Cuento Laura Baralt (República Dominicana)

El guardador de secretos

El baño de niñas del tercer piso me parecía un lugar aterrador. Las paredes tienen la mitad pintada de color gris y la otra mitad cubierta de baldosas de un color que pareciera solo existir en los sueños de algún pintor desolado. Pareciera que en algún momento fueron rosa o crema, pero la poca luz que se cuela dentro no deja diferenciar esos detalles.

Y no, la bombilla nunca ha funcionado desde que tengo memoria. No vale que lo pidamos incisivamente cada año y que nuestros padres protesten. Supongo que es una de las formas en que el colegio ahorra recursos quién sabe para qué. Yo, particularmente evitaba ir muy seguido, porque sentía que mi aura podía quedar contaminada con lo que sea que se escondía ahí dentro.

Más de una vez había sentido que me observaban y, aparentemente, no era la única. Ana me confesó que también sintió algo hoy al entrar, así que caminó por cada cubículo con la cabeza hacia abajo para notar los pies de quien sea que se estuviera escondiendo, pero no encontró a nadie. Cuando estaba frente al lavabo, un extraño miedo le pinchó el corazón y la obligaba a contener la respiración.

Salió asustada y me contó lo sucedido. Pensamos que podía ser nuestra imaginación alimentada por los especiales de terror que nos gustaba ver juntas los fines de semana, hasta que, casualmente, escuchamos un rumor lo bastante convincente como para despertar las dudas: si tocabas tres veces la puerta del último baño podrías ver al guardador de secretos. Podías preguntarle lo que quisieras, pero debías guardar un secreto a cambio.

La curiosidad no resistió la presión y decidimos quedarnos después de clases para investigar, con la excusa de que haríamos un trabajo grupal en la biblioteca. Mi madre se opuso al principio porque para ella no hay mejor biblioteca que la Internet, pero digamos que suelo salirme con la mía, sobre todo si papá está de mi lado.

Pasados unos veinte minutos de que sonara el timbre de salida, el colegio quedó desierto. Profesores y alumnos iban camino a sus casas tranquilamente, mientras nosotras nos escondíamos de la maestra González, que se quedaba hasta quién sabe qué hora vigilando que el recinto quedara vacío, y ¡ay de aquel al que atrapaba! Su nombre quedaba escrito para siempre en el grueso libro de faltas y debías hacer cada día alguna tarea pesada hasta que a ella le pareciera suficiente. Su taconeo se escuchaba a lo lejos, como un susurro inquieto ante tanto silencio.

Ana y yo nos dirigimos al baño para no perder más tiempo. Caminamos todo el pasillo de la mano, lentamente, como si cada paso nos costara, conteniendo de a ratos la respiración. Llegamos al último cubículo y nos detuvimos frente a él. Ambas teníamos la misma expresión en la cara: grave, nerviosa y cargada de un miedo sofocante que no comprendíamos.

Yo alargué la mano hacia la puerta, Ana me contuvo. Una lágrima se le escapaba hacia la mejilla y sus dientes le apretaban los labios sin compasión hasta hacerlos sangrar. Yo no me atrevía a hablar, pero retiré su mano de la mía y me dispuse a tocar tres veces.

Una voz de mujer salió del interior y nos invitaba a abrir la puerta. Ana era un mar de lágrimas y yo un manojo de nervios, pero ya estábamos allí frente a lo desconocido, a merced de lo inevitable y con el sol descendiendo en el horizonte.

Empujé la puerta lentamente, que hizo un poco de ruido al abrirse. Unas manos perfectamente arregladas la detuvieron, evitando que se abriera completamente, y preguntó qué queríamos. Nuestras piernas temblorosas apenas podían tenerse en pie y las palabras en nuestra garganta habían muerto aun antes de salir.

Escuchamos nuevamente la pregunta, pero esta vez de forma un poco más agresiva. Sin poder contenernos, nos abrazamos, nos desplomamos en el suelo y empezamos a chillar…

La puerta se abrió de golpe y salió a nuestro encuentro una chica de pelo negro y ojos cafés, mucho más grande que nosotras, usando la falda de cuadros, camisa blanca y chaqueta verde oscura del uniforme. Tapó nuestras bocas, visiblemente enojada y preguntó qué hacíamos ahí. Ana le contó todo de un tirón como si intentara librarse de un peso muy grande y la chica se echó a reír histéricamente.

Sucede que el rumor fue creado con una doble función: espantar a las curiosas y atraer a aquellos que quisieran comprar sustancias recreativas asegurándoles que su secreto estaría a salvo siempre y cuando no revelaran la identidad de la que les facilitara la mercancía.

Ana y yo nos quedamos congeladas en el suelo. Nos sentíamos estúpidas, pero a la vez no nos atrevíamos a darle crédito a todo lo que había pasado. La chica nos miró divertida y nos advirtió no decir una palabra, después de todo ella podía contarle a todo el colegio que dos chicas gritaban como bebés por una historia de terror inventada.

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