Al escenario de la vida
entraste sin llamar,
marcando tu danza
como se marca un compás.
Susurrante llegaste,
con huella firme y delicado roce,
sellando un destino
que en un principio se desconoce.
Inesperada y punzante,
sucedió sin embargo en calma,
como si de una vieja compañera
se acordara el alma.
Y allí,
cuando al viaje se le acaba el camino
y a las escaleras los peldaños,
el corazón recuerda los sueños
con los que se le fueron los años.
Oscura y lúcida,
soñadora y amante;
el cielo se rompe en pedazos
con el paso de la muerte anhelante.



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