Luces y heridas.
Risas y llanto.
Es que sos tanto.
Sos tanto y no te das cuenta.
Que si soltás amarras,
que si callás al resto
tus luces se encienden.
Y brillan tus ojos.
Y tu piel resplandece.
Y tu voz grita.
Y tu voz enmudece giladas.
Resbalan.
Chorrean.
Ni las sentís.
Te pasan por el costado.
Y todo el quebranto desaparece.
Y el qué dirán.
Y los fracasos.
Y la humillación.
Y la vergüenza.
Y el vivir los días con miedo a no encajar,
a que las cosas te salgan mal,
a reventarte las ilusiones contra el suelo.
Si te animás a ser vos y das el paso.
Si te animás a romper el frasco en el que te escondiste
te vas a dar cuenta
que sos tanto
que mínimamente te merecés ser feliz
porque sí.
Porque estás hecha de estrellas y no de una costilla.
Porque sos el laberinto y la salida.
Porque vale más tu grito que tu silencio.
Porque vale más tu libertad que tus encierros.
Y si abrís la puerta.
Y si rompés el frasco.
Y si soltás amarras.
Y sos vos misma
sin miedos.
Te vas a dar cuenta
que sos tanto
que valés un amor entero
y no mitades.
Que valés que te quieran siempre
y no a veces.
Que valés tu amor primero
y no si te sobra tiempo.
Y no de vez en cuando.
Y no a último momento.
No cuando te acuerdes.
No cuando te dejen.
No cuando te dejes.



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