Cuentos/Relatos Diego Valbuena (Colombia) Escritores de Letras & Poesía

M

M fue criado para ser exitoso. Sus padres se preocuparon por ponerlo en los mejores colegios tanto en la primaria como el bachillerato para que recibiera la mejor educación posible al alcance de sus bolsillos. Criado por monjas en la primaria y por curas en la secundaria. Principios católicos férreos que aseguran un futuro adulto recto y responsable. M siempre mantenía la cabeza agachada cuando su padre le recriminaba por sus errores que no eran frecuentes. A veces no lavaba su propio plato o no se peinaba de la manera adecuada. En las tardes jugaban ajedrez y le enseñaba el doloroso sentido de la derrota. Con lágrimas, M se encerraba en su cuarto para reflexionar las jugadas. El almuerzo y la cena eran los momentos para compartir en familia. M siempre sentado con la espalda recta y la mirada en el plato. La madre de M a veces le decía que fuera más cariñoso y afectivo con su padre, que él proveía los bienes y comodidades y que tenía que retribuirle con presencia de calidad. M refunfuñaba pero no decía que no.

El día del grado como estudiante de colegio M parecía resplandecer entre sus compañeros. Recibió mención de honor por sus calificaciones en la mayoría de materias durante el último año y además quedó entre los cinco mejores promedios de todos los grados once. La familia entera tenía que superar un pequeño escollo en el camino perfecto de la vida de M: el servicio militar. Para ello, el padre de M ya estaba contactando con amistades que tenía en las altas esferas del ejército para ver qué se necesitaba para pagar por el documento y evitar tener que enviar a su pequeño y muy correcto hijo a un lugar de rudos y salvajes. Pero lo que le pedían sobrepasaba sus posibilidades. M, con cierto estoicismo, aceptó su destino y por primera vez dormiría fuera de la casa, en un lugar lleno de humanos malcriados, agresivos, incorrectos, la mayoría con muy baja educación.

Durante el año que M no estuvo en casa, padre y madre aprovecharon para viajar fuera de la ciudad y disfrutar de merecidas vacaciones de crianza, menos por el esfuerzo de guiar que la exigencia económica que implicó ponerlo donde había estado. Solo un par de veces lo vieron, con su cabeza casi rapada y la piel curtida, más oscura, con algo de mugre pegada al cuello. El padre le reclamó por aquella dejadez y le dijo que no saliera del baño hasta que no se quitara la costra de tierra que traía pegada.

Cuando terminó su deber con la patria, el padre de M lo recibió en casa con una excelente noticia: le tenía apartado cupo en la mejor carrera de la mejor universidad de la ciudad. No quiere decir que la más costosa, en palabras del padre, sino en la que podía continuar construyendo los ya profundos valores religiosos arraigados.

Comenzó sus estudios superiores con toda la actitud de un estudiante por encima del promedio de los demás, con actitud altiva que lo distinguía con facilidad sobre sus compañeros, con el convencimiento de que su camino estaba perfectamente sustentado. Pero no lo fue así.

M mentía. Con más frecuencia de la que sus padres jamás supusieron. M todos los días de su colegio, incluso desde cuarto o quinto de primaria, les decía a sus padres que salía por las tardes a donde un compañero de curso para estudiar, hacer tareas y reforzar sus conocimientos, pero lo que realmente hacía era, efectivamente, ir donde su mejor amigo de barrio y escuchar música toda la tarde al ritmo de aperitivos vínicos y cigarrillos mentolados.

Durante el bachillerato M logró mantener buenas notas porque M pensaba que ese colegio donde estudiaba era más bien mediocre, que no requería de mayor esfuerzo sino simplemente hacer lo que pedían. El resto de tiempo estaba jugando fútbol o caminando por la calle, embriagándose con tragos baratos y fumando tabaco rubio. Muchos fines de semana, porque M tenía principios a pesar de todo, llegaba ebrio a su casa y antes de pasar frente a sus padres buscaba en la cocina lo que hubiera para comer y tragaba como desesperado, buscando calmar la ebriedad. Subía las escaleras, saludaba correctamente pero con distancia y se encerraba en el cuarto. Caía a dormir como privado.

