Yo no soy de tomar licor,
mas me embriago de memorias irreversibles,
inmortales a sí mismas.
Un cigarro se estremece entre mi cuello,
esfumándose entre mis uñas negras,
y casi agotadas por el furor de sus estímulos.
Yo no opto por peinar mis risos,
ellos mismos se atan y son libres,
fuertes y esperando ser masajeados,
por la huella de mis dedos.
Mi cara,
visitada por la alcoba del viento,
por el aire fresco que se topaba en mi espejo,
dibujándome en las sombras.
Entre mis senos,
un ritual de magistrales enzimas,
para el cubrimiento de mi alma.
Y en mi espíritu,
un baúl cargado de mágicos momentos,
llenos de la fruta no prohibida por mí.
En mi boca,
en mis manos,
en mis dedos,
mi cabeza,
mi apariencia,
mi pecho,
mi mente.



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