Cuento Laura Baralt (República Dominicana)

Todo inicia con una chispa

Era una noche fresca, yo estaba sentada en uno de los bancos del parque Colón, en un intento de despejar mi trastornada mente llena de pendientes de trabajo, que no podía resolver sino hasta el día siguiente. Miraba el móvil cada dos minutos, nerviosa por encontrar una notificación de mi jefa con sus urgencias fuera de horario.

El ambiente del parque era el mismo de siempre: los faroles encendidos, la iglesia cerrada, las voces que vienen y van, la música de un par de guitarras que hacían serenata a los turistas, junto a la de los locales cercanos que, por extraño que parezca, encajaban perfectamente.

Yo esperaba que llegara la vendedora de té de jengibre y chocolate caliente, con su carrito ambulante, rodeada por su comparsa de perros viralatas*, primero porque el té iba a sentarme bien y segundo, porque la voz cantarina de esa mujer esconde algo que me calma.

La vi llegar por la esquina de la Calle Meriño, con su vocecita dulce, pero con volumen suficiente como para no pasar desapercibida. Le compré un vaso de té y un cigarrillo, luego la vi alejarse con su escuadrón cuadrúpedo tras ella, todos meneaban la cola como si se despidieran. Me quedé absorta por un momento hasta que la voz de otro ser humano me interrumpió.

Un joven de tez clara, ojos negros y pelo marrón me preguntó si podía prestarle fuego. Reaccioné en automático y le tendí el encendedor, rosa con una silueta de calavera. Lo sostuvo unos instantes antes de elogiarlo y encender su cigarro con una pequeña chispa.

Empezamos a charlar y, sin darme cuenta, lo tenía sentado a mi lado, sacándome sonrisas con historias tipo “le pasó al amigo de un amigo”. Me convenció para ir por un trago, a uno de los mil bares de la Zona Colonial, que se convirtió en muchos más hasta que acabó la tertulia, a eso de la dos de la mañana.

Regresé a mi casa exhausta, con un mensaje en mi teléfono que prometía volver a verme pronto, una sensación de sosiego en el corazón y muy poca preocupación por las consecuencias que traería este desvelo con mis actividades diarias en la oficina.

Conseguí despertarme a tiempo y esconder mis ojeras bajo dos libras de maquillaje antes de salir. Mi día transcurrió con normalidad, con las quejas y sarcasmos de siempre.

Faltaban diez minutos para la hora de salida, cuando mi jefa me avisó de una reunión repentina con un nuevo cliente. Yo, enojada por la hora, entré al salón sin tocar. No imaginan mi sorpresa al verlo allí con saco y corbata, junto a dos señores más, representando a la nueva firma de abogados que buscaba nuestra asesoría en relaciones públicas.

Estaba tan nerviosa que tiré café caliente en mi vestido. Corrí al dispensario avergonzada, con la esperanza de quedarme allí hasta que todo acabara, pero mi jefa envió a una de sus secuaces por mí, después de todo fue una quemadura leve que se resolvía con una de esas cremas mágicas. No pude volver a mirarlo a la cara, ni siquiera cuando nos despedimos.

Conduje hasta mi casa y pasé el resto de la tarde lejos del celular, sin valor para hablarle. En la noche recibí una llamada suya, que contesté de malas, pero que alivió el estrés que había creado mi cabeza traicionera. Después de todo, cualquiera hubiera gritado a todo pulmón ante una salpicada como aquella.

El contacto se hizo cada vez más frecuente, hasta que surgió ese apego que le llamamos querer y me infecté de su manera de ver la vida, enfocada en la tranquilidad y el disfrute más que en la perfección. Me volví dependiente de su sonrisa, sus besos y caricias más pronto de lo que hubiera pensado.

Hace ya un año de ese encuentro que pudo haber sido fugaz, del inicio de una historia que continúa, de las ganas de quedarme por siempre a su lado.

*Viralatas: Mestizos, animales que no son de raza pura.

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