En el servicio militar M se hizo a una coraza emocional impenetrable, pues la rudeza que sentía en el ambiente solo la podía contrarrestar con indiferencia. Sabía con quiénes crear lazos cercanos para que en algún momento de peligro pudiera tener apoyo, pero era muy poco lo que M les ofrecía más allá de escucharlos por ratos sobre sus vidas personales y sus relaciones totalmente desfiguradas.

En la universidad M descubrió varias cosas en su vida. La carrera que había elegido su padre era de un nivel académico casi inalcanzable para el nivel que tenía. Los valores religiosos de dicha universidad le atormentaban pues ya no compartía esa mirada sobre el mundo de lo espiritual. Pero su mayor descubrimiento personal fue darse cuenta de su incapacidad para relacionarse con las mujeres.

De camino a casa de P, subidos en una camioneta Renault 12, escuchando a todo volumen Iron Maiden y con una botella de vino destapada, M comprendió que nunca había tenido ni siquiera acercamientos a ninguna mujer en su corta vida. Lo suyo era estar rodeado constantemente de hombres que beben o que se drogan y que demuestran su virilidad teniendo sexo casual con mujeres que conocen por ahí, en fiestas, en bares, en la calle, como si el acto fuera totalmente natural. Pero no para M.

M era algo así como un impedido emocional. Nunca demostraba tristeza y casi siempre dejaba fluir la rabia. Decía que las mujeres eran personas secundarias, de poco valor social, muchas veces inútiles o estúpidas por las decisiones que tomaban. O la forma en que las tomaban. Lo que hasta este punto no sabía M de sí mismo es que era misógino. La palabra la aprendió muchos años después.

M abandonó la carrera, la universidad y se fue de la casa de sus padres. Buscó trabajo como repartidor de volantes, atendiendo una papelería, lavando autos, dando clases de español a estudiantes de colegio, repartidor a domicilio, y llegó a pedir plata en los buses, no porque le faltara sino porque descubrió que era una manera fácil de conseguir para la comida.

En uno de esos trabajos conoció a quien sería su primera novia. Tenía su misma edad. Ella después de salir del colegio se dedicó a trabajar sin tener claro qué más hacer después. Eso le disgustaba mucho a M pero, por el contrario, le atraía mucho físicamente. Estaba descubriendo sus gustos por cierto tipo de cuerpo femenino, no muy exuberante y más bien de corta estatura. En la primera cita tuvieron sexo en el cuarto que M pagaba en una casa de familia cerca de donde sus padres. Al cabo de un mes aquella mujer no volvió a trabajar y de ella no supo nunca más. M regresó a su casa paterna para pedir ayuda y poder terminar una carrera profesional ya que sentía que se le estaba haciendo tarde. Lo que realmente quería era estar en un medio en el que pudiera flirtear con la mayor cantidad de mujeres posible.

M sin pensarlo mucho optó por una ciencia social. Consideró que si no había matemáticas en ese entorno, todo sería fácil de sobrellevar. No se esforzaba mucho en sus clases, pero invertía toda su energía en flirtear y en poder obtener salidas donde él pagaba la comida y el trago a cambio de que terminaran follando en un motel o en la casa de sus padres. A M le tomó más tiempo del normal terminar la carrera ya que se convirtió en un estudiante por debajo del promedio, perdía materias, repetía algunas, aplazaba muchas más, pues lo que lo mantenía enganchado era el sexo fácil que podía conseguir. Descubrió que lo de su prototipo físico de mujer era una total estupidez. En la variedad está el placer, se repetía.

Lo que no esperaba M es que un día se podía enamorar.

