Vivía azorado por la superstición, aunque para él constituía el logos oculto que daba cuenta de todo acontecer. Se mantenía casi inmóvil, estático; no tenía ocupación ni medio de sustentarse, ya que el pavor a que un nimio gesto desencadenara una ristra de acontecimientos que sentía como persecutorios, le impedía incluso dotarse de medios para su supervivencia. Era un ente apresado por su imposibilidad de ser.
Recelaba de cualquier indicio que pudiera sugerirle cierta alteración del anodino estar, se apocaba como un ovillo de lana en el recodo más remoto de la casa; su aspiración era diluirse, transparentarse, como estrategia disuasoria de cualquier malévolo sortilegio que merodeara en su busca.
En el anonimato yació días, incluso meses, haciendo real su máxima aspiración de permanecer ignorado y ausente para no ser una víctima más de esa hechicería imaginaria de la que huía aterrado.
Hoy aparece una noticia en el periódico: “un joven con el síndrome de Diógenes es hallado muerto entre basura putrefacta, siendo sorprendente que se mantuviera escondido en un armario”.
Hay, ciertamente muchos sentidos de la expresión no salir del armario, y las razones, como vemos, pueden ser diversas. RIP


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