Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Valeria R. (México)

El hombre tristón

Me subí al camión a la misma hora que ayer, que antier, y el día que le antecedió. Eran las 4:14 y sabía perfectamente que iba a llegar tarde a la casa de Enriqueta, pero es de sabiduría popular que los camiones no tratan con el tiempo, y yo tampoco. Me acomodé en el único y prodigioso asiento libre, una señal de buena ventura que la vida le da a uno cuando el día parece ser de lo más corriente. Para rematar ese presagio el asiento era el del lado de la ventana ¡que fortuna! 

A las 4:15 el camión empezó la marcha con las sacudidas propias de una maquinaria de tal tamaño, lanzándonos contra el compañero de asiento. Me sentía excepcionalmente contento de estar ahí pues los golpes eran amortiguados por la pared del camión y no me sentía en la proximidad de la caída aun cuando me zarandeaba. Además, podía ir mirando hacia afuera, en lugar de ver hacia dentro que nada tenía de interesante. Ese día los pasajeros parecían un poco más que nimios. 

A las 4:24 estaba perdido en el paisaje exterior, sintiendo que el sol me achicharraba los pensamientos. La vida se veía diferente a través de la ventanilla pañosa, pues yo estaba arriba de un vehículo que no se detenía hasta que llegaba a la siguiente parada. Si viera una tragedia desde mi lugar, nada podría hacer al respecto pues estaba en constante andanza bajo el yugo de un conductor que manejaba con base a un itinerario mal trazado al que nunca le era fiel. Pero el día tenía señas de ser vulgar y sin accidente fatalistas. 

Al momento de llegar las 4:32 yo sabía que se me iba a armar una trifulca en casa. Iba a llegar tarde, pero ya no había mucho que hacer al respecto, en cambio, me estaba muriendo en simplicidad, el más cruel de los aburrimientos. Todos iban sujetos a una distracción como la música o el mensaje instantáneo, ambas cosas que yo no tenía. Lo único que poseía era poder ver lo que estaba adentro del camión, cuyo panorama solo ofrecía caras desabridas y sin historia contextual interesante; trabajadores, amas de casa, ancianos enfermos, lo de siempre. También tenía lo que había más allá de la ventana, pero por más que me aferrara a las pocas cosas que eran dignas de observarse, siempre quedaban atrás, perdidas en el olvido ya que la calle avanzaba bajo las llantas del camión, y como dicen: lo del pasado, pasado. Aquello que venía de frente como novedad vertiginosa estaba sujeto también al mismo destino, sin que pudiera ser un alivio duradero para el mal que yo tenía. Yo solo quería ver algo que me distrajera, que fuera menos efímero y más original. Algo. 

El algo llegó justo a las 4:41, cuando pasaba por detrás de unas avenidas grandes llenas de semáforos y que culminaba en una serie de puentes. Emparejado con el camión iba un coche con un sujeto que se veía singularmente triste. Era inaudita la mueca tan abatida, tan desesperada que mostraba. Su boca con las comisuras volteando hacía abajo, ese semblante de quién está a punto de llorar. Triste como el que más. Si me hubiera subido a su coche, sé que hubiera encontrado el salado rastro de muchas lágrimas y perjurios echados al aire. 

Los semáforos me permitían tenerlo siempre a un lado de la ventana donde yo lo observaba con aspaviento. Nadie se encuentra dos veces por la vida a alguien tan particularmente tristón. Yo que había encontrado mi oportunidad me di la libertad de notar que era rubio y narizón, que cargaba una caja de pañuelos en el tablero y que tenía una abolladura en el cofre delantero. También supe, mientras dábamos una vuelta simple, que poco sabía de manejar estando afligido, pues se rezagaba en algunos tramos y en otros parecía a punto de estamparse con el coche de adelante. Después de un rato los automóviles lo coronaban con bocinazos de significados altisonantes y él solo agudizaba la faz desconsolada.  

Dieron las 4:47 y yo me había olvidado completamente de mi tardanza y me planteaba las posibles causas de la tristeza del personaje. Ruina amorosa, pariente fallecido, desgana depresiva, todas posibles, porque el ser humano tiene más problemas que años. Pero al hombre se le veía más una aflicción de dilema, propia de las almas transgredidas. Me parecía que le estaba pasando algo indudablemente malo. Mi aseveración no tenía pies ni cabeza, pero el instinto es algo caprichoso. Me imaginaba que la vida se la ha de haber echado encima y que veía puro sendero oscuro y sin escapatoria. 

A las 4:53 llegábamos a la parada que antecedía a la mía y casi me decepcioné de no poder seguir a lado del hombre. Cuando alcanzamos el espacio perdido que nos había aventajado lo vi más detenidamente para nunca olvidar la vez que me encontré al hombre más tristón del mundo. Estábamos a punto de subir al puente y yo me despedí de la compañía que nos habíamos ofrecido mutuamente, porque el me quitó la pena de la cotidianeidad del transporte público y yo le tuve lástima dignificada. Adiós, le dije. Y no sabía que tan acertada era mi aseveración. Adiós, hombre triste. 

A las 4:55 todos los pasajeros del camión tuvimos un grito ahogado y colectivo. El carro del hombre había atravesado el camellón, la barda de protección y había hecho un salto prodigioso, estampandose con estrépito allá donde el suelo se interpuso. Quienes estuvieron ahí seguramente recordarán el caos que se hizo y que se pudo presenciar muy brevemente, porque el camión siguió su ruta como lo establecía la costumbre.  

Cuando dieron las 4:59 me bajé en mi parada con las piernas temblorosas y me rehusé de ver en la dirección de dónde venía y seguí adelante con la renovada preocupación de mi impuntualidad. Cuando entré a la casa me sorprendí de ver a Enriqueta, del ánimo más dulce, que se había demorado en servir la mesa porque ya sabía cómo me tardaba. 

 Yo no me atreví a contarle lo que acaba de presenciar, inclusive cuando me inquirió sobre las sirenas de los policías que sonaban sin tregua. 

— Otro choque — adivinó ella. 

— Seguramente — dije yo.  

5 comentarios

  1. Me encanto el relato, el como se cuenta que cada vida tiene su propia historia y que aunque no nos pertenece aveces nos puede llamar mas la atencion que la de uno mismo. Y que buen final. Perfecta como siempre, sigue así 🙂

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  2. Wow, escribes magnífico, de una manera muy pulcra, ordenada, no ramificas en las ideas que puede dar un texto de tal magnitud de posibilidades. Creo que podrías ser una maravillosa novelista. Felicidades y mucho éxito.

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