Cuento Rodrigo Ampuero Oróz (Perú)

Mi funeral

Parado ahí, ante ese féretro desconocido, no pude evitar tener las reflexiones más crueles y crudas que no deberían ser normales a esta edad. Los asistentes que se acercaban para dar su último adiós no parecían mostrar el mínimo sentimiento de tristeza por quien yacía en el ataúd. Solo los más cercanos eran quienes derramaban las lágrimas más reales, los suspiros más dolorosos y los abrazos más sinceros a la par que se auto convencían de que el difunto por fin descansaba en paz. Mi hipocresía no alcanza para eso.

En tanto un niño se me acercó a ofrecerme una bebida caliente sobre una charola de plata, decidí que ese no iba a ser mi destino. Frente a la inevitabilidad del suceso, imaginé un desenlace diferente para mis días. Nada de extraños, nada de terceros, nada de inoportunos que aparezcan a fin de pillarse un vaso de ponche mientras visiten a un cadáver con el que nunca cruzaron temas de interés ni se invitaron un miserable cigarro en una madrugada llena de risas.

Me fui sin despedirme, con la epifanía aún fresca, directo a escribir la lista negra para mi velorio. Empecé con algunos nombres de la época escolar, entre profesores y ex compañeros, la mayoría sin apellidos. Luego, entré al terreno de los amores pasados o que no llegaron a ser. Exactamente ahí, detuve el lapicero para ahorrar tinta, cayendo en cuenta de que la susodicha ya ocupaba dos hojas y una cara. Parecía el registro de una boda.

Entonces pensé en simplificar. La condensación de filas me llevó a agruparlas por características comunes y diferentes etapas de mi vida. Presa de un arrebato peculiar, comencé a desconsiderar a mis mejores amigos con una increíble indiferencia. No me sentí a gusto dejando fuera a tanta gente, pero cualquier excusa era válida: su timbre de voz es irritante, alguna vez me hizo esperar, no congeniamos en el gusto musical, me aburre su presencia, etcétera. En cierto punto, con criterios ridículos y poco fiables, manejé mi tarea con el objetivo de que fuese un asunto exclusivamente familiar.

Finalmente, pude notar que había perdido el sentido de la lógica cuando ya estaba descartando a mi propia sangre. Parientes lejanos, tíos a los que no veía jamás, primos que confundía con sobrinos y viceversa. Aletargado, caí en un estado paranoico con la idea de que no merecía una despedida como tal. Quería algo más simple, sin invitados que no me recuerden y puros forasteros enterrándome porque simplemente es su trabajo. Ningún alma que me pueda juzgar.

El hecho de tener una ceremonia tan privada me fascinaba. Pero la pregunta obvia saltó un segundo antes que la emoción. ¿Cómo hacer para que nadie quiera asistir? Hasta ese momento, había tenido una existencia normal dentro de los parámetros exigidos por esta sociedad: un casi graduado sin antecedentes penales que se cortaba el cabello y que a veces vestía formal. No me tomó más de cinco minutos decidir que podía desechar esa rutina a la basura con tal de cumplir mi nuevo objetivo. Era tiempo de un cambio y ya lo tenía resuelto.

Durante las semanas siguientes me dediqué a un comportamiento repulsivo con la única finalidad de hacerme odiar. Me olvidé de los modales y de las cortesías vacías, adopté un vocabulario mucho más grosero y conduje mis deseos a la promiscuidad. Estas nuevas costumbres, auspiciadas por el exceso de alcohol y abuso de drogas, fueron empeorando hasta derivar en serios problemas con mi entorno, discusiones que terminaron en peleas y, al fin y al cabo, la tan ansiada soledad. Estaba listo.

Antes de recuperar algún ápice de aprecio y preocupación por parte de cualquiera, me las arreglé para conseguir una pistola y cometer mi delito. Como otrora fue mi hábito de no fumar, la locura de ser fiel a mis principios me llevó a reconsiderar mi decisión. No la de mi muerte, esa ya estaba pactada conmigo mismo, sino la de una explicación, aunque esta sea banal. Así, sin dar muchas vuelta al asunto, escribí la nota de suicidio más ambigua de la historia:

“Te vi venir, cansado de ti y agobiado por lo que fue un asunto de suma importancia. Estabas demacrado, con un pesar muy denso y la pena más latente que se puede expresar, pero estabas. La sensación que te forzaba a continuar también te arrastraba, devorando tu inocencia y escupiéndotela en la cara. Lo noté en tu mirada fría reflejando el temor al silencio inerte que solo puede conseguirse en la tumba. No sé si fue tu hambre de respuestas inmediatas o tu exagerada manía de libertad, pero encaraste a la inmundicia del ser y perdiste. Si no sabes que hay después, ¿para qué dudar?

Allá tú. Al final, todo pasa exactamente como menos te lo esperas.”

Intenté releerla pero los demonios en mi cabeza me decían que ya era hora. Cargué el arma, puse el cañón en mi sien, cerré los ojos con fuerza y jalé del gatillo sin saber qué esperar.

Y sin embargo, ahí estaban. Docenas de personas en mi funeral.

6 comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: