Invertí en un estudio experimental
con objeto tu cuerpo
y con hipótesis a penas definidas;
simplemente, buscaba comprobar.
Buscaba, más bien,
hallar paz en el punto medio entre ciencia y corazón;
¡si a mí me encanta tu mente!
pero más me gusta cuando vos pones en praxis el Amor.
Si me preguntas por las variables,
estas son solo dos:
el tiempo que se me permite tenerte dentro –y el que de verdad empleamos-
y la bombilla verde o roja que depende de, la coraza, su botón.
Muchas investigaciones tratan la piel
pero pocas la de los labios
y, para mí, ahí está el más dulce de los contactos;
de hecho, según el nivel de azúcar, serotonina y bilirrubina,
estos crecen, o se contraen
o simplemente acarician
o enloquecen y deciden morder: tu cuello lo sabe bien.
Difícilmente, esto esté libre de sesgos
pues el principal conflicto de interés soy yo;
oigo campanas, no sé dónde;
quizá, se trate de tu voz.
Comprobé la dermis rosada,
las palabras de amor circulando por tu boca
y saltando y jugando sin tu permiso,
a su libre albedrío,
mojándose con los charcos, con nosotros;
hallé, también, unos ojos cerrados que significaban “adelante, cómeme”,
un aroma que trataba de perturbarme y que lo conseguía;
un rostro que en ocasiones se bloqueaba ante tanto clamor de mi belleza,
una excusa para programar otra ocasión en que volver a clamar;
unas manos entrelazadas como dos hermanas reencontradas
pero, sobre todo,
mi amor,
nuestro abrazo eterno,
tan sempiterno y hondo,
que es el que hace que obtenga la conclusión de esta investigación:
te quiero.



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