Alex Pallares Sierra (Colombia) Cuento

Oculto en su piel (1/13)

1. Al amanecer del día cero, hacia la cabaña del lago

Una estrella fugaz caía en el cielo y todos la ignoraron. 

El motor del viejo Camaro 89 gritaba como un hombre cayendo por un acantilado a medida que Billy se rehusaba a dejar de pisar el acelerador. 

Tras ellos a lo lejos en el Ford Fiesta estaba Raquel con su novio. 

“¡Están locos!” – Exclamó Harry golpeando el timón. 

“Tu estás más loco si crees que lo vas a alcanzar en esta carcacha vieja.” – Se mofó su novia – ” Y no me cambies el tema.” – Le hizo saber Raquel cruzándose de brazos. 

Harry se rascó la mejilla justo donde tenía la cicatriz que le había dejado su padre. Llevaba una barba enredada y su largo cabello castaño parecía brillar con los últimos rayos del sol veraniego. Levantó las manos del volante por un segundo para volver a golpearlo con fuerza. 

“Te encantaría que vendiera este auto, ¿no es así?”

“Nada me haría más feliz.”

Raquel era algunos años menor que él, pero se veía mayor debido a su contextura. La muchacha de ojos negros había sido sin duda muy bella, pero sin cambiar sus hábitos alimenticios la talla creciente de sus pantalones le recordaba que pronto cumpliría treinta.

“Prometiste que ibas a cambiar.” – Continuó Raquel.

“No he dicho nada. Cállate antes de que me hagas enojar.”

“¿Ahora es mi culpa?”

“Sólo quiero ir al maldito lago contigo. Me pareció bien invitar a mi prima Ana, quien no sabía que estaba saliendo con Billy.”

La voz ronca de Harry se hacía más alta, lo que obligaba a Raquel a aparentar estar enojada. Su corazón se empezaba a acelerar, pero él ya había prometido que no lo volvería a hacer, así que siguió:

“Mejor detén el auto. Yo me bajo aquí. Ve con tu prima y su ‘novio’. Como si creyera que ese pelele, don nadie, está saliendo con ella.”

Harry se recostó en su asiento con el propósito de no decir nada durante el resto del trayecto. Era el momento para hacer silencio. No era el momento para sacar del pecho todo lo que a una chica le pasa por la mente. 

“¿Te acostaste con ella? ¿Eh? ¿Por qué no respondes? ¿Te tengo que recordar que es la cabaña de mi abuelo a la que vamos? En otras palabras me pertenece y cuando te digo que quiero que vayamos SOLOS a un lugar no te tienes que poner a invitar a tus amiguitas. Responde. ¿Te acostaste con tu ‘primita’?”

“Ya quisiera…”

“¿Qué se supone que significa eso?”

Harry lanzó una maldición. Raquel quería dejar de hablar, pero Harry no dejaría pasar la pregunta. Era muy tarde para ambos.

“Que si me hubiera acostado con ella no me molestaría decirtelo. Pero no me invento cosas en la cabeza.”

“Ahora me llamas loca.”

“No te he llamado loca.”

“Dijiste que me estoy inventando cosas en la cabeza. Eso es llamarme loca. Sé por qué lo dices, ella es linda y es más joven. En cambio, yo estoy gorda. Si tanto te gusta, ¿por qué no estás con ella?”

Harry frenó de repente. Se desabrochó el cinturón con calma, miró a una temblorosa Raquel que se encogía cada vez más en su lado del vehículo e impactó su palma contra la mejilla de su novia haciendo que volteara su cara hacia el otro lado. Después de la cachetada el silencio reinó. Una lágrima salió de Raquel. El dolor físico era superado por el hecho de recibir tal trato del hombre al que amaba. Le dolía más el acto de la cachetada que la cachetada en sí. Harry se abrochó el cinturón de nuevo y puso el auto en marcha. El Camaro se había perdido por completo. 

“Lo siento. ¿Por qué me haces hacer esto? ¿Por qué me obligas a ser el malo? Yo no quiero ser el malo. Tú me obligas.”

Salieron de la carretera por un camino destapado. Había un riachuelo que atravesaba la vía, la única ruta era pasar el desnivel. El agua llegaba a un cuarto de llanta. Al llegar a la cabaña del lago de su abuelo Raquel no pudo contener las lágrimas y colapsó. Harry la abrazó. 

“No lo volveré a hacer. Te lo prometo.” – Repitió su promesa, otra vez.

Se besaron, se secaron las lágrimas y siguieron en silencio. Nada ha pasado. Se repetía Raquel mientras sobaba su mejilla. Al bajarse, ella quedó en el auto. Harry no la miró al hablar.

“Si quieres…”

“Vamos a pasarla bien” – Le interrumpió Raquel.

Los chicos habían llegado antes. Ana y Billy habían bajado y estaban a orillas del lago. 

La risa incontrolable de Ana se escuchaba sobre los sonidos de la naturaleza. Su cabello dorado se agitaba con la fuerte brisa. Su cara en forma de corazón esbozaba una sonrisa de plenitud. 

