Cuento Manuel Cristancho (Argentina)

A ellas: número 138

Lo único que ella y yo compartíamos era la resignación del encierro. Nuestros barcos habían encallado hace más de tres meses en la misa ola, iban y venían estallando con la misma rompiente. Pero ninguno de los dos se animaba a echar anclas. Ella se sumergía en su pasado como si fuese su presente, y se empapaba en recuerdos para sonreír en la espera. Yo pasaba horas húmedo en su compañía, intentando secar la verdad con trapos viejos de mentiras. No éramos los únicos a bordo, pero mi mundo se redujo en querer naufragar en la profundidad de su cariño.

Las olas de la incertidumbre chocaron con tanta fuerza las orillas de mi ansiedad, que una noche le desnudaron la alegría mía de compartir la misma tormenta. Ella pescó en la borda una evasiva tan dulce que empalagó mis oídos, y se despidió a distancia, aunque el perfume de su cabello alcanzó a acariciar mi nariz.

Me fue difícil encontrar otro momento sin el mundo, pero cuatro días después, logré disfrutar de la soledad entre los dos, y me bailé en mis adentros hasta la última nota de nuestro silencio. Conté treinta y dos universos posibles juntos ¡al mismo tiempo y en mares profundos! Y justo en ese momento, mi boca más sabia que mi pecho, se aplastó en salivas secas y opacó el deseo de mi voz caliente. Ya no bailaba en el silencio, agonizaba.
–Hasta mañana –me dijo– Y el perfume esta vez se impregnó en mi memoria.

Noventa y dos días después, el agua se tornó diáfana y la soledad nos saludaba de nuevo. ¡Tierra firme! gritaron en mis adentros. Y me acerqué valeroso, amparado en la costumbre que veníamos arrastrando hace unas semanas: contar peces en la superficie, en medio de alguna conversación inacabable. Ella y yo, ahora, compartíamos el mismo deseo de destruir normativas en discusiones pueriles sobre colores y géneros. Pero esta vez era yo quien alardeaba, mis torpes intentos de conquistar sus tierras se amotinaron y me llenaron de confianza. Creí que era el momento ideal para cobrar las horas en que ella había logrado habitar en mi barco. Así que preparé mi mejor anzuelo, y con la voz inundada de deseo (sin importar lo profundo de su océano) me hundí en la verdad de mis emociones. Vomité mis anhelos con un tímido testimonio de mi afecto. Y justo cuando estaba por declararme culpable en los crímenes del amor idealizado, mis labios lograron producir el silencio que ella tanto necesitaba.
–Hasta mañana –me dijo– Y los restos míos cayeron por la borda.

Manuel Cristancho
@manuelcristanchocortes
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