Cuento Diana García (México)

Hombres de maíz

El primero en desaparecer fue Román. Nadie en el pueblo supo decir cuándo fue la última vez que lo vieron, unos decían que había sido la noche del viernes 13, como si de mala suerte se tratara. Otros decían que en el monte, como si la tierra se lo hubiera tragado reclamando algo que le pertenecía de años, acechándolo en silencio. Pero la verdad era que nadie sabía nada, eran habladurías diurnas que resonaban en las banquetas de las calles del pueblo, intentando dar una explicación a lo que les asustaba.

San Jerónimo Acallado era, como su nombre lo dice, un lugar tranquilo, callado, conocido por ser pueblo de campesinos, labradores de maíz. Tierra fértil para sembrar el manjar de los Dioses, el alimento más deseado y consumido; toda la historia de San Jerónimo consistía en la siembra de este, pero a pesar de eso nadie nunca llegaba, nadie nunca se iba. Todos se conocían y nunca había sucedido algo como la desaparición de un niño de 13 años.

Lo buscamos por todas partes, por cada rincón de la plazuela, en los túneles de la iglesia, en las carreteras que llevaban al pueblo e incluso marcamos cada árbol en el cerro con la esperanza que entendiera que las marcas eran el camino que lo llevaría a su hogar. Pero no llegó. Al cabo de unos meses, su familia tomó por sentado que Román simplemente había huido de su padre y su destino de jornalero. Y lo aceptaron.  Supongo que era preferible creer que su hijo no quería verles más pero estaba vivo a aceptar que los amaba pero no lo encontrarían jamás.  

Ramiro iba caminando a la telesecundaria cuando pasé a su lado en mi bicicleta, le ofrecí llevarlo en los diablos pero me dijo que no confiaba en mis habilidades de ciclista y no quería raspar sus zapatos. Cuando la maestra pasó lista y dijo su nombre no hubo nadie que gritara el presente, pero a nadie le preocupó hasta la mañana siguiente cuando su familia notificó en la alcaldía que Ramiro de la Cruz González de 13 años de edad, estatura de 1.50m, había desaparecido y la última vez que la madre lo vio fue el jueves por la mañana cuando salió rumbo a la telesecundaria.

Esa noche no pude dormir pensando en las posibilidades existentes que pudieran explicar su desaparición en los 900 metros que separaban la escuela de la huerta de los Ávila.

Cuando Martín y Andrés no llegaron a sus casas después de la tarde del sábado jugando fútbol, Don Matías, el más viejo y el más sabio, comenzó a sugerir que esto era cosa del pueblo, pero no entendíamos a qué se refería. Sus comentarios sin sentido alarmaron al padre del pueblo, que realizó un toque de queda y ningún niño de 13 años podía salir si no iba acompañado de un adulto. Los adultos comenzaron a trabajar el doble puesto que ningún niño podía salir y por lo tanto no podían ayudar a sembrar. Con menos manos que ayudar y con el mismo trabajo de siempre, se pronosticaba que San Jerónimo tendría una crisis de siembra de maíz, la primera que se conociera.

En esos meses, ningún niño se perdió pero los sembradíos no daban como esperaban y con la fiesta del pueblo encima para celebrar a San Jerónimo se necesitaban más manos, por lo que el toque de queda se estableció como pausado hasta que la fiesta terminara. Fue ahí cuando sucedió, mientras el pueblo y el padre se organizaban para iniciar la festividad, Roberto, Mario, Miguel, Alberto, Luis, Ricardo, Jacinto, Juan y Victor tenían como labor ir por la imagen del santo que se encontraba en casa del Dr. Montero, el mayordomo anterior. La casa de los Montero, se encontraba a unas cuantas cuadras de la iglesia, cruzando el sembradío de Don Ignacio Quintana, uno de los más grandes de San Jerónimo, pero cuando los niños salieron, ya no regresaron.

La fiesta ese año no se celebró, incluso en el pueblo fue como si no hubiera nunca existido. Todas las familias tenían miedo que su hijo de 13 años desapareciera y no volvieran a encontrarlo más. Éramos 35 al inicio del año, ahora solo quedábamos 22 en el salón de clases. El toque de queda siguió pero las desapariciones cesaron, las lluvias comenzaron y los cultivos de maíz dieron más que cualquier otro año. A pesar de las búsquedas, nunca encontraron ni un rastro, ni un cabello, ni un cuerpo de los 13 niños que dejaron de estar. Y con el tiempo quedaron en el olvido. La vida siguió y nadie los esperó.

Desde ese día hasta su muerte, Don Matías siempre culpó al pueblo; es la “tierra de este lugar” , decía, pero nadie comprendió que la fertilidad de la tierra de San Jerónimo provenía de los mismos hombres que la trabajaban.  

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