Alex Pallares Sierra (Colombia) Cuento

Eduardo

Las dos amigas se sentaron una frente a la otra. Ariana se arregló su cabello corto antes de sentarse, pero su inoportuno mechón volvía a colocarse frente a su cara. Lila no se había tomado el trabajo de maquillarse y sus profundas ojeras se hicieron más grandes cuando el mesero les trajo el menú. Ariana vio el nombre y de inmediato una amplia sonrisa y extraña alegría invadieron su cara. Debía ser una señal de la divina providencia que aquel restaurante tuviera tal menú.

– Quisiera probar este platillo. Pancit. – Susurró Ariana.

Al oírla, Lila abrió sus verdes ojos y contuvo su respiración.

– Eso pasó hace años. No te traerá buenos recuerdos. – Señaló Lila, mientras forzaba una sonrisa.

Ariana, que llevaba un bastón desde aquel día, sintió cómo las palabras de su amiga temblaban.

– Trece de enero. Lo recuerdo en el alma, Lila.

Su amiga pareció petrificarse.

– No recuerdo… ¿Qué pasó ese día?

– Ese fue el día que nos rescataron de la isla. La próxima semana serán ocho años. Mesero, por favor. Traiga dos.

Lila trataba de evitarla.

– No entiendo por qué insistes en recordar eso… – Agregó Lila, tratando de levantarse de la silla.

La chica del bastón la sujetó del brazo.

– Porque salvaste mi vida. No entiendo qué hice de malo. ¿Por qué estás molesta? ¿Por recordarte que hace ocho años salvaste mi vida?

– No… Solo es que…

– ¿Es por Eduardo?

Lila cayó en su asiento sin fuerzas.

– Sé que hubieras querido salvarnos a ambos. Tú misma lo dijiste. Estaba muy mal herido. No es tu culpa lo que pasó. Fue el agua. Se lo llevó. Por siempre te voy a estar agradecida que hayas cuidado de mí. Quiero que me mires a los ojos ahora. Por favor. Gracias. Gracias por cuidar de mí mientras estaba herida, si no me hubieras alimentado no hubiera sobrevivido hasta que nos rescataron. Aún recuerdo lo sorprendida que estaba cuando tú, en medio de esa isla, preparaste el “Pancit sin fideos”. Fue como maná caído del cielo. ¿Qué fue lo que pescaste?

– No lo recuerdo.

– Sabes que siempre me pareció curioso que lo llamaras de esa manera. No lo he vuelto a probar desde que salimos de la isla.

El mesero llegó con los platos.

– No es el olor que recuerdo. Vamos a probarlo.

Lila se encogió en su asiento mientras Ariana probaba su plato.

– ¡No se parece en nada a lo que me preparaste! ¡Oh! ¡Disculpa! No tienes que ponerte así, fue lo mejor que comimos después de tantos días sin nada.

Lila recordó sus manos enrojecidas antes de darle a Ariana de comer, ocho años atrás. Antes de poder decir nada sus ojos estallaron de tristeza. Su amiga se levantó del asiento y la abrazó. Juntas en medio de aquel restaurante compartieron sus lágrimas.

– Entiendo por qué estás mal… Piensas que, si hubieras podido hacer el Pancit un día antes, Eduardo estuviera aquí…

– ¡Ay tontita! – Soltó Lila entre llantos. – ¿Aún no lo entiendes? ¡No hubiera podido prepararlo!

Ariana se alejó de su amiga negando con la cabeza. Luego miró el plato y vomitó.

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