Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

El verdugo de las historias de amor

¿Por qué serán tan pocos los que conocen la historia del desdichado hombre que solo escribía historias de aflicción y pesadumbre? Es muy común, quizás todos alguna vez hemos leído uno de sus poemas, cualquiera de sus relatos y hemos llorado sin siquiera evocar su nombre. Él es el que escribió todas las posibles formas de tristeza y su mérito ha pasado casi siempre desapercibido. 

En un principio uno podría creer que era un escritor a secas, un pobre diablo dedicado a la ficticia y reputada labor de escribir historias inverosímiles para un público que cada vez leía menos. Uno le veía las gafas, los pantalones de lino sucios y la camisa empapada de sudor y creía reconocer el prototipo de escritor de algún afiche decorativo. Le encajaba el perfil tal cual. Pero no era hasta que uno hablaba con él, leía sus textos, masticaba sus perspectivas que, entonces, se podía dar uno cuenta de que de escritor no tenía mucho, era más un título dignificado de la tarea que en realidad hacía. Él no era escritor a secas, él era la personificación murria del hombre desolado. 

Siempre encontrábamos a Santiago Buenavista en el pedestal de la locura ante un escritorio lleno de marcas de guerra, entre libros, poemarios y antologías complejas. Vivía en medio de escombros de un delirio febril y fuertes ganas de sucumbir a la más tierna muerte. Lo veríamos serio, él siempre fue así. Con una cara marmoleada y tensa, con los ojos espantados por el insomnio, con el corazón en un puño y con las lágrimas a flor de piel. Adelante de él, también muy enterrada entre el cuchitril de su miseria, siempre había una libreta y, al lado, una flor ya muy seca que se marchitaba cada día más alrededor de una densa nube de polvo. En aquel ambiente predeterminado le sería fácil evocar las tragedias de su vida, usaría la flor muerta para hacer analogías y en sus momentos de desesperación, cuando el alcohol se le subía a la sien y no podía pensar recto, caería desplomado entre todas las hojas que contenían sus textos melancólicos, siempre llorando entre sueños porque era un ser muy torturado.  

Era muy joven cuando publicó su primera historia. Hay muy pocos que se acuerdan de eso y hubo muy pocos que lo leyeron con atención. Simplemente un día aparecieron en un periódico local unos párrafos breves y concisos de la historia desgarradora del hombre que le lloró para siempre a la mujer que amaba y que en una de esas se le secó el corazón. A partir de allí habría una fila larga de tantos amantes que perdieron la vida, que vivieron en la indiferencia y que tragaron dolor líquido para sufrir por siempre.  

De su familia se sabe poco, de su infancia todavía menos. Alguna vez dejó entrever en una de sus historias a un niño asustadizo que trataba de sobrevivir a las noches de oscuridad y al sucumbir en el miedo llamaba a su madre, una mujer que nunca acudió a su auxilio y que, por lo tanto, se veía obligado a permanecer congelado de terror, viendo la densa negrura opacarse aún más y los ruidos de la noche atormentarlo hasta que se quedaba dormido de puro cansancio. Hay razones para creer que fue siempre taciturno e inclinado hacia la soledad. 

 Vivió en una pensión ruin toda su vida, invitaba a mujeres de la vida galante cuando la soledad lo abrumaba y publicaba un par de libros cada cuanto, que por alguna razón eran recibidos efusivamente por el público para después ser olvidados eventualmente, como si su paso por las cabezas de la multitud no fuera más que efímero.   No se le supo nunca novia formal, aparte de la bella damisela que fue la aventura que lo convirtió en un abatido escritor, siendo también el mayor escándalo de su vida, del que nunca pudo dejar de escribir.  

