Descubrirte, más allá de los principios, fue un acto revolucionario. Aunque tú solo creías en actos de fe. De aquellos que sobreviven las caídas al vacío y los disparos a quemarropa. De los que no necesitan más que de palabras, porque los hechos, como tú dices, están sobrevalorados. No importa de dónde vengan.
Pero el caso es que vienen. Vienen y van. Y hacen daño. Las caídas dan vértigo y los disparos abrasan, aunque el vacío y las balas hayan llegado a ser refugio. Siempre dejan de serlo.
Y entonces estallan las revoluciones. Cuando ya no hay refugio que cobije o silencio que dé sosiego. Y los actos de fe no valen, y apartar la vista ya no surte efecto. Y entre convulsiones y latidos revolucionarios, la fe se disipa, cede un hueco al despertar y a ratos parece marcharse del todo.
Aún no tengo claro si la revolución fue tuya, mía o nuestra. Pero fue. Llegó sin que la esperásemos y se quedó sin hacer preguntas para las que no teníamos respuesta. Nos eligió sin más y nos dibujó camino.
A veces la vida escoge por nosotros, en lo que nosotros no podemos escoger. Y escoge mejor.


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