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Navegar sin brújula

Que no todos servimos para todo de igual manera, aparte de una perogrullada, es una gran verdad.

Si tuve claro algo en mis primeras nociones de conciencia fue saber de mis limitaciones en asuntos que me interesaban.

Puede pensarse que es una forma de restringirse poco productiva en lo personal, incluso malsana, aunque también se puede ver desde la óptica de que conociendo tus defectos, asumiendo plenamente los condicionantes se tiene más claro qué es lo que te falta para llegar a donde quieres, y así poder establecer una meta, un objetivo, de manera más directa.

Y aquí está el problema, el quid de la cuestión, la esencia de estos sinsabores o fracasos, y también, por qué no decirlo, de algunas mellas amables e imborrables en esta carcasa curtida por tantos inviernos.

Los elfos somos, por definición, esquivos y solitarios, apenas nos dejamos ver entre otros, y solo nos sentimos a gusto y por momentos con gente de igual condición, y, por tanto, difíciles de encontrar tanto como uno mismo. De ahí que proponerse un ideal distinto del elegido sea, como poco, una tarea ardua, que no todos estamos dispuestos a acometer. A veces es mejor navegar al pairo, arriadas las velas y los remos aclarados, dejándose arrastrar por la corriente, disfrutando, eso sí, el paisaje cercano y los gestos amigos de quien se cruza, por coincidencia (hasta los astros se alinean en ocasiones) en este devenir, más que el buscar varaderos donde atracar atraídos por la presencia de otras naves, de luces llamativas y músicas hipnóticas como cantos de sirenas.

Este dejarse llevar no siempre es la mejor manera de recorrer este rio, ni la más segura. A veces hay corrientes que te alejan de una orilla amistosa y deseada, rocas con aristas como sables, remolinos y rápidos espumosos entre gargantas oscuras, así que no es por una meditada economía en el gasto, ni por concepción cobarde de la vida, más bien como una elección, inherente tal vez a la condición de elfo.

Pero conociendo esto quizás se disfrutan mucho más las lagunas tranquilas donde a veces voy a desembocar, los meandros de arco suave y vegetación frondosa y atrayente en cada curva, la otra cara de esta dualidad.  Y pueblos distintos donde orillar la barca y compartir de manera natural, y no forzada, el pan del camino y unas risas regadas en hidromiel. Remansos que te abrazan con sonrisa amistosa y te dejan partir con la misma buena voluntad.

Es el río, y no el estuario lo que te enriquece, y el navegar, deprisa o despacio pero siempre adelante lo que mantiene la esencia vital. Así que en este otoño a veces jaspeado de primaveras lo único que pido a la naturaleza es la pizca de orgullo y lucidez necesarios para saber cuándo estoy de más en un lugar, de cuándo mi presencia ya no es grata. Y el coraje suficiente para soltar amarras.

Del resto, la balsa y la corriente se van encargando.

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