Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Psique W. (España)

24 horas

Fátima empieza su turno a las doce de la noche. Como todos los días, lo primero que hace al llegar al trabajo es colocarse el chaleco naranja que guarda en su taquilla de la sala de trabajadores. El reflejo del espejo que hay tras la puerta le devuelve la imagen de una chica con ojos tristes y marrones, pelo oscuro y rizado, y vestida con ropa desgastada. Acto seguido saca brillo a la placa prendida a la altura del pecho que dice: «Hola, soy Fátima. ¿En qué puedo ayudarte?». En el lado contrario al letrero está el logo verde y naranja de la cadena de establecimientos 24 horas para la que trabaja: Arrow Market Express. El cual consiste en un dibujo de tres flechas señalando hacia la derecha una sobre la otra con los colores corporativos.

Cuando sale de la zona de empleados se despide, desganadamente, con un gesto del anterior compañero. Este le responde con una inaudible palabra de adiós. Las luces parpadean al paso de Fátima, que arrastra los pies hasta su sitio: la caja. Con apatía se coloca delante de ella y cuenta lentamente el dinero que hay. Después limpia con pereza el mostrador y termina de colocar los chiles de fresa y los de menta, las chocolatinas de avellanas y las rellenas de caramelo y los sugus.

En su jornada nocturna, en todas, Fátima se abstrae rememorando en su cabeza todos y cada uno de los pasos dados en su vida. El día en que escapó de casa para marcharse a un país extranjero. Su dura llegada a este sin saber el idioma. La búsqueda de un futuro mejor, del cumplimiento de su sueño. Repasa minuciosamente todos y cada uno de sus fallos, de los pasos mal dados. Le golpean las malas decisiones. Esas que le llevaron a estar delante de una infernal, odiada y asquerosa caja registradora.

―¡Manos arriba!

Una voz aguda con un toque irritante e histriónico, saca a Fátima de sus pensamientos. Alza la vista lentamente y observa que alguien la apunta con una pistola.  

―Dame toda la pasta que tengas ahí. ¡Y rapidito!

Vuelve a repetir una chica ataviada con un antifaz de plumas rojas, que le queda claramente pequeño, con piercings en el labio superior y ceja, un gran moño negro con mechas de colores, mallas fucsias con estampado de leopardo, numerosas alhajas en dedos, muñecas, orejas y cuello. Ella es Pili.

Pili es una chica de barrio y familia obrera. Humilde hasta la médula. Pero un día decidió vivir deprisa y dejar de oír los consejos de su madre sobre lo bien que le vendría hacer aquel ciclo de peluquería y estética en su instituto. Se fue de casa, a vivir aventuras por las fiestas de la ciudad con las amigas. Pronto la echaron del trabajo de reponedora de supermercado. Después consiguió otro en una gasolinera pero también la echaron por ir fumada. El dinero también se acabó, y la mejor manera que encontró para sobrevivir fue robar en establecimientos de 24 horas.

―¡Qué me des el puñetero dinero, hostia! –Pili continúa apuntando, con impaciencia, a Fátima con su pistola.

Sin inmutarse, la taciturna cajera responde:

―Te lo doy si después me pegas un tiro.

La cara de Pili es un poema. No se espera esa respuesta y reacciona con agresividad:

―¡Pero qué me estás contando!

―Que quiero que me mates. Quiero morirme ―insiste Fátima pronunciando con lentitud y claridad cada palabra.

―A ver hermana, esto no funciona así ―la atracadora intenta explicar la situación con paciencia a la atracada―.Yo te apunto con la pipa y te digo que me des el dinero. Tú te acojonas y me sueltas la pasta. Entonces yo cojo y me voy cagando leches. ¿Entiendes?

Pero Fátima no está dispuesta a ceder. Respira hondo, se inclina sobre la caja para acercarse un poco a Pili, la mira fijamente y subiendo levemente el tono de voz vuelve a repetir:

―Y lo que yo te digo es que te doy el dinero y luego tú me pegas un tiro porque mi vida es una mierda y quiero morirme. ¿Entiendes?

―A ver, a ver… ―Pili baja la pistola haciendo un gesto tranquilizador con las manos―. Vamos a pensar un momento, vamos a charlar tranquilamente, ¿vale? Yo soy Pili ―se presenta quitándose el antifaz― y mírame. Voy por ahí atracando cutres tiendas de 24 horas. Mi vida sí que es una mierda. ¡Tú por lo menos tienes un trabajo, tía!

