Cuento Rodrigo Ampuero Oróz (Perú)

Solo para fumadores (Tributo a Julio Ramón Ribeyro)

Muy como el flaco, empecé a los catorce o quince años, apoyado en la descolorida baranda afuera del ICPNAC. Como a cualquiera, la primera pitada me causó una tos implacable y la promesa de no volver a hacerlo más, pero no soy el indicado para hablar de compromisos.

Le perdí la gracia por mucho tiempo hasta que llegó la época de los quinos y las fiestas de promoción. Ahí, el fuego forrado de blanco fue mi mejor arma para combatir el frío y el mal del primer amor que me atormentó durante tres largos años. Luego, como cerrando el mismo ciclo, también terminé el colegio.

En la universidad conocí a mi primera relación seria que me pidió abandonar este hábito por cuestiones estéticas. Como un fugitivo, tuve que mantener el humo en secreto y disimular el olor que me impregnaba. En aquel entonces, fumaba sin importarme la calidad de lo que entrara a mis pulmones y no me inclinaba por un sabor o una sensación en especial. Después de un año y un poco más, con todo terminado, me sumergí en el mundo de las marcas. Así entendí la importancia de identificarme con la empresa que me ofreciera la mejor muerte.

Motivado por mi ignorancia en el campo, comencé a probar de la variedad para familiarizarme con los diferentes nombres y sus propiedades. Los Lucky nunca han sido de mi agrado por parecerme muy inconsistentes, los Pall Mall y los Premier estaban… más o menos (a veces más menos que más) y no tengo palabras para describir mi repulsión hacia los Golden Beach. Atorado en ese trajín, entre decisiones nefastas y vueltos incompletos, descubrí que mis favoritos siempre habían sido los Hamilton. No los tomé como la gran maravilla al principio, pero poco a poco se consolidaron como irremplazables. Su comodidad para mi bolsillo y su aroma a nostalgia me fueron enamorando año tras año en un sinfín de cajetillas para el bar, la noche y mi literatura.

Ya con la consigna de casero en todas las carretillas a las que frecuentaba, compartí mis tabacos y parte de mi rutina universitaria con una querida amiga mexicana con quien adopté la manía de prender uno sin haber terminado el anterior. Debido a que su estancia aquí fue muy limitada, quiero dedicar estas líneas para decirle que la extraño y espero que muy pronto podamos quemar algunos cerillos de nuevo.

Con el pasar de los años, mi costumbre tabaquera se fue quedando trunca porque solo la aplicaba como compañera para bebidas bohemias y viajes cansados. No me había considerado un fumador empedernido ni cuando encendía los cigarrillos de siete en siete en ciertas fiestas que no valen la pena recordar. De a poco, mi consumo se mantuvo leve y estable, como esa colilla que sigue apagándose en un cenicero eterno.

Entonces llegó Pamela y me enamoré sin norte ni sur. Lamentablemente, mi vida es una constante de decepciones que sufre una enfermedad crónica de verdades vacías cuyo síntoma principal es la pérdida de lo que más quiero. Toda esta experiencia me llevó a reiniciar mi vicio de calar por sufrimiento, el mismo que empecé en la pre adolescencia y se me había hecho esquivo por razones que escapan del corazón. Mezclando la necesidad con el gusto, me convertí en una máquina de volutas que funcionaba de cuatro a seis turnos por noche; así sea en la calle, en la azotea, en los taxis o en cualquier lugar que pudiera tolerar mi desdicha.

Entre recuerdos amargos y terapias mal escogidas, con la poesía ya encima, conocí a un gran compañero de puchos para seguir jugando a esta rasposa actividad libre de beneficios. Cada dos sábados, sumergidos en las letras de Juan de Dios Peza y pendientes del otro, nos preguntamos si hay o no hay. Si no hay, toca invitar.

Y muy como el flaco, quiero decir que ya empiezo a sentirme algo agitado. Mis procesos bronquiales no se pueden curar con facilidad y ya no me quedan segundos aires. No quiero terminar este tributo sin soltar una pequeña idea plasmada sobre la cruda realidad, porque esto no es una reflexión ni una oda, es el puro gusto de escribir para complementar al hermoso acto fumar: “El cigarro es el suicido perfecto, asegurándote un prólogo suficiente para disfrutar de todo, antes de ir a la tumba”.

Seguramente revisaré y reeditaré este texto en unos años más, pero por ahora volveré a encender un desgraciado pitillo con los sentimientos encontrados y a flor de piel. Pues aún cargo, como mis pulmones negros, con la culpa de seguir fumando y el placer de poder hacerlo.

2 comentarios

  1. Buena entrada y preludio de suicidio anunciado! Mira; te escribe alguien que como tú creyó que fumando, ora abandonado por una naifa, ora escribiendo, ora trabajando en algo muy toxico y tantas otras cosas, se bajaba de 2 a 3 cajetillas por día.
    Hice tratamientos de todo tipo para abandonarlo; luego de padecer una bronconeumopatia y de ella, su residual, bronquitis crónica. Ningún tratamiento, grupo de auto ayuda o medicamento me permitio abandonar lo que podía ser un final anunciado.
    Y eso que sabia que la nicotina, era lo que provocaba adiccion o que aspectos de la personalidad, con un pucho en la mano, me hacia creer que habia tres tipos como yo, detrás mio que me hacian sentir, un super heroe de fantasia.
    Hasta que un par de madrugadas seguidas, desperté ahogado por una fea tos.
    Ya había leído, que el 95℅>de quienes dejan de fumar sin apoyo profesional, reincidian.
    MENTIRA!!
    Yo había tratado con todo lo conocido y visitado varios profesionales.
    Me propuse intentar nuevamente dejar al enemigo silencioso.
    Ya han pasado casi 9 años…y soy un fumador que no fuma. Los cigarrillos son muletas que nos sostienen o solo creemos ello, buscando siempre excusas para no dejar.
    Lo malo; – y pido queben quien creas nada jamas te suceda-, que uno se enferme y vea su deterioro antes de partir…
    Un cordial saludo de un fumador que no fuma a otro fumador.

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