Me preguntabas que qué quería cenar
y no entendías
que lo que yo tenía era hambre de ti,
de devorar tus miedos,
tus entrañas
y esos labios cosidos a medida de mi piel.
Mi alegría se medía según mi columna vertebral era como una escalera
y, cada hueso,
como un peldaño que subías beso a beso.
Pierdo el equilibrio yo si apartas tus dientes de mi vientre
y aterrizas, gitano,
en otras carnes a las que disparar.



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