionados y que tendría un hijo, advirtiéndole que no la quería cerca de él en esos momentos. 

Clara no podría haberse sentido más humillada en ninguna otra situación, por muy alocada que la imaginase. Faustino con los ojos altivos pero suplicantes, la luna reflejando el brillo de sus propias lágrimas y el olor de su miedo la obligaron a bajarse, más por las náuseas que por querer alejarse de él. Deseaba despedirse de su pecho, de su cabello peinado para atrás, de sus labios ásperos, de sus ojos que habían perdido el anhelo al verla. Pero apenas puso los dos pies afuera encendió el motor y se fue, dejándola en el vano de su puerta, deshecha. Lo único que atinó a decir antes de perderlo de vista en la profundidad de la calle, fue un adiós tembloroso que se evaporó en la oscuridad. Con el corazón en un puño entró rezando para que nadie saliera a recibirla, o a regañarla por haber llegado tan tarde. 

Tirada en su cama pensó que era cierto, la despedida era un hecho consumado y se sentía tan pesada porque una tristeza con olor a podredumbre la estaba royendo entera. Otra corazonada le advirtió que, de tanta pena que la ahogaba, simplemente moriría sin más y así cada despedida cobró sentido. 

Pasada la impresión inicial, Clara comenzó a sentir los estragos del dolor. Las lágrimas rodaban con vida propia, y si no sollozó hasta quedarse afónica fue por miedo a que la encontraran en ese estado e indagaran incongruencias. Mientras sofocaba sus lamentos con una almohada comenzaron los recuerdos incidentes de todo el tiempo que estuvo al lado de Faustino. Vinieron a su mente las conversaciones con sus amigas planeando la boda que nunca se llevaría a cabo, los planos en las servilletas, imaginando una casa que nunca sería la suya, los pañuelos bordados para sus presuntos hijos que ya tenían nombre pero que nunca llegarían a existir. Pero lo que más le dolió fueron todas las palabras de cariño que ella le prodigó, tantas cartas repletas de deseo, de vergonzosas frases de amor, de versos copiados, de flores prensadas, de fotos suyas aromatizadas con lavanda; sus intimidades dichas al oído; las manos de Faustino recorriendola con su permiso; su declaración de amor eterno, ahora echada al olvido. Quizás fue por toda la rabia que la muerte no la agarró de sorpresa, si no que le llegó con tiempo de sobra, primero rozándole los talones hasta irla abrazando completa.  

Lo primero que pensó fue en darse un baño para enjuagarse a Faustino hasta de las orejas. Se metió en la bañera donde echó mano a las hierbas secas para quitarse el rastro del aroma. Se talló con detalle cada espacio, cada curvatura, cada resquicio. Fantaseó con la idea de sumergirse en la bañera, pero la muerte ya estaba en curso y no se le antojó apresurar las cosas. Cuando salió se vio largamente en un espejo y se preguntó que le habría faltado a ese fantoche para prendarse ella. Apreció su vientre liso, sus cabellos dorados, sus pecas luminosas y supo que su muerte sería una pena largamente padecida.  

Se enrolló en un bata y se acomodó en su cama con el cabello aun chorreando y oliendo fuertemente a limón. Agarro todas las misivas de los meses junto a Faustino, desde aquellas tímidas hasta las más desenvueltas, las anudó con un listón y se las metió al camisón para que le quedaran a la altura del pecho. Agarró los ramos de flores secas, las fotografías nubladas, su mismo diario y lo colocó en una cajita que dejó a un lado de ella, para que cuando se recostara a morir quedaran a la altura de sus labios. Entonces tomó dos pliegos de su papel fino para cartas especiales y redactó dos mensajes que más tarde inspiraron a poetas y cantantes para hablar de la desdicha de querer.  

Después de eso sintió la muerte en los muslos y sabía que el tiempo apremiaba. Se dejó el mismo camisón, pero se perfumó el pecho y las axilas como cuando iba a encontrarlo. Se maquilló los pómulos, se tiznó los ojos, se encendió los labios y se rizó el cabello, todo con una sensualidad recién permitida, que habría dejado al susodicho de rodillas, rogándole porque lo volviera a querer. Luego bajó de puntillas para que nadie la escuchara y se tomó el primer trago de su vida, que casi la hace toser hasta desmayarse.  

De súbito la muerte comenzó a ascender más rápido y ella tuvo que trasladarse hasta dónde quería que la encontraran. Se tendió en su cama, se abrazó el montoncito de cartas y en el tiempo que le quedaba terminó de despedirse de todo lo que le faltaba; de su dignidad, de su ilusión y de sus ganas de vivir. El sol se sentía aún lejano cuando la muerte subió del ombligo al corazón, y las lágrimas cesaron para el gran momento. Luego subió de las clavículas a la boca, luego a los ojos que cerró con desdén, luego a la coronilla. Y entonces, justo cuando murmuró el último adiós, la vida abandonó suavemente su pecho tal como ella sabía que moriría. 

Horas más tarde, cuando el sol ya estaba en lo alto, su madre recordaría cómo percibió con su sexto sentido el rumor de las cosas lamentables y salió corriendo en busca de su hija, solo para encontrarla magnífica, y hermosamente, sin vida. El lamento agudo que lanzó a los cuatro vientos, esa madre en pena, sería el primero de tantos que tendría Clara, la que dijo adiós. 

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7 comentarios

  1. Me acerqué pensando que era un poema, apretado de tiempo, en medio de una actividad nutricia, pero fue empezar y no pude parar. Un ritmo hechizador, como de una danzarina de palabras junto al fuego, en la noche del desierto. Lo he leído dos veces, con la mirada temblorosa. Es maravilloso, le toca a uno tan hondo, tan fuerte. Me ha recordado lo que me hacen sentir algunos relatos de Cortázar. Enhorabuena por tu magnífico relato.

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    1. No sabes cuanto agradezco tu comentario, me alegro mucho de que lo disfrutaras. Creo que la ilusión más grande de un escritor es lograr evocar con las palabras y pues me hace muy feliz que sea así.
      Un saludo.

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  2. No puedo creer lo increíblemente bien cuentas y describes una historia capas de hacerme estar obligado a saber que sigue después, y hacerme sentir el dolor de la chica, en verdad me quede sorprendido el como tu relato afecto a mis emociones, eres muy buena, te felicito por esta historia y ten garantizado que si sigues así seras alguien muy reconocida, un honor el poder leer tu talento!!

    Le gusta a 2 personas

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