Escritores de Letras & Poesía Isa Serrato (México) Prosa Poética

Eres amapola

Para ti, que eres a veces. Que siempre renaces de ceniza. Que escuchas y no dices nada. Lobo sin geografía y depredador de continentes.

Me aventuro al talón de tu azotea. Contra toda brújula, principio lógico y sentido común. Me atrevo a taladrar el techo de tu rascacielos, para que por fin te empapes de este aguacero que lleva atragantándome toda una vida. Quizá, porque eres el único que puede entender el fastidio y regocijo de asentar pozos en tejado y salpicarse de sus goteras infinitas.

Antes que nada, tienes que entender. No soy ave, pero tengo alas. No tengo cisne, pero soy pluma. Esta pluma.

Empiezo por contarte que lo supe desde entonces. Desde que decidiste mirar por primera vez la sombra de mi aureola. Tú también vives en castillos de carbón y esperas diamantar estos muros que tanto nos encierran. De claustrofobia también estamos hechos.

Pero había más, lo supe después. Tú no juegas, apuestas los naipes. Tú no persigues rutas, inventas caminos. Tú no sigues renglones en tus palmas, trazas futuro. Tú no abres cortinas, cierras el telón. Tú no besas la carne, devoras el alma. Tú no respiras perfume, eres amapola. Tú no preguntas, eres la respuesta.

Continuo por confesarte que siempre lo supe. Tengo la llave para abrir la puerta de olivo que nos tiene esperando al pie de esta carretera prohibida. La entrada al paraíso perdido. No hay peor condena que la que me dieron: beber de la fuente del edén y ansiar sumergir mis pies en los arroyos de Luzbel. Cuando eres tú quien desborda los torrentes del averno y órbita los círculos del abismo. Vivir con culpa, nos hace entender la vida de modos que no sabíamos que podíamos entender. Pero estoy dispuesta a desobedecer la palabra celeste y más. Sólo tienes que pedirlo y entender que sabernos es borrar por completo el sendero que lleva al pretérito inmaculado. Que me perdone Dios, pero la primavera no es, sin violetas, amapolas, narcisos y demás flores malditas que no existen en los jardines de la gloria.

Concluyo pidiéndote. Que no te preocupes por la atrofia de tu letra, estos cauces de tinta que fluyen de mi pecho escriben por los dos. Y que no me preguntes qué me pretendo con este huracán epistolar de ideas deshilvanadas, porque no lo sé, y tú más que nadie sabe que es verdad. Tal vez quiero que me desvistas las nubes y me alborotes las ganas de llover, o tal vez sólo escuchar que te atreves a decir mi nombre. Pero de algo estoy segura, si con esto logro que me permitas deambular por los pasillos de tu insomnio. No le volveré a pedir nada a los cielos.

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