Alex Pallares Sierra (Colombia) Cuento

Te puedo hacer la misma promesa

Una vez cuando tenía tu edad quise subirme a lo alto de un árbol. Mi papá se acercó a mí al verme y me gritó:

– No te subas porque puedes caerte.

Él no dijo que me iba a caer o que no confiaba en mi fuerza para trepar aquel árbol. Lo que dijo fue que “podría” caerme. Un poco animado por la idea de experimentar lo que sería ver el mundo desde la altura de un adulto, vi las ramas como una escalera para cumplir mi deseo y me decidí a llevarle la contraria a mi padre diciéndole:

– No me caeré.

Estaba seguro de mis fuerzas. Estaba totalmente convencido que nada malo pasaría. Desde niño nunca pensé en que algo malo iba a pasar, ¿por qué? Algo adverso no pasa si hablas de manera positiva, ¿no crees? Quería que me diera su permiso y le sonreí, corrí al tronco con la intención de subir hasta la cima. Él me gritó.

– Ven acá. 

Para entonces me sentí frustrado, no era una frustración real, tenía las ganas y las energías de trepar, quería saber de qué era capaz, pero él no me dejaría. 

Se acercó a mí, se arrodilló y me dijo: 

– No quiero que te subas, porque si lo haces y te caes, te pego. 

No dijo, si te subes, te pego. Dijo, si te subes y “te caes, te pego.” Todo lo que debía hacer era asegurarme de no caerme.

Al día siguiente cuando él no estaba subí al árbol. Las ramas eran resbaladizas, tupidas y llenas de hojas. Al principio fue difícil, pero logré subir una rama. La brisa movía las ramas y mi corazón se aceleraba. Era como ser el péndulo de un reloj. Ese día no llegué a la cima, pero estaba decidido a lograrlo.

Con el tiempo me volví un poco mejor. Sabía qué partes eran más difíciles y qué otras eran más fáciles, cuales ramas eran más fuertes y cuales otras daban más miedo. Debe ser que por mi edad no tenía en cuenta que había ciertos días que las brisas eran más fuertes. Tampoco tenía en cuenta que cuanto más alto escalaba, más delgadas y débiles eran las ramas. 

Ese día dije que lo lograría. Me propuse subir hasta la cima. Pero no conté con que mi papá regresaría temprano. No había alcanzado a escalar dos metros cuando me gritó. Su voz llena de ira se metió en mis huesos junto con un frío que recorrió mi pecho que tronaba como un tambor. El recuerdo de su imagen caminando en silencio hacia aquel árbol haría temblar a un león. Salté para bajar del árbol lo más rápido posible, siempre cabía la posibilidad de que no se hubiera dado cuenta que estaba trepando, pero antes de que pudiera reaccionar estaba de cara al suelo. El dolor, la vergüenza y la rabia se mezclaron con mis alaridos y mis lágrimas. Aún en el piso mi papá me regañaba: 

– ¡Viste! – Me decía. – ¡Viste! ¿Qué te dije?

Mi padre siempre fue un hombre de palabra. Estando en el piso y con la nariz sangrando me pegó. A cada golpe seguía un alarido un poco más fuerte. 

– No me pegues, papi. No me pegues. – Le decía. 

Mis ojos se habían hinchado y sólo podía respirar por la boca. Sentía que me quedaba sin aire. Traté de levantarme para huir de él, pero caí como un bebé aprendiendo a caminar. Era el colmo, tan solo el día anterior había subido un árbol enorme casi hasta la cima y en ese momento no era capaz de dar dos pasos sin tropezarme. 

Los golpes, los alaridos, los gritos y los reclamos cesaron un momento. 

– ¿Estás bien? – Preguntó mi padre al verme caer por segunda vez.

Acto seguido rompí en llanto.

Mi papá me llevó a la cocina en sus brazos sin decir una palabra. Me sentó en una silla alta y de madera, de forma que no podía bajarme sin tener cuidado y con mi reciente imposibilidad de caminar no me atreví siquiera a intentarlo. Yo seguía temiendo lo que iba a pasar a continuación. Él me tomó del mentón. 

– ¿Te rompiste la nariz? – Me preguntó. 

Respondí tratando de respirar por ella, pero el sabor a sangre me llegó. Sentía las fosas nasales pegadas. Esa sensación horrible me hizo toser. Mi garganta tenía espinas. 

– Ten. Toma agua.– Dijo mi papá dándome un vaso. 

Su mirada había cambiado. Traté de tomar el vaso con una mano, pero mis fuerzas me traicionaron una vez más. Él logró sujetarlo antes de que el vaso cayera, pero alcanzó a mojarme el hombro y parte de las piernas. Su mirada debió clavarse en mí, en cambio, yo estaba concentrado en beber algo de lo que quedaba de aquel vaso. Al beber me sentí revitalizado con ánimos de subir hasta la cima del árbol. Pero sentía las cadenas de su mirada atando mi alma a aquella silla. Mi papá había ido por un trapero para secar el desastre en la cocina. Luego fue a su cuarto y sacó el botiquín. Puso un par de algodones en mis narices y dijo con voz ronca: 

– No quiero que te vuelvas a subir a ese árbol. ¿Oíste?

Al día siguiente llegué a la cima. 

– Papi… – Le pregunté en la tarde después de que llegara del trabajo – ¿De niño subías a los árboles? 

– Sí. – Me respondió. 

– Entonces, ¿por qué no quieres que yo suba? 

– Porque te puedes caer. Te puedes hacer un daño y algo malo puede pasarte. No quiero que nada malo te pase. 

Pensé en contarle mi logro, después de todo su advertencia y castigo había sido no porque me había subido al árbol, sino porque había caído. 

– Cuando me caí… – Dijo mi padre – …Tu abuelo me regañó fuertemente y me pegó. No como yo lo hice contigo, me dejó todos los brazos marcados. Eran unos tiempos diferentes, claro, pero me dolió mucho más que caerme del árbol. 

– ¿También te caíste? 

– Sí. Muchas veces. – Respondió. 

– ¿Muchas veces? – Me intrigué. 

– Sí, pero después de que me pegara de esa forma más nunca volví a subirme a un árbol. 

Nunca volví a subir otra vez. 

Bueno, pues ese es el mismo árbol de la historia. Sólo que se ha hecho más alto. Mucho más alto. Ahora entiendo a la perfección lo que mi padre quería decir y al igual que él te puedo hacer la misma promesa que el mío me hizo. Pero preferiría por mucho que nunca te montaras. 

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