―Un trabajo de mierda…

Fátima baja la mirada, una mirada llorosa que deja correr una lágrima por su mejilla. Quiere explotar, soltar toda la frustración que lleva dentro en un grito atronador. Pero no puede. Pili se da cuenta de que algo le pasa a la cajera. Entonces se apiada de ella, guarda la pistola en sus pantalones y la invita a salir a la calle a charlar.

Sentadas en el bordillo de la acera, justo frente a la puerta del Arrow Market Express, ambas se cuentan mutuamente sus penas.

La cajera relata el día que dejó su casa, lejos de aquella ciudad, huyendo de una sociedad que la condenaba a vivir encerrada. Se marchó sola, sin más equipaje que su ilusión y con sus sueños como única moneda. Quería ser artista, quería pintar; demostrar que tenía talento. Empezó a dibujar en la calle, esperando su oportunidad. Buscó todas las maneras de llegar a exponer en galerías, para que se fijaran en ella. Pero esa oportunidad nunca llegó. Estuvo cuatro meses mendigando, fue entonces cuando aparecieron las primeras ideas suicidas. Hasta que gracias a una ONG consiguió su actual trabajo. Aun así se sentía una fracasada.

―¡Eres pintora! ―exclama Pili con los ojos abiertos por la sorpresa―. ¡Eso es flipante, tía! ¿Puedes enseñarme algo de lo que has hecho?

Fátima asiente, aún con el nudo en la garganta después de repasar toda su historia. Saca su viejo móvil del bolsillo, de segunda mano, y le muestra fotos de algunos de sus cuadros a Pili. Pinturas llenas de color, con paisajes, flores, viejos castillos y naturaleza viva. Cuadros llenos de fantasía y magia.

―Tengo un colega que pinta grafitis y busca a gente como tú ―señala Pili poniéndole la mano a Fátima en el hombro―. Le voy a hablar de ti.

―¿En serio? ¡Gracias, Pili! ―la emoción dibuja por primera vez una sonrisa en la cara de Fátima. Entonces, responde el gesto de Pili con un breve abrazo y le pregunta por su historia.

―Yo… soy una bala perdida…

Cabizbaja y con voz leve Pili va contándole a Fátima como dejó su casa después de las cientos de discusiones con sus padres. La convivencia se hizo tan insoportable que abandonó su barrio y su gente. Su vida era la noche. De juerga en juerga. Durmiendo de día y bailando al anochecer. Empezó a encadenar trabajos de mala muerte, de los cuales la despedían por su actitud. Coqueteó con las drogas y tocó fondo. Cuando quiso levantar el vuelo el único sustento que encontró fue el robo.

―Yo también he cometido errores, un montón… Y también creo que nunca he tenido a nadie que me ayude a enmendarlos. Nunca nadie me ha escuchado y me ha ayudado.

―Es injusto… ―musita triste Fátima.

―Si la vida fuera justa los pobres seríamos felices.

Pili se derrumba. En silencio llora, con la cabeza entre las rodillas. Hipando de cuando en cuando. Mientras Fátima acaricia con suavidad su espalda.

―Es posible que yo pueda conseguirte algo aquí ―comenta Fátima. El llanto de Pili se calma un poco pero sigue sin alzar la cara para mirarla―. Si dices que fuiste reponedora seguro que te cogen. El sueldo no da para mucho, pero podrás ir levantando cabeza.

Al oír estas palabras, Pili deja de llorar en seco. Entonces, aun con lágrimas miró fijamente a Fátima con el rostro lleno de alegría e ilusión.

―¿Lo dices en serio? ―pregunta incrédula.

―Pues claro que sí.

Se sonrieron. Se sonrieron como lo hacen dos niñas pequeñas confesándose como las mejores amigas del mundo. Después se abrazan, agarrándose y abrazándose como si se conocieran de toda la vida. La emoción las embarga durante unos instantes.

―A partir de ahora nos ayudaremos mutuamente ―el rictus y la actitud de Fátima han cambiado por completo. Agarra la mano de Pili, quien le devuelve el gesto―. Estaremos juntas en las duras y en las maduras. Nos apoyaremos. ¿Prometido?

―Prometido, hermana.

Un comentario

  1. ¡Lo mas maravilloso y humano, que he leído en mucho tiempo! Brillante entrada, Psique W.! Dos almas presas de las circunstancias de la vida y en la mas absoluta obscuridad, en donde sus desgracias se complementan para resurgir con una nueva oportunidad de vida…mas que posible en una sociedad que te maltrata tanto. Un cálido saludo.

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