Cuento Sofía Martín (España)

Es cuestión de suerte

Todos los jueves vienen a verme a mi puestecito y me piden el mismo número, el 18679. Ya lo hacen sin entusiasmo porque ellos, Eugenio y Braulio, han depositado demasiadas esperanzas en el número y ninguna de ellas se ha materializado jamás: una casa en la playa, un deportivo, un viajecito a Punta Cana con la señora. Pero a veces la suerte es lo que ya tienes, se lo digo yo que trabajo directamente con ella. 

El jueves pasado fue un día sin más. Vinieron los dos, me pidieron el número y se fueron. Antes compraban dos cupones, pero desde que recortaron en sus empresas compran uno solo y lo van guardando cada semana uno de ellos. Ya sabía que eso traería malentendidos, pero no tantos. Pagaron a medias y se fueron después a trabajar, cada uno por un lado distinto. Como hacen ahora, pero sin parar por aquí juntos.

Los volví a ver por la noche aquel jueves, en el bar Ciempiés. Le pusieron ese nombre por las vitrinas que rodeaban el garito como el cuerpo de un ciempiés. Pero eso fue en los setenta, ahora las vitrinas están desteñidas y los azulejos tienen capas de grasa y de esperanza caducada. Siempre estábamos los mismos, comiendo cacahuetes y tomando cañas: el de la papelería, el guarda jurado, el dueño del motel de la calle, y Eugenio y Braulio. Sirviendo está nuestro fiel Joselu, el camarero.

—Joselu, ¡joder! Deja ya el programa de las hormigas, que pongas el tele cupón, que hoy sí que nos toca, ¿a que sí, Braulio? —dijo Eugenio.

—Que sí, coño, que ya te lo cambio. Pero manda narices, hoy que venía la actriz americana. 

—Mira, Eugenio, si no nos toca ya no compramos más. Porque se me está yendo un dinero que podría darle a mi hijo, que va a ser padre —le respondió Braulio. Siempre sacaba a su hijo en todas las conversaciones, orgulloso. 

—Que sí, pesado. Pero tu hijo con lo listo que es y las carreras que tiene que se ponga las pilas y haga más pasta, cojones —le dijo Eugenio, para después darle un sorbo largo a la caña. Cuando reparó en la pantalla, se le atragantó y la devolvió por las fosas nasales—. ¡Coño! ¡Coño! ¡Nuestro número! Braulio, ¡míralo, Braulio! ¡Que es nuestro número!

—¡Pero qué dices! —Braulio sacó unas gafas redondas con el cristal muy grueso y miró fijamente a la pantalla—. El 18679… ¡que sí, que es el nuestro! ¡Eugenio, nuestro número! 

Ya habrán visto por la tele lo que ocurre cuando alguien gana la lotería, hay vítores, abrazos –incluso con el de la papelería, que se lleva mal con jabón y cervezas para todos–. Para mí también. Quizá el alcohol nos hizo que viviéramos los acontecimientos posteriores como si de una ensoñación se tratara. O quizá fue lo que hizo que la violencia llegara antes. Porque cómo te sienta el alcohol, también es cuestión de suerte. 

—Joselu, ¡cervecita para ti también, hombre! El mejor camarero donde los haya, ¡tantos años de amistad! –le gritó Eugenio–. Braulio, saca el número que el lotero se lo lleve ya.

—Eugenio, el número lo guardaste tú, que te tocaba a ti esta semana —respondió Braulio, mientras se bebía otra cerveza.

—¿Qué dices? Que no, hombre, ¡que lo guardaste tú! Mira en la cartera.

—Mira tú en la tuya, que esta semana te tocaba a ti, Eugenio, ¿o no recuerdas?

Y ambos miraron en sus carteras. Y en los bolsillos de sus pantalones, y en la chaqueta también. Revisando cada una de sus prendas generaron una pequeña coreografía, arrítmica, pero con los efectos del alcohol era cuanto menos entretenida. Se miraban las mangas, los bolsillos de la camisa, las mangas de nuevo, los bolsillos del pantalón por dentro y por fuera. Los mirábamos embobados, como las actuaciones del circo que veíamos de niños.

—Braulio, por tu madre, ¡por tu madre! ¿Qué has hecho con el cupón! —bramó Eugenio, con la cara roja y las fosas nasales silbantes, como una tetera que está lista para que la sirvan.

—Eugenio, ¡joder qué cabeza! ¡Que te tocaba a ti! ¿Te está fallando la memoria? respondió Braulio, empezando a subir el tono de voz.

—No me vengas con milongas, ¡que dónde está el cupón, Braulio? —gritó Eugenio, agarrando con fuerza el botellín que Joselu le acababa de servir.

—Eugenio, ¡que te estoy diciendo que no lo tengo, que lo cogiste tú! ¡Te lo juro por mi hijo, que es lo más grande de mi vida!—le respondió Braulio, retrocediendo de dónde estaba su amigo.

—¡Me cago en tus muertos, Braulio! ¿Qué me quieres robar? ¿Tú a mí me quieres robar?  —dijo Eugenio. De un golpe rompió el botellín, dejando la barra llena de cristal marrón y un pequeño tsunami de espuma —¿Qué te crees que yo soy idiota, Braulio? Con lo inútil que eres, ¿a mí me estás intentando engañar?

—Pero Eugenio, que somos amigos, por Dios –Braulio le suplicó con las manos juntas–.

—Señores, yo me marcho —dijo el de la papelería.

—Tú no te vas a ningún sitio —le gritó Eugenio, alzando el botellín destrozado en su dirección— aquí vamos a aclarar un par de cositas, este que dice ser mi amigo y yo. ¡Y vais a ser testigos!

—Eugenio, se te está yendo de las manos —le dijo Joselu, desde el fondo de la barra.

—¡Cállate, Joselu, que no sirves para nada! —respondió a voces—. ¿Qué te crees muy listo, Braulio? ¿Eso es, no? ¿No fuiste tan listo para darte cuenta de que tu mujer se quedó preñada cuando no follaba contigo, no?

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Braulio, bajando las manos y arqueando las cejas. Parecía también, parte de la coreografía.

—Lo que estás escuchando. Ese hijito tuyo que tanto quieres, salió de mis huevos, ¿te estás enterando?

Era un secreto a voces. El hijo de Braulio no se parecía en nada al padre. Era un chico normal, que iba corto de pasta para los vicios que tenía. A mi hijo le pidió el radiocasete que le habíamos regalado en la comunión y lo vendió para comprar maría. Braulio se había empeñado en que estudiara, pero su personalidad chapucera no se iba nunca. Porque los genes que te tocan, también son cuestión de suerte. 

—¿Qué dices, Eugenio?

—¿No lo sabías? Vas de listo ahora intentando robarme el dinero, ¿y no te habías fijado en que el número del cupón es la fecha de nacimiento de tu hijo? —Y se acercó más a Braulio con el arma de cristal en su mano. —Así que ahora, o me das el cupón, o tus nietos van a quedarse sin abuelo. 

No han vuelto a hablarse. Ni lo harán, seguramente.  Braulio se paseó con un rasguño en la cara unas semanas. Yo sí vi lo que pasó, vi cómo Braulio, seguramente convencido por el hijo, se guardó el cupón debajo de la gorra aquel jueves. 

Dos amigos, un cupón, y una tragedia. 

Desde mi puestecito, veo como la suerte va y viene.

Sofía Martín
@sofia.martinj
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