Cuentos/Relatos Isa Serrato (México)

Los amantes olvidados por Dios

Esta memoria comienza como principian y concluyen todos los reencuentros de los amantes olvidados por Dios: con un taxi.

Se siente en las rodillas que flaquean, en las ansias que transpiran las palmas de estas manos impacientes, en la ilusión que encapota mi cordura y en cada canción de radio que acompaña este traslado de doce minutos que se inventan eternos. Por fin te vuelvo a ver y no sabes cómo me abarrota el alma, cómo se hincha a latidos este corazón que hoy vuelve a ser tuyo. Los meses de ausencia no han sosegado la tormenta que despiertas en mis ojos. No sabes cuántas veces he muerto en este segundo que anhelo así de tanto tu boca y que de cualquier modo precede a la muerte segura en tus besos.

Sabes y sé que no puedo esperar más. Ya no es la cama infinita de tu cuarto en Québec, este colchón mide apenas un cuarto de lo que alguna vez midió nuestro amor y de cualquier modo tus manos hacen trepidar hasta el último pliegue que grita mi piel. No tengo mucho, pero lo poco que ofrenda mi cuerpo siempre es tuyo si quieres. Te lo dije ya alguna vez: no importa qué pidas, mientras lo pidas con las manos. Es tuyo si lo reclamas a caricias.

La misma mesa de ese café esquinado, que compartí con otros tantos amores, nunca fue tan memorable hasta que fuiste tú quién llenó esa silla. La tarde jamás se maquilló de arreboles hasta que tú deambulaste por las melancólicas calles de esta triste ciudad. Esta jaula de veintitantos años ya no es tan insufrible si voy colgada de tu brazo. Las odiseas en el autobús de siempre de pronto no son lo suficientemente largas. Qué ganas de morir con tu mejilla somnolienta en mi pecho. Te prometo por ese Dios desaforado, que podría perderme en tu cabello hasta que se me desbaraten los dedos. Cuatro días no son suficientes para lo que tiene ganas de perdurar. No tienes que decir la verdad, ya sé que es por ella que viniste a verme en secreto y mira que no podría importarme menos: estás aquí, estoy contigo y por fin estamos juntos de nuevo.

Hoy me doy cuenta que no es la nieve que nos cubrió los hombros y llenó de recuerdos, que no es el viento encantado que sopla el río San Lorenzo, que no fue el andador repleto de templetes y ganas de volver a vernos. Eres tú y es eso que pasa cuando estamos juntos y no puedes negar.

¿Cómo pudo Dios olvidarse de nosotros?

Me toca despedirte, como alguna vez me despediste en ese aeropuerto al que mañana regresarás y que nos separará de nuevo por 4,877 km. Que regreses entonces, a contemplar el invierno desde esa ventana, esa maldita ventana.

Antes de abordar el autobús, esta vez sin mí, y antes de que yo regrese al mismo taxi que me trajo una vez más a ti, me dices lo único que nos queda, ya que no nos queda nada más:

«Nos vemos allá».

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