¿Qué podía ser eso de enamorarse para un pragmático como M? Era simplemente sentir que ese cuerpo que deseaba lo quería por más tiempo que los encuentros pasajeros que había tenido hasta ese momento. Era querer ese cuerpo solo para él. Era, sencillamente, poseer.

Eso le sucedió cuando conoció a R.

R estaba en primer semestre cuando M ya llevaba algo así como doce semestres matriculados de diez que tenía la carrera que estudiaba. R era una chica que apenas salió del colegio a muy temprana edad se inscribió a la universidad pues su objetivo era tener doctorado antes de los treinta. M ya pasaba de los treinta.

Varias cosas le gustaban de R. Su baja estatura, su piel blanca como transparente, su cabello lacio y largo, sus senos grandes. Pero por encima de todos esos detalles, le parecía excitante la diferencia de edad. Coincidieron en una materia electiva. M se acercó con la confianza de quien estudia la misma carrera y R algo intimidada aceptó las palabras que ese extraño le brindaba. Ese día M obtuvo el número telefónico de R. Esperaba un poco más pero la timidez de R lo desbordaba.

Fue poco lo que M reflexionó sobre el esfuerzo que estaba poniendo para flirtear ampliamente con R. Nunca había intentado más de una semana para lograr su objetivo y con R ya llevaba un mes tratando de convencerla de que salieran a tomarse algo. Obviamente en su casa, es decir, la de sus padres. Después de mucho insistir, mezclado con favores académicos y otros beneficios ya que M conocía a varios docentes que le debían favores adquiridos por intereses económicos y de haberles conseguido otras cosas fuera de la academia, una noche R le dijo a M que aceptaba salir con él. M se comportó como todo un caballero, con mucha decencia pero sobre todo con mucha calma, conteniendo sus deseos pasionales por R. Ya en su cuarto la invitó a que se acomodara, cosa que ella aceptó. Fue a la cocina y llevó varias cervezas y comenzó a charlar con toda la espontaneidad del caso. Después de muchas botellas, M ya estaba besando a R y estaba en plena disposición para desnudarla. Esa noche M obtuvo lo que quería. Esa noche también entendió que quería un poco más de R pero eso le demandaría esforzarse un poco más.

Una semana después M volvió a extenderle invitación a R pero la vio decaída y algo triste. Sin mayor interés le dijo que quería escuchar lo que le pasaba y R le confesó muchas cosas que M ignoraba de ella. Que hace poco había terminado con su novio del colegio, que estuvieron juntos todo el bachillerato, que había ido hasta su casa porque quería recuperarla y le había prometido que si retomaban su relación se casarían lo más pronto posible. Y R lo estaba pensando.

M se irritó y le dijo a R que tenía que ir a hacer un trabajo o algo así y se fue.

Pasaron cuatro meses donde M estuvo insistente con R de que se vieran o salieran o se tomaran algo pero R siempre estuvo a la defensiva, diciéndole que no estaba segura, que no quería estar con él así, que le diera un poco de tiempo mientras arreglaba sus cosas y todos esos líos que parece le estaban cayendo a la vez. M le prometió paciencia y le dijo a R que apenas resolviera todo lo buscara que estaría dispuesto para ella.

Pero los humanos somos extraños.

R dejó de asistir a la universidad. M la llamó pero no le contestaba. Le escribió pero no le respondía. A final de ese año R buscó a M y le dijo que ya había resuelto todo y había puesto su vida en orden. Parte de ese orden era que se iba a casar con su ex novio que de nuevo era novio y que había sido la única persona con quien había estado sexualmente hablando. Porque R y M no tuvieron sexo. Y R le agradece a M que no hubiera pasado nada porque eso la habría puesto en una situación estresante sobre qué hacer pero el que se hayan dado las cosas así le facilitó la decisión y estaba contenta y quería compartir esa felicidad con él. M le palmeó la espalda a R y se fue.

Nunca la volvió a ver.

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