Su novio no disimuló al verla, pues la joven belleza vestía como una perra en celo. Puede que apreciara sus piernas bronceadas, largas y delgadas como madera tallada. O su sonrisa perfecta. O más bien todos los hombres son así. Tuvo ganas de pegarle en las costillas, pero sabía que él le respondería y ella tendría que volver a discutir. Se sintió sin fuerzas y decidió quedarse así. En cambio, Billy, el chico que la llevaba del brazo, era bastante delgado, casi esquelético, parecía la sombra de un hombre. Ambos reían como un par de idiotas. En unos años estarían en su lugar, odiándose como pareja el uno al otro. Eso si lograban estar juntos lo suficiente. 

La cabaña era una pocilga vieja y descuidada que había heredado su abuelo. No había vuelto desde que había muerto. Antes de morir le contó cómo la había hecho con sus propias manos usando los árboles alrededor. 

Raquel se quedó en el auto mientras Harry sacaba las cosas. Unas velas, un cilindro de gas, la comida. Lo vio tropezar con uno de los tres peldaños que formaban la escalera de madera y la tabla se levantó. Harry buscó con la mirada a Raquel quien le dedicó una sonrisa. Harry dejó la tabla mal puesta debido a que llevaba las manos ocupadas. 

La joven pareja se acercó.

“Se ve vieja” – Aportó Ana.

Billy le dijo algo al oído y ella volteó a ver a Raquel, que seguía en el auto. Luego ella hizo como si fuera a hablarle de regreso en secreto, pero  habló muy alto.

“No me vuelvas a corregir así, ¿queda claro?”

La satisfacción llenó la sonrisa de Raquel al oír aquella frase. Sabía que era una desgraciada.

Detrás del vehículo el animal la esperaba. Se había acercado en silencio, esperando pacientemente. Se escondió bajo el automóvil y se activó al escuchar la puerta abrirse. Agachó la cabeza y saltó sobre Raquel, a quien no le dio tiempo de reaccionar. Raquel gritó en el suelo, presa de la sorpresa tremenda que le daba aquel perro demasiado juguetón. El animal criollo de orejas grandes movía la cola de una manera amigable. Raquel se quedó sin voz al rememorar su niñez.

“¿Canelo?”

El dulce animal de pelaje color canela movió su cola aún más rápido y se abalanzó sobre su vieja amiga. Ella secundó la acción al acariciar al animal con la misma alegría. 

“¡Te va a pegar las pulgas! ¡Quítese!” – Exclamó Harry, quien había vuelto por la cosas que faltaban.

“Mi abuelo lo llamaba Canelo. Pensé que ya no vivía por aquí. Debe haber una granja cerca. ¿Tienes hambre?”

“Sí”

“Le hablaba al perro.”

El techo a dos aguas estaba lleno de hojas secas. Al abrir cada una de las puertas, sintió el chirrido de las bisagras. Buscó entre las bolsas que había llevado Harry y le sacó un par de lonchas de jamón. Las patas de Canelo hacían crujir las viejas tablas del piso.

Raquel le explicó a sus invitados de la única habitación, la cocina y el deficiente baño hecho solo para hacer del uno. Les dijo de las colchonetas que usarían para dormir junto a la cocina. 

Canelo levantó las orejas y Raquel lo determinó de inmediato. Antes de que pudiera decir nada el perro empezó a ladrar como loco. Miraba hacia la pared que dividía la cocina del exterior. Debe ser algún animal. Pero el perro continuaba con el pelaje del cuello erizado. Ladraba y ladraba con insistencia. Raquel intentó acercarse a la pared, pero Canelo en su instinto no le permitió el paso. Trató de tomar al perro y calmarlo, pero el can seguía firme, dispuesto a no moverse en medio de su humana y la pared. Los ladridos hicieron eco en el pecho de Raquel, un eco cada vez más rápido y sonoro. El perro chilló cuando Harry le dio una patada. Salió corriendo fuera de la casa y nunca más volvió.

Al ver el perro huir despavorido vio, con el resquicio del ojo, una sombra pasar a su lado. Al voltear no había nada. Quizás sólo había sido un invento de su cabeza.

“¡No tenías que pegarle a mi perro!”

“¿Tú perro?”

Harry la miraba con el ceño fruncido sin agregar lo obvio. Pero Raquel pensó por él lo que iba a decir. Tú no has tenido un perro desde que te conozco hace 3 años. Pero al medir el tiempo hubo algo más que no cuadraba en su cabeza.

“Sí, era mi perro cuando era una niña y jugaba aquí en esta cabaña.”

“¡Oh!” – Exclamó Ana – “Pensé que eras más vieja.”

Voy a matar a esa niña y tirar su cuerpo al lago.

2 comentarios

  1. Muy buen cuento corto! No obstante, Harry; me hace recordar a “el sucio” y realmente es un personaje “machirulo” y mas que desagradable, en el argumento del relato. Dios salve a Raquel! Un cordial saludo.

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