Se cuenta que la mujer se llamaba Alma, de apellido dudoso pues era una doña nadie que vivía en una de las colonias cercas de la pensión donde nuestro Santiago llegó cuando tenía veinte años, con un par de prendas y muchos libros empacados en bolsas de plástico. Ella era hermosa, como pocas de por ahí, pero era casada y tenía tres niñas, trabajaba en algunas casas haciendo limpieza o barriendo portales, vendía tortillas, empanadas, hacía costuras y las malas lenguas la acusaron de vender favores personalizados e íntimos, pero eso nadie lo sabe a ciencia cierta. Lo que sí se supo es que el escritor la veía a menudo, pues en tantos pasajes describió a una mujer tocada por los rayos del sol que iluminaba los días más grises y que pasaba por su ventana casi a diario. Quién sabe dónde los introdujeron, o cómo sus ojos hicieron contacto y abrieron una conversación, pero en un abrir y cerrar de ojos Alma comenzó a frecuentar al escritor, casi siempre de día y con la puerta abierta para espantar el calor y los chismes. Sin embargo, tan pronto como las palabras de cortesía se volvieron miradas anhelantes, las visitas se tornaron nocturnas, donde, al amanecer, siempre se podía atrapar in fraganti a la pobre amante que se tenía que escapar por la ventana, creyendo que nadie la veía. Se amaron infinitamente, eso era evidente, porque el amor se nota en el zumbar del aire y los vientos que salían del cuarto donde se encontraban olían a sudor, lágrimas y a gardenias enrarecidas, que siempre presagian peligro inminente. Ella lo trató más como su hijo que como amante, y él la vio como una tierna estrella más fugaz que ninguna.  

Por el tiempo breve que estuvieron juntos, Santiago se hizo hombre y Alma envejeció sintiendo que el tiempo que les quedaba era corto y el desenlace trágico. No es que se lo dijera a nadie, pero los surcos de la cara, el lento paso instaurado y la forma en la que sonreía con tristeza dejaba en claro que tonta no era y que siempre había vivido en el cruel sufrimiento, sabiendo que Santiago no le pertenecía y que ella nunca podría ofrecerle lo que él necesitaba. Y, por si fuera poco, tenía detrás de ella a un marido que tarde o temprano iba a unir cabos. 

Se vieron, se amaron, se arrepintieron de conocerse, ignoraron los presagios, se encontraron en la oscuridad, en la luz, entre la gente y también a solas. Anduvieron de la mano por donde creían no conocer a nadie, se besaron en las bocas al salir de cafeterías de mal agüero, imbéciles sonreían cuando pasaba una mariposa, como si sus vidas fueran así de simples. Incrédulos de la mala suerte, pero siempre estuvieron al tanto de que la vida no siempre era hermosa.  

Sin embargo, el tiempo no perdona y varios meses después, luego de los besos que ya no eran furtivos, sino obscenos, de abrazos que ya no eran eventuales, sino necesarios, cuando ya se conocían como pareja, como seres queridos, Alma desapareció de un día para otro, como si la tierra de la que había salido, se le hubiese llevado como venganza por ser feliz. Santiago tuvo que enterarse leyendo en el periódico la historia de una mujer estrangulada por su marido, maltratada hasta el último hueso, derramada hasta la última gota de su sangre y una tristeza le cubrió los hombros para toda la vida. Aunque intentó negarse a creer que su Alma fuera el cadáver triste de aquella mujer, cada fibra de su ser absorbió su muerte para no olvidarla nunca. 

Se convirtió en el escritor apesadumbrado sin sentirlo, sin quererlo, ya nunca pudo terminar una historia sin la verdadera crueldad de las cosas. Cuando le faltaba inspiración visitaba la tumba sin lápida de una mujer adúltera que bien podría haber sido la de ella, o la de miles otras, le llevaba flores y noticias, a cambio ella le entregaba algo que escribir. Fueron años en los que Santiago Buenavista frecuentó el cementerio y nunca pudo abandonarla.  

Irónicamente terminó sus días al escribir la historia de un hombre que era incapaz de pensar nada además del desamor y que cada historia la degradaba a su componente más melancólico. La tituló El verdugo de las historias de amor, y como su popularidad le alcanzaba para tener un puñado de seguidores, lo comenzaron a llamar de esa manera, leyendo a través de su cuento toda su demás vida.  

12 comentarios

  1. La manera en la que inicio como un triste y desolado hombre que tiempo después con un amor prohibido encontró la felicidad máxima y se sentía completo por fin, se le va de sus manos un día para otro, es una historia muy intensa y trágica que nos dice el como la vida puede dar vueltas y se puede perder todo de un momento para otro. Enserio escribes increíble, nunca puedo despegar mis ojos una vez que empiezo a leer tus historias, enserio eres una escritora magnifica, sigue así, serás grande. Éxito!! 🙂

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  2. Entré en Letrasypoesía para buscarte, necesitado de otra dosis de tu prosa. Es una auténtica delicia leerte. Haces que la vida fluya entre tus letras como oro líquido, no importa el argumento de tus relatos; para mí son solo la excusa para degustar tu arte. Es una pena que no tengas un blog personal para disfrutar más de tus relatos. Un saludo agradecido desde la meseta española, admirada Valeria.

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