Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

La semana de la señora Julia

La señora Julia se levantaba todos los domingos a la misma hora, se quitaba la modorra abriendo las ventanas mientras se untaba colonia para oler a alhelíes. Se acomodaba el cabello en largas trenzas canosas que amarraba por encima de su coronilla y se ponía un chal lila con estampado de mariposa. Sacaba de sus joyeros y frascos muchas pulseras, collares y un par de pendientes de oro y se los ponía con parsimonia y elegancia, combinando el verde con el naranja, el cobre con el morado y los rosas con los azules, creando colores de festival en sus muñecas fofas que le dolían en invierno. 

Bajaba justo cuando los primeros rayos entraban por los ventanales de la cocina, echaba lumbre ella solita, sacaba muchos trastos y bolsas de harina, azúcar, canela, anís y ponía la tetera a calentar; escuchaba al gallo sacar su quiquiriquí mientras el señor que iba vendiendo litros de leche le tocaba la ventana y ella le compraba un litro fiado. En una cazuela ponía lo que tuviera a la mano, que de harina un puñado, que el polvo para hornear una pizquita, que azúcar tres deditos y así sucesivamente, hasta que tenía un engrudo poco antojable que bañaba con leche hasta dejarlo líquido. En una sartén ponía un cubito de mantequilla y hasta que estaba bien caliente ponía una cucharada de su mezcla de tortitas. Una a una, doradas y calientes se apilaban en un plato de su diversa porcelana que se componía de remiendos de tantas otras vajillas. Cuando por fin estaban listas las dejaba dentro de un mantel y junto a la estufa para que no perdieran el calor, se ponía a sacar manteles de hilo de los cajones de su gran trastero repleto de figurillas de porcelana, adornos de bodas y bautizos, y copas de cristal. Colocaba exactamente seis lugares, con los cubiertos a un lado y la servilleta al otro. Para entonces Cecy, la muchacha que la ayudaba, apenas se estaba haciendo el molote preocupada de que la señora ya había casi terminado.  

Las tortitas iban al centro de la mesa y a su alrededor cazuelas de plátanos, kiwi, bayas, duraznos en almíbar, el café junto con un servicio de seis tazas diferentes cada una, una jarrita de crema y un azucarero de hojalata. Entonces se sentaba y esperaba. 

Esperaba, esperaba y esperaba un poco más, viendo las tortitas perder su clamor y que se hacían aguadas debajo del mantel, el café se ponía helado y el plátano se oxidaba. Cecy llegaba con cara de aflicción al ver a la señora hecha bolita en una silla, llorando.  

— ¿Le ayudo a recoger? —le decía todos los domingos, y todos los domingos recogían la mesa para seis que nunca se llenaba. El resto del día, la señora se ponía a ver el pasar del día junto a la ventana. 

Los lunes eran diferentes, pues ese día a la señora se le antojaba revivir sus tiempos de solterona acalorada y amanecía de los colores más vibrantes. Se ponía un magnético vestido, con medias blancas y guantes de seda. Se amarraba el cabello en un tocado de lado, en donde amarraba listones de encaje muy colorados. Se ponía los aretes de perlas, regalo de aniversario en sus bodas de plata y se aplicaba aceite de almendras detrás de las orejas. Con las cejas bien delineadas y las mejillas muy festivas bajaba las escaleras en unos taconcitos de dos centímetros de terciopelo verde botella, que hacían reír a Cecy y le torturaban los pies hinchados y callosos a la señora Julia. 

— ¿Verdad que estoy exquisita? —pregonaba en voz alta 

Y pasaba así la mañana en su balcón, dejándose ver por el mundo entero en sus galanuras, sintiéndose hermosa como la luna. Tomaba té en vajilla china y leía novelas románticas mientras recordaba a su Valentín en el caballo blanco, por aquellas épocas en que le llevaba serenata y los carros eran una invención del demonio.  

Los martes eran de flores y primavera. Amanecía aclamando la alegría de los boleros, y mientras desayunaba un pan con mantequilla con su café, Cecy le platicaba de Joel, que se había ido a trabajar a las huertas para comprarle un anillo de compromiso, y a su vez, la señora le platicaba la eterna historia de cómo Valentín Galindo le pidió matrimonio 19 veces y al final solo le dijo que sí porque no le gustaban los mariachis todos los viernes, pero que lo había amado como a nadie en el mundo. Después Cecy se iba a sacudir las telarañas de los rincones y la señora se iba caminando por los estantes, mirando las fotografías de la familia que antes tenía, soltando lagrimones solitarios que se convertían en pétalos al llegar al suelo. 

