Al mediodía te yergues
con el sueño atrasado
de adolescente sin candor.
Aún te ves apetecible en el espejo,
pese a la delgadez y alguna cicatriz
de esos amantes dañinos.
Pero ya eres vieja
y estás demasiado exhausta
para vivir sin dormir,
para follar sin ganas,
con solteros repulsivos
y consortes de incógnito
que llenan tu cajón
de billetes sobados,
antes de esfumarse
a la hora en la que los culpables
asaltan las calles recién regadas.
Tienes ocasión para comer algo
y borrar la memoria de cada noche
con una ducha bien tibia.
Después te perfumas, te pintas,
te peinas y te enfundas un vestido bien escotado,
pero aún te encuentras desnuda.
Unas joyas baratas, el carmín excesivo,
el más fino tacón,
y renaces otra noche, princesa
de las tinieblas rasgadas por faros estridentes.
Se abre un cortinaje pesado y grasiento
y saltan al tablado
los leones infectos de cada alborada.

Rubén Álvarez Vázquez
fabriziodisalina.wordpress.com
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