Cuentos/Relatos Rodrigo Ampuero Oróz (Perú)

Cerdos

Cerdos, todos son unos cerdos, asquerosos y repugnantes. Entes lujuriosos que caminan y se empujan por estrechos pasillos mientras desvisten con la mente y manosean con la mirada. Sus billeteras arden por el deseo de un cuerpo perfecto. Van por ahí, totalmente ardidos, buscando a la muchacha con el rostro más dulce y la carne más fresca. Sin duda ni remordimiento, se abalanzan a cada puerta entreabierta donde se filtre esa tenue luz roja que indique disponibilidad.

Al otro lado de esas puertas, donde ya no llega la inocencia, se encuentran ellas. Tan impuras. Tan frías. Tan anónimas. Se venden exponiendo el cuerpo, seduciendo a los incautos y atrapando a cada par de ojos pervertidos con el simple encanto de la piel. A veces sonríen, a veces mastican un chicle y a veces calan un cigarrillo. Intentan provocar apelando al instinto más primitivo de los cerdos que las observan.

Ellos, embelesados, van cayendo uno por uno. Se dejan dominar por cualquier pretexto. Son de metal y su imán es la figura, la belleza, el aroma. Gustosos y depravados, aceptan la invitación en la manera más infame posible. Mientras más rica, mejor.

No lo verás. No lo escucharás. No sabrás lo que ocurre ahí aunque lo sepas a la perfección. El trato se cierra y se ejecuta al instante. Los cerdos gozan, se divierten, calman sus ganas carnales y desfogan sus roñosas fantasías en las pobres muchachas mientras que ellas… bueno, a los cerdos no les interesan, al fin y al cabo solo son putas. Su respetable oficio consiste en eso: un penoso acuerdo de mutua complicidad y ninguna cláusula de privacidad.

Cuando termina el juego, es momento de irse. Los cerdos salen satisfechos y complacidos, sintiéndose ganadores, alardeando su inmunda autoestima frente a sus igualmente inmundos colegas. Sonríen con hipocresía, jactándose de una proeza irreal, siempre con la frente en alto y mugre en la consciencia.

Ahora toca descansar el miembro porque una sola vez no basta. Piden una cerveza y se sientan a esperar el cambio de turno. Ya saben de memoria quien remplaza a quien y quien será su siguiente puerta. Obviamente, estarán encantados de volverlas a ver.

Pero ellas, no.

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