Los miércoles eran de reuniones. Cecy le abría la puerta a 10 personas en total, que venían a tomar chocolate y comerse los bizcochos de nuez mientras conversaban de los tiempos de antes, de cuando las niñas eran bonitas y recatadas, de cuando aún andaban erguidos y las sonrisas no estaban chimuelas. Esos días la señora era menos nostálgica y en sus labios se podía adivinar la soltura mientras iba y venía entre sus comadres que siempre le contaban los chismorreos de la calle. 

Pero precisamente los miércoles le daba una fiebre de amor y Cecy no se la acababa con los ojos pizpiretos de Rogelio, el viejito verde que cortejaba a cuanta mujer se le ponía delante, y que, desde hacía ocho años, quería mudarse a vivir con ellas.  

A las cinco en punto todos recogían sacos y sombrillas, y le plantaban a la señora un beso de despedida, dejándola con unas tremendas ganas de que tuvieran edad para quedarse más tiempo. 

Los jueves salía desde temprano del brazo de quien quisiera acompañarla, con un abanico de flores y una bufanda que se anudaba al cuello, muy bien combinada con una falda larga. Cecy la llevaba al mercado donde compraban melones y quesos, refresco y una cajetilla de cigarros que se guardaba con las otras, por si aparecía su marido que le gustaba fumar, pero que se había ido hacía quince años. Compraban, además, conservas de carne; de papa y ejotes tiernos, maíz y a veces un dulce de membrillo que se comían entre las dos. Paseaban por la plaza, veían a las palomas correr de un lado a otro, espantadas por pies que caminaban muy rápido. Oían el tin tan de las campanas de la Catedral, que ensordecían un poco más a la señora, y ya para el atardecer regresaban a casa entre callejuelas de casitas coloridas. 

El viernes era el día de la revisión del doctor guapito, como lo apodaba la señora. Un doctor recién titulado, de esos que hacían todavía el rondín por las casas. Llegaba con la cabeza güera y un maletín lleno de pociones cura dolores y malestares, que dejaba perpleja a Cecy y encantaba a la señora. Le preguntaba que cómo estaba, cómo se había sentido, si el pescado le caía bien aún, si dejaron de gustarle las uvas y si sentía que le hormigueaba la oreja izquierda, a lo que la señora sólo respondía: 

— Me encuentro tan bien como la semana pasada. 

Entonces lo invitaban a comer pollo relleno y rebanadas de melón, y cuando se iba, al final se le bajaba el rubor a Cecy y dejaba triste a la señora. 

Los sábados se lo dedicaban al silencio, a los recuerdos y al hecho de que la muerte rondaba las puertas como una peste a podredumbre, esto hacía que a la señora le doliera el corazón más seguido, trastabillara al caminar o perdiera la noción del tiempo. Era la muerte lo que más ocupaba su pensamiento los sábados, porque fue un sábado en que murió su marido; un sábado en que se estrelló el tranvía en que viajaba su hija Azucena; un sábado en que mataron al pobre Vicente, su hermano; un sábado en que desapareció Laura; un sábado que falleció recién nacidito, el pequeño Benjamín. Y así, concluía que un sábado moriría ella.  

Entonces, tan triste por las cápsulas del tiempo que corrían en su cabeza como una película de recuerdos, volvía al pasado donde todavía quedaba la tarea de poner seis lugares a la mesa. 

El resto del día se negaba a comer y lloraba con dolor a su familia, que se fue en sábados, y más triste todavía, porque ningún sábado parecía llamarla a ella. Y aún ante los esfuerzos de Cecy por animarla, el té de valeriana o los jarrones de flores que le ponía en su buró, nada la hacía sentir contenta, y se acostaba prometiéndose que al día siguiente, cuando despertara, tendría que poner seis lugares porque su familia regresaría a comer el desayuno junto con ella.  

Y entonces el domingo llegaba nuevamente y la semana volvía a comenzar.

 

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8 comentarios

  1. Sigues siendo mi escritora favorita sin dudarlo, solo tú puedes hacer que pueda imaginar todo a la perfección y sentirme muy dentro de la historia, Gracias por compartir tu talento con los simples mortales, sigue así:)

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