Saint-Exupéry me enseñó que las personas estamos hechas para regresar, para volver allí donde creímos estar alguna vez. La vuelta era nuestra jugada maestra para sentirse seguros, invencibles. Era nuestro as en la manga, la sucesión a la victoria eterna, al imaginario de las fantasías. Era la puerta con un rostro pintado y una madera esculpida a deseos, que se mantenía abierta a la espera de que alguien se atreviera a pasar el umbral.
Con Saint-Exupéry entendí que el camino depara incontables destinos, que nunca podemos predecir completamente, que pilotar aviones y navegar barcos es una cuestión de soñadores, una vocación de suicidas contra la inmensidad. Y que el combate es inherente a los guerreros, que a los muertos siempre se les recuerda, pero, ¿quién? ¿Quién se acuerda de los vivos? De aquellos desvalidos al destino, de los incansables de la derrota. ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?
Saint-Exupéry hizo que un elefante fuese un sombrero, y viceversa. También hizo que la luna amparase a un principito, y no, no era casualidad. Por mi parte, confié, y los baobabs nacieron en mi jardín, parecía que el rehén era yo en medio de la libertad; no sabía que hacer ante el bosque, se escuchaban susurros, se sentía la vida, sus palabras eran recitadas:
«No eran hijos pródigos. Eran hijos sin casa a donde volver. Entonces comienza el verdadero viaje, el viaje fuera de uno mismo»
Esta vez, no había carta milagrosa para un preso, ni nadie esperaba en un caserío de la Pampa húmeda, Saint-Exupéry estaba ahí, en el umbral de la puerta, con las llaves de su avioneta, con los versos de un poeta, y con la mirada necia de quien conoce el mundo y sólo quiere volver a casa.



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