Cuento Rodrigo Ampuero Oróz (Perú)

El pase largo

No quise pensarlo mucho y me decidí por el pase largo que dibujó una hermosa parábola en el cielo de aquella tarde. En campo rival, Pedro tuvo cierta dificultad para controlarla pero su mágica zurda fungía de guante. La mantuvo así por algunos segundos hasta que le duplicaron la marca y se vio en la obligación de abrir el juego por el costado.

Chemita apareció como un rayo. Veloz para el desborde, pudo avanzar algunos metros cuando la figura de Hugo emergió como la de un coloso impasable. La disputa del esférico fue rápida e injusta. Sin pensarlo dos veces, ya estábamos volviendo para evitar el contraataque. Un cambio de banda letal y Sergio la tenía en su poder.

Su capacidad de disparo, fuertísimo, soltó el latigazo apenas tuvo el espacio libre. Pedro había vuelto de nuestra ofensiva fallida e hizo un esfuerzo sobrehumano para desviar la trayectoria con un planchazo. Muy a pesar de haber conseguido su intención, el balón seguía en ruta directa a nuestra portería.

Martín no es alguien acostumbrado a pararse bajo los tres palos y aquel día le tocaba estar ahí contra su voluntad. Sus reflejos, mermados por la sorpresa del remate, lo llevaron a estirar un manotazo temeroso que llegó a rozar el misil con la punta de sus dedos. Ayudados por la fortuna, escuchamos ese sonido metálico que te devuelve el alma al cuerpo y los pies en la cancha.

Ahora era una dividida. Intenté llegar antes pero Galileo se encontraba mejor posicionado y se la llevó varios centímetros por delante. Si lograba volver al área y conectar al medio, todo estaba perdido.

Fui a cubrirlo con cierta desesperación para poner fin a su ataque. Él, astuto, quiso filtrarla entre mis piernas. En circunstancias así es arriesgado juntarlas mucho porque se concede el espacio para un pase. Tampoco hay que separarlas a lo loco porque uno queda expuesto a la humillación. La solución es ser paciente pero sin calma, cerrando los espacios, jodiendo el control y siendo consciente de que dependes de la picardía del rival. Fue así que escuché a Jair pidiendo el toque. Galileo no lo dudó ni por un segundo y se la dejó a su compañero.

La espontaneidad del fútbol podrá resolver muchas cosas, sin embargo, la decisión prematura puede ser la mejor arma en situaciones de riesgo.

Jair es un regatero nato. En ese momento, tenía mil opciones de cara a mí. Irse de largo, pisarla, retroceder el juego, izquierda, derecha, arriba, remate… o mandarla bombeada para Sergio. Felizmente escogió la última porque yo me la había jugado para cerrar exactamente esa.

Brazos atrás, cuerpo inclinado y pierna izquierda extendida. La fuerza impresa en su centro impactó de lleno en el interior de mi pie. El balón, en lugar de ir afuera, se fue hacia adelante.

Paradójicamente, ese despeje salió mejor que el pase al principio de este relato. Sobre nuestras cabezas, la bocha daba mil vueltas y todos la veíamos hipnotizados. Cuando empezó a descender nos dimos cuenta de que el contexto era favorable. Su arquero, Elí, había salido más de lo necesario y teníamos a un hombre listo para el remate. Era nuestro turno.

Pedro no lo dudó y fue a ganarla. Hugo buscó cerrarlo pero ni el adivino más astuto pudo haber visto lo que pasaría. Pedro fintó y ambos pasaron de largo. Chema la recibió cómodo, por el medio, con un amplio panorama frente a él. Los pases sin tocarla son, de lejos, los recursos más bellos en este deporte.

Elí no tuvo otra opción más que salir y cubrir todo el espacio posible. Era el uno contra uno. Chema intentó llevárselo en diagonal pero su control fue excesivamente ancho. La palla se le iba directo al lateral cuando vi que Martin había empezado una carrera endemoniada para acompañar la ofensiva. Ahora corría para mantenerla viva.

Justo en el borde, desafiando a los límites de nuestro mundo, nació un nuevo envío con destino de área. La rapidez del suceso fue como un espejismo y lo vimos de inmediato. Su trayectoria era abierta y horrible. No tenía destino de nada. Sé que en ese instante nos sentimos resignados. Los hombros y las ilusiones cayeron de par en par.

De la nada, como el héroe nacido en fuera de juego, apareció Ronald, nuestro nueve que se había quedado en el área rival durante toda la jugada. Fiel a su costumbre lauchera, llegó a la caprichosa y la contuvo antes de que fuera demasiado tarde. La remató en su media vuelta, sin siquiera ver a dónde la mandaba. Felizmente, directo al arco. Era gol.

Por fin lo habíamos conseguido. El descuento. Ahora estábamos 5 a 1.

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