Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Rodrigo Ampuero Oróz (Perú)

No podemos seguir así

“¡No podemos seguir así, tenemos que verla!”, gritó el corazón mientras se lamentaba amargamente. Estaba sosteniendo un vaso de whisky casi vacío en una mano y un cigarro recién encendido en la otra. Se encontraba recostado en el sofá, recubierto por una sábana delgada y recordando al amor.

“No podemos verla. No vamos a verla. Sólo vamos a esperar”, respondió la razón con una serenidad desesperante. Él estaba sentado en una silla, dándole la espalda a su compañero y con los ojos clavados en un libro, uno de esos antiguos, de los que la poesía se había encargado de matar.

“No entiendo cómo ya no puedes amarla, si tú eras quien siempre estuvo detrás de ella. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es aquí, ¿dónde? Si no es ella, ¿quién? No me vengas con eso de esperar, que tú bien sabes que eso jamás nos ha servido, es más, eso nos ha terminado de joder cada maldita vez. Pero no ahora, no aquí, no con ella”. Corazón se levantó con dificultad y buscó alguna botella que aún tuviera contenido. Cuando la encontró, se lo terminó de servir con torpeza, llevó el vaso a la altura de su demacrado rostro y bebió el enésimo sorbo de la noche.

“Debemos esperar y punto, no seas terco. Ya estás demasiado ebrio como para seguir despierto, mejor apágate un rato y déjame manejar esto a mí”. Razón se levantó cerrando el libro entre sus manos. Luego, giró sobre su cuerpo para mirar a su compañero que ya estaba nuevamente tendido en el sofá con el licor a la mitad y el cigarro consumido.

Corazón se levantó nuevamente, acabó hasta la última gota del vaso que tenía en su mano, lanzó el cigarro al costado y encaró a la razón. “¿Manejarlo tú? Por favor, si tú no sabes nada de estas cosas. Tú eres el cuerdo, el que debe actuar con calma y serenidad, pero cuando la locura es necesaria, debo entrar yo, el avezado, el que corre los riesgos y al que siempre lastiman. Tú eres el que debería apagarse hoy, porque si ella no responde, no sabrás como lidiar con eso”.

“Tal vez estés en lo cierto, pero nunca más que yo. Nos conozco y sé que lo único que haremos ahora será adivinar lo que sea que pueda pasar aun sabiendo que siempre estaremos equivocados. Después de todo, esa es la causa de tu miedo: la incertidumbre.” La razón se quedó mirando fijamente al corazón que empezaba a quebrarse de nuevo y los ojos se le inundaban de lágrimas.

“¿Cómo es posible llegar a este extremo de sentimentalismo? Nunca nos preparamos para esto ni imaginamos que algo así podría llegar a pasar. Me arriesgué impulsado por ti y tus consejos. Ahora eres tú el que debería sacarnos de esto pero parece que no te interesa. Dime, ¿Por qué quieres seguir esperando, sin buscarla ni olvidarla?” dijo el corazón, mientras se secaba los ojos como podía y pedía compasión con la mirada.

La razón agachó la cabeza, dio un largo suspiro y abrió el libro que tenía entre las manos, justamente en la página que estaba viendo. Entre las hojas, había una foto de ella. “Porque, al igual que tú, tampoco quiero que esto termine. Aún la amo y no quiero olvidarla”.

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