Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

Poemas para antes de dormir

Era ya muy tarde y yo me encontraba todavía despierta. Era una de esas noches en las que el sueño engaña y, aunque me sentía cansada, aún estaba sentada en mi salita, con el servicio de té a medio acabar y con la mirada perdida en un libro zigzagueante que tomé por pura casualidad y no abandoné por puro orgullo. Se trataba de un ejemplar de tapas rústicas y sin encanto aparente, cuyo único detalle era una pequeña nota musical que no parecía venir al caso ya que ningún poema tenía la gracia de hablar de música. En realidad, la temática de la antología entera era un misterio y los títulos me sonaban chillantes, lo que provocó en mí una fatiga que me invitaba a cerrar los ojos y descansar. 

Me hubiera quedado ahí mismo, dormida en el sopor de unos versos sin sentido, pero entonces me di cuenta que un flautista me leía los poemas de cabo a rabo. No pretendo profundizar en la ridiculez de la idea, pero así era, un pequeño flautista escondido entre las páginas de aquel libro insufrible. Vestía pantalones diplomáticos, tenía los cabello largos y lustrosos, y me daba la mano mientras leía sin detenerse y sin respirar. No sé porqué era un flautista, quizás fuera el ondular de los versos o las melodiosas rimas simétricas. O, a lo mejor, era el muchachito que vi en la contraportada –El autor–, personaje que escribió dicho compendio, dígale antología, dígale colección. Fácilmente lo podía imaginar con una flauta acomodada entre los dedos, sacando melodías tal cual como sacaba poemas cuantificados de lo más lindo, diminutos, rítmicos, dignos de haber sido leídos con más intención. Ahora mi anterior desaire a aquella poesía resultaba insólito, ridículo y caprichoso, pero eso no significaba que no me diera sueño. 

El flautista, obviamente, se dio por enterado y se indignó tanto que me daba pena seguir leyendo. Por más que le alabé, no parecía aceptar mis disculpas, me miraba muy encolerizado cada vez que me perdía entre las palabras y cuando por error cerraba los ojos para descansarlos, pegaba un chillido, aunque estuviera leyendo a la mitad de un verso, y me despertaba de un brinco.  

— Cinco poemas has leído ya y ninguno te ha gustado. — me dijo con reproche bien justificado. Pero no era su culpa, ¿qué podría haber hecho el flautista para merecer dicho insulto? Tampoco era culpa mía, era la poesía que no me iba siempre. ¡Ah!, pero era mi necedad, soberbia disfrazada de curiosidad que me obligaba a leerla, aunque no le entendiera, aunque solo la necesitaba para sentir de pluma y beso los sentimientos de alguien más. No era culpa del portador, del flautista, tampoco del escritor, eran los poemas en sí.  — Cinco poemas has leído ya y ninguno te ha gustado. — me dijo con reproche bien justificado. Pero no era su culpa, ¿qué podría haber hecho el flautista para merecer dicho insulto? Tampoco era culpa mía, era la poesía que no me iba siempre. ¡Ah!, pero era mi necedad, soberbia disfrazada de curiosidad que me obligaba a leerla, aunque no le entendiera, aunque solo la necesitaba para sentir de pluma y beso los sentimientos de alguien más. No era culpa del portador, del flautista, tampoco del escritor, eran los poemas en sí. 

Después de reprocharme hasta lo que no, el flautista me vio altivo, y aunque intenté librarme de él con pretextos de sueño, de la hora y de una jaqueca que no era del todo mentira, el flautista me adivinó que traía algo atascado en el fondo de la mente, que no había cogido un libro nada más porque sí. Con sorna me dijo que leyera más, me dijo muchachita. El conjunto de la sonrisa lacónica, los ojitos de botón y sus insinuaciones acerca de que me sacara el sentimiento de la punta de la lengua con más poemas me desquiciaron por completo. 

— Pero, flautista, ¿no ves que ya me quiero dormir? — le dije, pero él se negó. Que no, que no era hora de dormir, había que leer más poemas. 

 Me incitó, con malicia evidente, a tomar el siguiente libro con la portada de un barquito silencioso. El flautista insistió tanto que yo accedí a leerlo, a cambio de que me dejara en paz de una vez, y ni tardo ni perezoso salió corriendo. Aunque el libro no me daba buena espina, tengo que admitir que la curiosidad me cautivó y sin problemas me adentré en aquellas páginas de aspecto sombrío, donde a primera vista era evidente la melancolía de los versos. 

Estuve a la deriva, hipnotizada por la lóbrega tensión que el ambiente me había transmitido. ¿Quién escribió tanta cosa gris? ¿Quién se sintió así de perdido? La portada solo anunciaba con solemnidad que el autor de dicha antología era un tal Anónimo, alguien seguramente olvidado, locuaz, muy, pero muy triste y lleno de cosas que decir.  

Y justamente como descubrí al flautista entre las líneas del primer poema, fue que descubrí a la lavandera, lectora de este compendio. Solo que esta lavandera era tímida, sí señor, tímida en exceso. Tan apocada que no le escuchaba ni la voz y solo la noté por la limpieza de sus versos, se encontraba justo detrás de un “Cierto día roto, me rompí también yo”. ¡Ah! que sorpresa me llevé viéndola sudar de miedo. Yo tuve que asegurarle que no pretendía hacerle daño alguno, que solo me había llamado la atención el librito aciago. Siendo así, sonrió cariñosamente y en silencio me tomó de la mano y me instó a continuar las estrofas largas y parsimoniosas.

Aquellos poemas hablaban de soledad, desesperanza y encierro, solo la tristeza imperaba, y de tanto leer de penas, las lágrimas se empujaron unas a otras. Además, tenía el sentimiento de estar apresada y, con razón, fue que después de un par de leídas continuas me di cuenta que algo me apretaba las muñecas y la luz se había vuelto tenue. Estaba encerrada en una especie de cárcel, esposada y con la mirada petrificada sobre una mesa donde se encontraban los poemas. Algo me impedía dejar de leer, aunque ya sintiera demasiada congoja y lo único que me apetecía era meterme a la cama y dormir. Pero las llaves las tenía la lavandera, que se había quitado su disfraz de santita y presumía una sonrisa malévola. Me tenía enganchada, lo admito. Me había quedado prendada de los versos tristes y ella me entregaba más. Las hojas estaban repletas de lagrimones, de gritos y de histeria. Yo intentaba no derivar en la locura o en el desamor, y aunque los fantasmas de mis memorias me acosaron durante el cruel período, pude sobrevivir a la catarsis de estar leyendo aquellos escritos que la lavandera me repartía sin compasión. 

Pude haberme quedado para siempre. Contra sueño y razón me era imposible siquiera tomar un respiro. Hoja tras hoja, palabra seguida de lágrima, seguida de otra palabra. A la lavandera le gustaba tenerme ahí, se le notaba la sangre fría de quien destruye a los soñadores, pero fue en una de esas que cometió el error de darme de aquellos poemas que muy poco saboreaba. Más rítmico, incluso que los del propio flautista, este era estático, estético, bello y pretencioso. Proponía que yo lo leyera, pero era tan monótono, sin más versos que siete, siempre la misma rima ABAB. Yo no podía con esto, porque de pronto me recordó todo el sueño que tenía desde antes de la emoción. Afortunadamente todo el cansancio espeso hizo que la prisión se esfumara, volví a mí misma recamara sin barrotes, y la luz incandescente de mi lámpara me envolvió en el sueño sin darle chance alguna a la lavandera de los versos limpios. Cerré el compendio de un ¡zas! y lo puse a un lado sin más energía para nada. 

Apagué la luz, doblé la colcha y me deslicé dentro. Acomodé las almohadas para cierta posición, dichosa de que al fin estaba a punto de dormir. Pero justo cuando estaba por apagar las luces escuché el chssst largo y ceremonioso que salió del estante de mis libros. No. No, no y por supuesto que no. Estaba ya tan acomodada, en una posición muy cómoda, no iría hasta allá y cogería ese libro que, apuesto mi vida,me espantaría el sueño nuevamente. No. Y apague la luz. Sin embargo, el <<chssst>> no se apaciguó. Es más, lo sentía gradualmente más potente y todo el sueño que me provocó el poema flojo de pronto se cayó al suelo junto con mis ganas de dormir. Descalza y apenada de que alguien me sorprendiera de contrabando en el librero, agarré al libro ruidoso y lo lleve al sillón. Prendí nuevamente mi lámpara y le vi la cara al entrometido. Era un libro con una hermosa portada de alelíes y lirios. Precioso. Me parece que era poesía de recuerdo, o quizás así siempre lo interpreté yo. Recuerdos y recuerdos de un autor que no había conocido en persona, pero que, si lo hubiera hecho, me habría contado tantas anécdotas como en su poemario. El <<chssst>> volvió a sonar una vez más y al fin vi bien el origen. Era una niñita ataviada en tafetán, velos y encaje, de sonrisa amplia, cabellos dorados, manos delicadas que me sonrió toda coqueta y me dio la mano al interior de su antología. Yo estuve encantada, por supuesto. 

Ahí adentro todo era tan bonito como lo era ella, había música y en efecto recuerdos. Los recuerdos eran de toda clases y tamaños. Había un clavicordio, había marquesas muertas, había familiares míos y del poeta. Había de todas memorias, muy frescas, como recién inventadas. 

La niña comenzó a darme lo poemas con gentileza, que, en vez de miedo, como sentí con la lavandera, y aburrimiento, como me dio con el flautista, sentí agradecimiento. Esos poemas eran tan personales que casi me creí la autora de lo que veía con tanta nitidez. Pero no, yo no era capaz de escribir tanta cosa linda. Fue ahí donde me encontré con mi abuela, con mi madre, ambas con la inmensa sabiduría que otorga el tiempo. Me encontré con mis amigos de toda la vida y con los grandes personajes con los que nunca sería presentada en persona; lamentablemente los genios no pueden trascender el paso del tiempo. Entre rosas y azucenas tomé té con mis ex amores, recordándoles que los amé pero que la vida era tan cortita, y que por eso la eternidad me asustaba tanto. Bailé y bailé muchos valses de mano de mi padre, que me hablaba del día en que me vio salir a este mundo y como me agarré de su pescuezo quizás para siempre. Experimenté la dicha de encontrarlo todo concentrado y estrecho en esos poemas de alguien que no me conocía, que nunca me había visto, pero que se las había arreglado para adivinar qué era lo que más me importaba, y lo disfrazó todo de poemas y los hizo llegar a mi desde la niñita, que para ese momento, se me había perdido entre tanta palabrería. 

De pronto me había perdido también yo. El cansancio me alcanzó sin advertencias y yo seguía leyendo cursilerías. En algún momento mis ojos se cerraron al ritmo de algo, ¿cuándo me dormí? De verdad que no lo sé. Volví a tener algo de conciencia hasta que la mañana siguiente me llegó con los estragos de una resaca poética, pero también con una sonrisa por haber leído todo lo que valía la pena leer. 

11 comentarios

    1. Este relato me hizo darme cuenta de como las palabras en los libros no solo estan puestas solo ahí para llenarlos, si no que realmente llevan algo por detras que hacen que cobren vida haciendo que cuando lees su interior sientas a los personajes tan reales como si uno mismo pudiera interactuar con los estos. Eres una verdadera artista y mi escritora favorita. Eres arte, gracias por esto. Sigue tus sueños, llegaras lejos:)

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  1. Ahora confirmo que los libros tienen vida propia, que no son simples hojas con letras. Si no lo viviese cada día, de seguro habría pensando que esta historia nocturno es producto de tu imaginación. Los gnomos vivien en las bibliotecas. @Zavala_Ra

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  2. Empecé a leer sin reparar en el autor. Poco a poco llegó la sospecha de que tenía que ser nuestra dama Valeria, la hechicera de las palabras, la descubridora de otros mundos que están en este. Un magnifico relato, muchas gracias por este ratito delicioso.

    Le gusta a 2 personas

    1. Que bonitas son las personas con palabras tan amables. Me alegra mucho que te haya gustado (las resacas poéticas son una realidad, aunque nadie lo crea)
      Muchas gracias por leer.
      Un saludo

      Le gusta a 1 persona

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